Decíamos ayer que Pedro Sánchez no había vuelto de vacaciones para dimitir sino para cesar al Rey. El mero hecho de convertir el debate entre Monarquía y República y a pesar de su inutilidad, provoca entre los españoles una conmoción lo lo suficientemente intensa como para relegar, al menos en el mundo mediático, los fracasos en Economía, en Ceuta, en la unidad de España, con un guerracivilismo latente que ha alcanzado niveles nunca antes vistos, y con una inseguridad tan flagrante en la calles que ha convertido a quien niega esa inseguridad, un tal Marlaska, en una marioneta, cuya sólo presencia ante la cámaras provoca una sensación de ridículo en el espectador.
Es lógico: el presidente del gobierno lleva contra las cuerdas desde hace un año. Otro cualquiera hubiera dimitido ya pero él no: su egolatría se lo prohibe. Además sabe que si se va ahora estará condenado al ostracismo, pero también sabe que si se obstina en permanecer, puede que, cuando abandone La Moncloa no sea camino del ostracismo sino de la prisión,
Es lo mismo: su egolatría le impide ver la realidad y, también, le ha demostrado y le permite, sin límite, convertir los fracasos en éxitos. Por ejemplo, convertir el rotundo fracaso de Ceuta, una ciudad donde impera la ley de la Selva, en un oportunidad para forzar un golpe de Estado, naturalmente civil, para terminar con la monarquía y entronizar la III república... presidida por un tal Pedro Sánchez.
Ahora bien, las grandes empresas, el IBEX y las grandes compañías familiares, aunque saben de qué va la cosa, ante la peor ne era vuelta al cole, no saben a qué atenerse. La situación podría resumirse así: nadie sabe lo que va a ocurrir, así que el consenso es esperar y ver y, en el entretanto, invertir en el extranjero, no en España. Porque en nuestro país el Sanchismo h conseguido algo aún peor que la falta de seguridad jurídica: ha conseguido que no existe seguridad alguna, tampoco la más primaria de todas: la seguridad física.
El IBEX también ha decidido no mojarse en política, esconderse de los focos y del proscenio. Como mucho, algunos empresarios están en el empeño de salvar la Monarquía, es decir, proteger a Felipe VI, al menos creando opinión contra la III República que pretende Sánchez.
Los grandes del dinero siempre han creído en un monarquía un tanto feudal, que en algunos casos extremos, no acuso a todos, llega a aquello de los antiguos señores feudales del Sacro Imperio: rey soberano será, si hace nuestra voluntad.
Pero, en todo caso, al empresariado español no le hace gracia una convulsión como la que supondría la caída de Felipe VI y el establecimiento de la III República que, precisamente, es lo que anhela el amigo Sánchez.
Por tanto, la consigna entre la aristocracia económica española es la de espeta y ver, el dicharacho inglés del "wait and see", como siempre se ha entendido: como el castizo 'yo no me mojo ni en la ducha'.
Como me comentaba uno los asesores empresariales más importantes de España, "por qué razón fulanito (su jefe) tiene que empujar a Sánchez. Déjale caer por sí mismo. Además, es no es nuestra función". Y estamos de acurdo, esa no es la función primera de un empresario pero revela más temor a Sánchez que razón patriótica.
Llevamos mucho tiempo, demasiado, asegurando que Sánchez va a caer pero Sánchez no cae.
El empresariado español espera la caída de Sánchez. Pero, ¿y si no cae?










