No es una cuestión menor. Sánchez ha declarado que lleva ocho años gobernando mientras el Rey lleva «más de veinte años» reinando, para preguntarse inmediatamente cuántas veces ha visitado Ceuta. El problema comienza por algo tan elemental como la verdad: Felipe VI fue proclamado Rey el 19 de junio de 2014. Lleva doce años en el trono, no veinte. Que un presidente del Gobierno ignore semejante dato resultaría sorprendente; que lo utilice para construir públicamente un reproche contra el jefe del Estado resulta bastante más grave. Quizás pretende para tan largo período abrir un paréntesis que pueda servirle para deslegitimar una determinada legislación que pueda resultarle incómoda. Aunque en definitiva, la mentira está instalada en cualquiera de sus declaraciones como actos de gobierno y actualmente especialmente dirigida a sus hipotéticos votantes y afiliados que van quedando menos cada día.

Pero la falsedad aritmética es casi lo de menos. Lo verdaderamente extraordinario está en reprochar al Rey aquello que el propio Gobierno controla. Felipe VI no es un presidente ejecutivo que decide una mañana coger un avión, desplazarse a una frontera internacionalmente sensible y desarrollar allí una actuación política por iniciativa personal. España es una monarquía parlamentaria. Los actos del Rey están sometidos al correspondiente refrendo y la Constitución establece expresamente que quienes refrendan esos actos asumen su responsabilidad. El Rey reina, representa y modera; el Gobierno gobierna. Sánchez lo sabe perfectamente.

Resulta por eso insólito escucharle preguntar ahora dónde estaba el Rey.

Podríamos preguntarle nosotros: ¿quién impedía que fuera? Todavía resulta más llamativa la contradicción cuando apenas unos días antes Felipe VI no fue convocado a la reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad Nacional celebrada para abordar precisamente la crisis de Ceuta. La ley establece que cuando el Rey asiste a ese Consejo, lo preside. La decisión de convocarlo correspondía al ámbito gubernamental. No se le convocó. Y ahora el mismo presidente que celebró aquella reunión sin el jefe del Estado reprocha públicamente al jefe del Estado que no haya tenido suficiente presencia en Ceuta.

Todo ello resulta una formidable inversión de responsabilidades. Quien tiene las competencias ejecutivas sobre fronteras, inmigración, seguridad, relaciones exteriores y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad es el Gobierno. Quien dispone de los servicios de inteligencia es el Gobierno. Quien mantiene la interlocución política con Marruecos es el Gobierno. Quien decide la respuesta ante una crisis fronteriza es el Gobierno. Y quien debe explicar por qué decenas de miles de personas pudieron atravesar en unas horas una frontera española es el Gobierno. No el Rey. Por eso resulta legítimo preguntarse si estamos asistiendo a algo bastante más elaborado que un desliz verbal.

Hace tiempo que mantengo como hipótesis de análisis que Pedro Sánchez gobierna atrapado en una extraordinaria red de dependencias políticas, parlamentarias, judiciales, familiares e internacionales cuya verdadera dimensión todavía desconocemos. La de un presidente cada vez más condicionado, cada vez más necesitado de sobrevivir como obligado constantemente a cambiar el objeto de la conversación nacional. Cuando aparece un problema, aparece inmediatamente otro culpable. Y ahora aparece el Rey.

La operación tendría además una indudable utilidad electoral. El PSOE necesita recuperar una parte de una izquierda desmovilizada, irritada o fugada hacia otras formaciones. ¿Qué mejor manera de volver a excitar determinadas emociones históricas que resucitar lentamente el viejo antagonismo entre monarquía y república? No hace falta anunciar mañana la III República. Sería demasiado burdo. Basta algo mucho más inteligente: sembrar la duda sobre la utilidad de la Corona, responsabilizar al Rey de aquello sobre lo que carece de competencia ejecutiva, presentarlo como ausente ante una crisis nacional y dejar que otros hagan posteriormente el trabajo ideológico. Primero se pregunta por qué no fue a Ceuta. Después se insinúa que no estuvo cuando España lo necesitaba. Más tarde alguien preguntará para qué sirve entonces el Rey.Y finalmente aparecerá quien ofrezca la respuesta previamente preparada.

A sí funcionan las operaciones de desplazamiento político: no necesitan proclamar su objetivo desde el primer día.

Existe además otra circunstancia especialmente inquietante. Felipe VI representa precisamente aquello que Sánchez no controla: la continuidad institucional del Estado por encima de las mayorías parlamentarias circunstanciales. En una España donde casi todas las instituciones han terminado convertidas en escenario de enfrentamiento político, la Corona continúa teniendo una naturaleza distinta. Atacarla supone trasladar la batalla partidista hasta la propia Jefatura del Estado. Y eso es jugar con fuego. Porque Ceuta no necesitaba encontrar al Rey como culpable. Necesitaba encontrar al Gobierno como responsable.

Responsable no necesariamente de provocar la avalancha, cuestión que deberá investigarse hasta sus últimas consecuencias, sino responsable constitucional de impedirla, contenerla y explicar después por qué ocurrió. Sánchez intenta ahora una pirueta extraordinaria: convertir al constitucionalmente irresponsable en políticamente responsable y al constitucionalmente responsable en comentarista de los acontecimientos.

El Rey no dirige Interior. No dirige el CNI. No negocia unilateralmente con Marruecos. No ordena el despliegue fronterizo. No convoca por sí mismo el Consejo de Seguridad Nacional. Pedro Sánchez sí dirige el Gobierno que dispone de todos esos instrumentos. Por eso, cuando el presidente señala hacia Zarzuela, conviene mirar justamente en dirección contraria. Hacia La Moncloa. Porque quizá todo este ruido no pretenda explicarnos dónde estaba el Rey. Quizá pretenda simplemente que dejemos de preguntar dónde estaba el Gobierno cuando entraron en Ceuta.