Lula da Silva es uno de esos personajes que nació con una flor en el culo, que es como mi maestro Jaime Campmany calificaba a Zapatero.

El alabado Lula -alabado especialmente por las multinacionales que operan en Brasil-, rodeado de corruptos, introductor del aborto en Brasil, liberticida pro-gay que pretende castigar hasta la libertad de expresión -que no se pueda criticar, no ya a los homosexuales, sino a la homosexualidad-, rodeado de corruptos dimisionarios -aunque no él, naturalmente-, creador de un capitalismo de Estado so pretexto -naturalmente- de solidaridad con los desfavorecidos, el personaje que ha hecho por sacar a las grandes megaurbes brasileñas del ranking de inseguridad, mafia y delincuencia en el que sobreviven desde hace décadas, el personaje que ha mantenido todos los resortes de promoción del machismo brasileño -esta vez sí machismo- donde la mujer es un objeto sexual, en suma, este personaje tan peligroso como alabado, practica ahora el terrorismo diplomático y admite al refugiado Manuel Zelaya en su legación en Tegucigalpa. Vamos, que nos encontramos ante el rey de los hipócritas.

Lula, como buen capitalista filántropo, practica el viejo deporte de ser débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Naturalmente, no se hubiera atrevido a refugiar a un ex presidente de México, Argentina o Venezuela, perseguido por gobiernos en ejercicios, pero sí se atreve con Micheletti, el hombre que, con todo el apoyo de instituciones, partidos y, lo único que importa, de la mayoría de los hondureños, intenta arrinconar a un Zelaya empeñado en perpetuarse en el poder vulnerando la ley. La prueba del nueve: el primero en aplaudir el golpe de mano de Zelaya ha sido el dictador venezolano Hugo Chávez.

Ahora, el Gobierno hondureño no tiene otro remedio que aislar la legación, romper relaciones diplomáticas con Brasil e intenta detener y poner en los tribunales a Zelaya

Con su terrorismo diplomático, Lula compromete seriamente las elecciones hondureñas de noviembre, comicios a los que se presenta el partido de Zelaya, o al menos lo que queda de él. Lula está propiciando un verdadero golpe de Estado en casa del vecino. Pese a todo, insisto en que deben celebrarse.

Pero lo que está en juego es algo más, es la democracia formal. Un Estado de Derecho no es aquél en el que se celebran elecciones sino aquel en el que se respetan los derechos del hombre y las libertades individuales. Si no se respetan, aunque haya elecciones libres, estamos en la democracia formal, la que quiere imponer el Nuevo Orden Mundial (NOM), que ahora ha encontrado en el nuevo presidente norteamericano, Barack Obama, a su principal valedor.

Además, en Honduras el mundo se juega mucho. Se juega algo llamado democracia. No hay democracia sin limitación de mandatos en el poder que es lo que pretendía vulnerar Zelaya, como lo ha vulnerado ya todos los dictadores o aprendices de tirano de Iberoamérica, por distintas vías. Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina y, mucho me temo, que en unos años, si es reelegido por un segundo mandato, tratará de vulnerar Barack Obama en la primera democracia del mundo (en USA el límite presidencial son ocho años). Naturalmente, los países europeos, como España, que no tienen tal mandato se cuidarán mucho de interponerlo.

El gran peligro político del siglo XXI es la democracia formal, que podríamos definir como la tiranía disfrazada de democracia. El fantasma de Adolf Hitler, que llegó al poder mediante elecciones libres para luego devorar la democracia, o -por ubicarnos en la actualidad- los fundamentalistas islámicos que llegaron al poder en Argelia para luego destruir las libertades, y Turquía por medios democráticos. En Honduras se juega el primer partido de la eliminatoria. No podemos perderlo, así que: todos con el golpista Micheletti que no se presenta a las elecciones de noviembre.

Un detalle: al menos hasta hace un mes, la casa de Micheletti ni tan siquiera estaba vigilada. Por el contrario, Zelaya se hacía rodear -por ejemplo en la frontera- de un escudo de fieles que le servían como guardaespaldas. ¿Quién es la víctima y quién el verdugo?

Eulogio López

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