Es evidente que la invasión de Ceuta, la “guerra híbrida” que Marruecos ha lanzado contra España, así como la inacción culpable del Gobierno español y su nulo deseo de solucionar en justicia el gravísimo problema creado, (pues se ha permitido la entrada del “Caballo de Troya” a sabiendas y con una complicidad manifiesta, cuyas intenciones son macabras y sus consecuencias, presentes y futuras, tremendas) son realidades que nos dejan estupefactos e indignados en grado sumo.

Así como nos duele en el alma la situación en la que viven nuestros compatriotas ceutíes, cuyos testimonios son desgarradores: sienten miedo, abandono, desamparo, inseguridad, falta de libertad, incertidumbre… De ahí que todo el que pueda ayudarles de una u otra forma deba hacerlo.

Sin embargo, no es esta grave invasión la única que sucede en España. Las comparecencias de varios ministros para dar explicaciones ante las distintas comisiones parlamentarias, así como los comunicados y las ruedas de prensa de la portavoz del Gobierno de esta semana, han puesto de manifiesto una vez más que la instrumentalización de la mentira en sus múltiples formas es el arma más poderosa utilizada por el Gobierno para mantenerse en el poder y crear división, discordia y caos en la sociedad española.

Y eso que la semana empezó con una sorpresa: por primera vez en muchos años un ministro (en este caso, ministra) dijo varias verdades en su comparecencia ante la comisión correspondiente. Pero la alegría duró poco, como todos sabemos. Pues de nada sirve reconocer una realidad si luego no se es coherente con lo que se ha expresado y, por tanto, no se obra en consecuencia.

En las comparecencias sucesivas ya no hubo más sorpresas: las liebres han seguido corriendo por el mar y las sardinas por los montes.

Y no pasa nada.

Pues la invasión más grave que ha sufrido la sociedad en las últimas décadas, y en todos los ámbitos de la realidad, ha sido la penetración y aceptación de la mentira. Su generalización, banalización e impunidad.

Desde la mentira antropológica y moral (aceptación del aborto, la eutanasia, la ideología de género…) hasta la histórica (qué buena fue la II República y qué malo todo lo demás), pasando por la constitucional (España es una democracia, cuando lo que parece que se ha constituido es una partitocracia sin control ético que ha derivado en una caquistocracia cleptocrática y semi-totalitaria). Y así podríamos seguir.

La invasión más grave que ha sufrido la sociedad en las últimas décadas, y en todos los ámbitos de la realidad, ha sido la penetración y aceptación de la mentira

Por un lado, una gran parte de la población ha ido aceptando progresivamente vivir en una ficción falsa (el relato interesado y falaz ha sustituido a la verdad). Y, por otro, hemos sido muy pocos los que hemos procurado, desde nuestros respectivos campos, amar y defender la verdad que procura el bien y fundamenta la libertad.

Lógicamente, las causas y actores de este proceso devastador son muchos y variados. Desde las ideologías materialistas, antihumanas y anticristianas, sostenidas y divulgadas por una mayoría de medios de comunicación amparados por el poder político globalista, hasta la tibieza, la incoherencia y la incuria de tantos y tantos que deberían haber defendido la fortaleza ética y espiritual con valentía, pasando por la ambición de poder y la avaricia de otros muchos.

En este sentido, no puedo por menos que recordar de nuevo -y perdóneseme la referencia personal- las faltas de interés y apoyos que tuve, y los grandes obstáculos que se me pusieron en todas las instituciones a las que acudí, algunas nominal e institucionalmente católicas, cuando, tras estudiar a fondo los mecanismos desinformativos y manipuladores de los medios y sus consecuencias personales y sociales, intenté poner en marcha de diversas maneras aquello que san Juan Pablo II nos pidió reiteradamente y con urgencia: la educación del sentido crítico, movido por el afán de buscar la verdad, ante los contenidos de los medios de comunicación.

Que esa supernecesaria labor no se haya realizado y que, en su casi totalidad, el sistema educativo desde hace años no contemple la formación del criterio y no se enseñe no ya el amor por la verdad, sino ni siquiera el “aprender a pensar”, es otro de los muchos motivos por los cuales puede haber una cierta explicación al hecho de que a varios millones de españoles no les importe seguir teniendo la intención de votar a unos personajes a los que les importa un bledo incumplir su palabra y mentir descaradamente cuántas veces sea preciso, amén de gobernar en contra de los intereses legítimos de su propio país.

En su casi totalidad, el sistema educativo desde hace años no contemple la formación del criterio y no se enseñe no ya el amor por la verdad, sino ni siquiera el “aprender a pensar”

Con lo que no sólo la mentira queda impune, sino que, además, es premiada por una gran parte de la población española, quizás porque en sus vidas también han dado pábulo y han normalizado el incumplimiento de la palabra dada (las separaciones y divorcios han experimentado un crecimiento geométrico inusitado, por ejemplo) y también han hecho de la mentira su “modus vivendi”. Como dice una persona a la que quiero mucho y que tiene la virtud de resumir con acierto y coloquialmente las diversas realidades: “el problema es que hay muchos Pedro Sánchez”.

En este punto, conviene recordar que el diablo es el “príncipe de la mentira”, además del “que divide y crea desconfianza y discordia entre hermanos”, pues una cosa lleva a la otra, como ya explicó el gran Santo Tomás de Aquino, quién, además, añadió que, a la postre, “el no decirse la verdad unos a otros” lleva al desorden y al caos social.

¿Y no es eso lo que hemos comenzado a experimentar en España?

La solución no puede ser otra que, pidiendo la ayuda del Cielo en todo momento (nuestras armas son el santo Rosario y la Sagrada Eucaristía), los que, por esa Gracia de Dios y por nuestra buena voluntad, no obremos “suadente diabolo” recuperemos un gran amor a la verdad (“Amicus Plato sed magis amica Veritas”) y la defendamos con valentía y contra viento y marea en cualquier circunstancia y lugar.

Aunque seamos pocos, pues como dijo san Juan Pablo II: “Tenemos que defender la Verdad, aunque quedemos solo doce”. Y como, gracias a Dios, quedamos muchos más, con más razón.