Entusiasmo, y entusiasta, es un vocablo que viene del griego 'enthousiastēs ' (al parecer a estos chicos les gustaba todo lo que empieza por la letra 'e'), y significa aquel que está 'lleno de Dios', inspirado por Dios o incluso, incluso poseído por Dios.
Los campos semánticos de la palabra no evolucionan por casualidad y siempre se inspiran en una idea, más bien convicción, previa. Es más, si los griegos 'inventaron' este concepto es porque antes ya tenían en mente la antítesis entre la divinidad y la tristeza.
Sí, el hombre no cuenta con un Dios será hijo de un ciego destino, un condenado a la nada. Pero como resulta que sí hay un Dios, y ese Dios es Cristo, hasta los griegos, politeístas ellos, sabían ya que la conexión entre Dios y esperanza, entre Dios y alegría y entre Dios y paz, es indiscutible.
Es este un argumento al que se le puede dar la vuelta, porque resulta que la existencia de un dios creador (no digamos nada en el Cristianismo, donde Dios, además de Creador, es padre) provoca el entusiasmo por la vida. San Josemaría Escrivá, el santo del siglo XX que más profundizó en el trato entre Cristo y el hombre, lo explica con una frase corta pero definitiva, compuesta por cuatro palabras: "¿Virtud Triste? ¡Rara virtud!" (punto 79 de Camino).
Por tanto, el pesimismo es pecado mortal para un católico. La fe no tiene nada que ver con una ilusión vacía, con una alegría artificial que no mira a la realidad: pero la desesperación es aún más peligrosa que la presunción. El lema del católico no puede ser otro que éste a la hora de interpretar la realidad: De derrota en derrota hasta la victoria final. Puro entusiasmo.
El entusiasmo es inspiración divina y Dios es lo único divertido que existe.