Sr. Director:
El Vaticano II no quiso cambiar la doctrina de la Iglesia, ni la liturgia, ni la autoridad del Papa y de los demás pastores sagrados, no quiso destruir el celibato sacerdotal, no pretendió que las mujeres fueran ordenadas sacerdotisas, no igualó todas las religiones existentes en el mundo ni las puso en plano de igualdad, no dejó de decir que la Iglesia se define como Pueblo de Dios, Cuerpo Místico de Cristo y Templo del Espíritu Santo, etc.
Entonces, ¿qué quiso de verdad el Concilio? Presentar a los hombres y mujeres del siglo XX y ahora ya del XXI la doctrina católica en formas más adecuadas e inteligibles a las gentes de hoy.
El Concilio se propuso, ante todo, acrecentar cada día más entre los fieles la vida cristiana, que es vida teologal de fe, caridad y esperanza. Se propuso adaptar mejor a las necesidades de cada momento las instituciones que están sujetas a cambio. Las que no están sujetas a cambio el Concilio no pretendió cambiarlas ni modificarlas ni sobredimensionarlas.
Quiso también el Concilio promover todo aquello que pudiera contribuir a la unión de todos los cristianos en una sola Iglesia. Quiso fortalecer lo que sirve, de hecho, para invitar a todas las personas al seno de la Madre Iglesia.
Para llevar a cabo este programa no había que romper con la Tradición de la Iglesia ni con los Concilios anteriores, ni con las enseñanzas de los Papas anteriores a San Juan XXIII y a San Pablo VI. La reforma -decía el Papa Benedicto XVI- se había de llevar a cabo dentro de una hermenéutica de la continuidad, pues no hay una Iglesia preconciliar y otra postconciliar.
Sólo hay una sola Iglesia, la que profesamos en el Credo: una, santa, católica y apostólica.Esta Iglesia subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Para ello, la Iglesia tuvo que reflexionar sobre sí misma y por eso los Padres tuvieron que profundizar en el ser y en la misión de la Iglesia. De ahí nació la constitución dogmática Lumen Gentium, firmada por el Papa Pablo VI el 21 de noviembre de 1964.
En vistas a una participación más plena, activa y comunitaria de pastores y fieles en los sagrados misterios, los Padres publicaron Sacrosanctum Concilium, constitución firmada por el Papa el 4 de diciembre de 1963.
Resulta muy interesante observar cómo la constitución sobre la Sagrada Liturgia contiene una parte que se refiere a los principios generales a tener en cuenta para la reforma y fomento de la liturgia, otra parte dedicada expresamente al sacramento de la Eucaristía y a la celebración de la Misa, otra dedicada a los demás Sacramentos y a los sacramentales, una cuarta parte que habla sobre el Oficio Divino, otra parte acerca del año litúrgico y su distribución, otra referida a la música sagrada y la última dedicada a hablar sobre el arte y los objetos sagrados.
Como la Iglesia es enseñada por Dios gracias a su Palabra, los Padres creyeron conveniente dedicar una constitución dogmática a la Divina Revelación (Dei Verbum), rubricada por el Papa el 18 de noviembre de 1965. Allí leemos: "la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas, porque ambas surgen de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ambas constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia, pero el oficio de interpretar sin error esa Palabra ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el Nombre de Jesucristo"
Para poder dialogar con el mundo y con los hombres y mujeres de cada época, se hizo necesaria la constitución pastoral Gaudium et Spes (7 diciembre 1965), donde se exponen los estupendos avances que el hombre ha sido capaz de llevar adelante gracias a Dios y donde los Padres alertaban también de los riesgos y peligros de prescindir de las realidades sobrenaturales y de Dios mismo, cayendo así en la trampa de edificar un mundo prescindiendo de Dios y de su Hijo Jesucristo. La Iglesia trata de ayudar a la sociedad humana en general y a cada persona en particular y se siente especialmente responsable de la suerte de los más pobres.
El Concilio también habló sobre la educación cristiana, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, sobre la libertad religiosa, sobre las misiones, sobre la formación de los seminaristas y sobre los sacerdotes, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, sobre el ecumenismo, sobre las Iglesias orientales católicas y sobre los medios de comunicación social.
El Concilio Vaticano II fue solemnemente clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965 e inmediatamente se tuvieron que poner en marcha los distintos organismos que debían encargarse de implementar las reformas ordenadas por el Concilio. Decir que todo fue negativo sería no ajustarse a la realidad, pero es cierto que algunos aprovecharon la coyuntura para ir más allá de lo que el Concilio dijo y quiso.
Gracias a Dios, los Papas Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco fueron personas sensatas y sabias y verdaderos hombres de Dios que, en cada momento, nos iluminaron en orden a nuestra vida de fe, caridad y esperanza.
Desde el 8 de mayo de 2025 el Papa de Roma es León XIV, un hombre equilibrado, sensato, lleno del espíritu de San Agustín, un hombre que sabe escuchar, atender, estudiar, tener en cuenta los pros y los contras de cada asunto. Su prioridad es llevar a cabo la renovada evangelización de nuestras sociedades, pero no podremos evangelizar nuestro mundo si los miembros de la Iglesia nos dividimos o enfrentamos en bandos irreconciliables y si no procuramos una unión real al interior de la propia Iglesia.
El otro asunto que preocupa al Papa León es la extensión de la violencia y de las guerras en nuestro mundo; de ahí que exhorte a todos, creyentes y no creyentes, a trabajar por la paz.
El Concilio Vaticano II quiso que los miembros de la Iglesia fuéramos, en verdad, auténticos cristianos llenos de fe, de caridad, de esperanza, llenos de celo apostólico para dar a conocer a Jesucristo a todo el mundo.









