La crisis abierta con Irán está dibujando un escenario geopolítico nuevo y extremadamente incierto. En este contexto, España -y en general los países europeos- deberían evitar respuestas impulsivas o alineamientos automáticos. La prudencia estratégica exige analizar con frialdad tres realidades: la debilidad política de Donald Trump, la probable larga duración del conflicto y la necesidad de que España actúe con autonomía estratégica.
1. Trump: un presidente políticamente amortizado
A dos semanas del inicio de la guerra, está clara ya la debilidad política de Donald Trump. El presidente estadounidense ha transmitido una enorme inconsistencia en su gestión del conflicto. En pocos días ha asegurado que la guerra estaba prácticamente ganada, ha modificado varias veces los objetivos militares y ha pasado de prometer un conflicto corto -de días- a admitir la posibilidad de una guerra que podría prolongarse durante meses o incluso de manera indeterminada, para volver a decir que ya han ganado. Lo último, la negativa de varios países a participar en la coalición para abrir el Estrecho de Ormuz.
A esto se añade un problema institucional muy serio: el presidente ha entrado en la guerra sin una declaración formal del Congreso, que es el órgano que constitucionalmente tiene la autoridad para declarar la guerra en Estados Unidos. Este puenteo del poder legislativo debilita su posición política interna, más aún cuando ante el Congreso, el Pentágono confirmó que no se tenía ninguna evaluación que sugiriera un riesgo de ataque por parte de Irán, que es la escapatoria que tiene el Gobierno en estos casos.
El problema se agrava porque una parte significativa de la base electoral del movimiento MAGA nunca ha sido partidaria de nuevas aventuras militares en Oriente Medio. Trump llegó al poder prometiendo lo contrario: acabar con las guerras interminables de Estados Unidos. Muchos de sus votantes y sus principales sponsors mediáticos ni se olvidan ni han cambiado de criterio. En ese contexto, las elecciones de medio mandato (midterms) se presentan como un riesgo enorme para Trump. Muchos analistas en Washington y algunas encuestas dan por hecho una derrota considerable. Si eso ocurre, el segundo tramo del mandato de Trump podría convertirse en una presidencia paralizada e incluso expuesta a intentos de impeachment, siempre y cuando el lobby sionista AIPAC se lo permita a los congresistas demócratas.
Por todo esto, Trump es ya un enfermo en la UCI. Apostar la política exterior española y europea a su liderazgo, sería un grave error estratégico.
2. Un conflicto que difícilmente será corto
La segunda realidad es que el conflicto con Irán no tiene visos de resolverse rápidamente, por muchas veces que Donald Trump repita que la guerra está casi terminada o que terminará cuando él diga.
Sabemos que desde Washington se ha intentado por vía diplomática negociar un alto el fuego, al menos a través de Italia y Omán. Irán lo ha confirmado pero ya ha confirmado su negativa total a explorar la posibilidad de un alto fuego. De hecho, sus exigencias para alcanzar un acuerdo de paz ya están sobre la mesa. La razón es sencilla: para Irán, aceptar una tregua sería un error estratégico tremendo. Teherán necesita un acuerdo que le garantice una paz duradera y no un parón que permita a sus enemigos rearmarse para un nuevo ataque. Ya he indicado en estas páginas que no estamos ante una crisis de días, sino ante una guerra de meses que reconfigurará estratégicamente toda la región de Oriente Medio.
Europa debería prepararse para esa duración larga: impactos en energía, comercio, estabilidad regional y seguridad internacional. La Agencia Internacional de la Energía ya ha dicho que estamos ante el mayor shock de oferta de petróleo de la historia.
3. España: prudencia estratégica y autonomía
La tercera cuestión es la más importante para nosotros: qué debe hacer España. La respuesta estratégica básica es sencilla: no poner todos los huevos en la misma cesta.
Sería un error que España se alineara sin matices con la estrategia de Washington, especialmente cuando el liderazgo político estadounidense puede cambiar radicalmente en pocos meses. Apostarlo todo a un presidente debilitado es una mala inversión diplomática.
Desde esta perspectiva, la posición adoptada por el Gobierno español -de negar el uso de las bases para ataques en Irán- puede resultar más inteligente de lo que algunos sectores de la derecha española están dispuestos a reconocer. Sánchez está demostrando tener más olfato por su distancia respecto a la posición de EEUU que toda la derecha política junta, lo cual es un problema para la derecha social, porque es su camino para perpetuarse en el poder.
España tiene precedentes históricos de este tipo de decisiones. Durante la Guerra del Yom Kippur en 1973, el gobierno de Franco se negó a permitir el uso de bases españolas para el puente aéreo militar estadounidense hacia Israel. Aquella decisión respondió precisamente a un cálculo de equilibrio estratégico. Antes ya se había negado a prestar ayuda en la guerra de Vietnam, a la que sin embargo envío una misión médica.
España no tiene ningún interés en una escalada militar en Oriente Medio. La sociedad española —ni la de izquierdas ni la de derechas— desea verse arrastrada a un nuevo conflicto internacional. Nuestra prioridad debe ser la estabilidad económica, la seguridad energética y la preservación de la paz.
En consecuencia, España debe actuar con una lógica de equilibrio real. Debemos evitar una posición subordinada a Washington y al establishment de Bruselas. Una diplomacia inteligente en este contexto busca ampliar márgenes de maniobra. Para ello, España no debería contentarse con el paso ya dado por Sánchez de decirle no al amigo yankee, sino que debería comenzarse a explorar acuerdos estratégicos con China o incluso Rusia. De entrada no se trata de cambiar de bloque, sino de recordar a nuestros aliados que España también tiene alternativas. A las amenazas de EEUU, debemos responder con la amenaza real de alcanzar acuerdos económicos y militares con el gigante asiático, especialmente si queremos tener una baza para mantener Ceuta, Melilla y Canarias.
En política internacional, el respeto no se obtiene con docilidad sino con capacidad de negociación. Si Washington ha optado por un tono de amenazas hacia nuestros intereses, la respuesta inteligente no es la sumisión automática al matón del patio, sino demostrar que esas actitudes tienen costes. España debe forzar la máquina diplomática para ser tomada en cuenta. Porque en la historia de las relaciones internacionales hay una constante: los países débiles o excesivamente obedientes no son respetados; simplemente son ignorados y abandonados cuando conviene.
La autonomía estratégica no es una pose ideológica; es una necesidad para defender los intereses nacionales. Estaría bien que Vox y el PP comiencen a pensar que su posición en este tema hasta la fecha, además de ser dañina para los intereses nacionales, lo es para sus propios intereses electorales.











