
Frente a la propaganda que presenta la Segunda República como el paradigma de la democracia y la libertad de expresión, la realidad se impone y desmiente esa visión. Veamos los documentos: el 17 de febrero de 1934 la revista Renovación. Órgano de la Federación de las Juventudes Socialistas de España, publicaba el decálogo del joven socialista. Los diez preceptos están preñados de odio y de violencia. Como muestra, transcribo solo el octavo mandamiento de dicho decálogo:
“La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro en que el Socialismo solamente puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente”.
Así se entiende que el ejercicio libre del periodismo y el socialismo no se pudieran entender durante la Segunda República. Sin entrar en los casos de censura y cierre de las grandes cabeceras, fueron muchos los rotativos que sufrieron la violencia. Por citar solo algunos: La Nación de Madrid, Levante Agrario de Murcia y El Guadalete de Jerez de la Frontera, sufrieron tales destrozos por los ataques izquierdistas, que ya no volvieron a publicarse. El Correo Catalán de Barcelona fue asaltado e incendiados sus talleres, El Correo de Lérida también fue quemado, El Día de Alicante fue asaltado, Diario de Albacete fue apedreado, Diario de Alicante fue asaltado, Diario de La Rioja padeció un asalto, un saqueo y un incendio, Diario de León fue incautado por sus trabajadores, en Diario de Navarra la policía repelió un asalto, Diario de Pontevedra fue apedreado, El Faro de Ceuta fue incendiado, La Gaceta de Levante fue asaltada y destruyeron su maquinaria, El Ideal de Granada fue pasto de las llamas el 10 de marzo de 1936 y no pudo reaparecer hasta tres meses después, en La Mañana de Jaén destrozaron la maquinaria, en La Unión Mercantil de Málaga la policía impidió un asalto y hubo un muerto, el periódico La Verdad de Murcia fue incendiado y su maquinaria destrozada, y en vísperas del estallido de la guerra La Voz de Valencia fue incendiada…
Esta es la realidad de una intolerancia radical: se persiguió a los grandes, a los medianos y hasta a las pequeñas publicaciones de los pueblos, como fue el caso del semanario Friso del Escorial. Contemos lo sucedido.
“La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro en que el Socialismo solamente puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente”
En la localidad escurialense había una pequeña imprenta, regida por José Cogolludo Sánchez, al que en el mes de marzo de 1933 se le ocurrió la idea de publicar un semanario, cuya cabecera llevaba el nombre de Friso. Fue muy breve su vida, acortada por el Gobierno, pues solo pudo publicar dos números.
El número dos y último vio la luz el 11 de marzo de 1933 y en su portada aparecía una foto de la Universidad María Cristina de los Agustinos y un grupo de alumnos. En la página 2, daba las gracias al gran número de comercios del Escorial que se habían anunciado en Friso y a tantos suscriptores que hacían posible la publicación. Y en esa misma página 2 explicaba la razón de la elección de la portada:
“Si se cumplen los acuerdos de la acaramelada mayoría de Azaña, pronto marcharán de El Escorial los Agustinos. Con ellos se nos irá un ingreso de más de medio millón de pesetas anuales y, mientras tanto, el obrero comerá raíles de Abantos, hilos de la Telefónica o los discursos anticlericales de esos que se estiran ahora como si llevaran elásticos”.
Acertó de pleno José Cogolludo. El 2 de junio de 1933 se publicaba la ley de Confesiones y Congregaciones religiosas, cuyo artículo 30 decía: “Las Ordenes y Congregaciones religiosas no podrán dedicarse al ejercicio de la enseñanza”. En consecuencia, al terminar el curso de 1932-1933, se cerró la Universidad por orden del Gobierno.
El ejercicio libre del periodismo y el socialismo no se pudieran entender durante la Segunda República. Se persiguió a los grandes, a los medianos y hasta a las pequeñas publicaciones de los pueblos, como fue el caso del semanario Friso del Escorial
Friso denunciaba en su número 2 el sectarismo del alcalde del Escorial, Vicente González García Carrizo. Este hombre había fundado el PSOE en El Escorial en 1931 y ese mismo año fue elegido concejal. El mes de agosto de 1932 es elegido alcalde, cargo que desempeñó hasta 1934. Había en el Escorial un grupo de “guías de viajeros”, que hablaban idiomas, y se ganaban la vida enseñando El Escorial a los turistas. Y Friso contó la decisión del alcalde respecto a uno de estos guías:
“Según se nos dice, los guías se han afiliado a la Casa del Pueblo en conjunto y entre ellos hay uno que pertenece al Sindicato Obrero Católico, en donde aprendió francés e inglés para poderse ganar la vida honradamente, ya que por impedírselo un defecto físico, no puede dedicarse a otra profesión; este muchacho debe por lo tanto el medio de vida con que hoy puede mantenerse y mantener a su familia, a esa digna asociación obrera de brillante historia y excelente organización, que solo se ocupó siempre de aumentar la cultura de sus afiliados sin preocuparse jamás de la mezquina política, respetando siempre el contrario sentir político de otros obreros; y si a la buena organización de esa Sociedad, a la que perteneció siempre, debe ese medio de vida que se creó, es muy lógico que, siendo persona, sea agradecido y quiera prestar su apoyo y colaboración personal a quien le resolvió el problema de su vida.
Y aquí viene lo interesante; según nuestras noticias, sus compañeros de profesión le participaron, hace unos días, que si no se afiliaba a la Casa del Pueblo, le boicotearían y tratarían de impedirle que continuara de guía; más, por si esto fuera poco, la máxima autoridad local, hace unos días le comunicó que de no afiliarse a la UGT le retiraría el permiso para acompañar viajeros.
En la historia de ninguna nación del mundo puede haberse registrado una coacción de tal índole, ni saña, pues esta amenaza hecha a cualquier persona de utilidad física hubiera estado mal, pero dicho a un hombre inútil que no puede tener otro medio de vida, constituye una coacción criminal repleta de todo el veneno que pueda cerrar una represalia”.
El alcalde del Escorial denunció a José Cogolludo por “calumnia a la autoridad” ante el juzgado de San Lorenzo del Escorial, que le impuso una fianza de dos mil pesetas, cantidad que no pudo aportar por la que le fueron embargados las máquinas más importantes de la imprenta. El caso llegó hasta la Audiencia de Madrid, que el 1 de septiembre de 1933 canceló el embargo.
La batalla del alcalde del Escorial contra José Cogolludo no quedó solo en la denuncia de marzo, pues en el mes de julio le puso una segunda. Con las pocas máquinas que le quedaban después del embargo, José Cogolludo, como había hecho en años anteriores, imprimió una hoja en la que se anunciaba la novena y la procesión de la Virgen del Carmen. El delito consistía en que el prospecto no tenía pie de imprenta, ni tampoco se había enviado a la autoridad los ejemplares que indicaba la ley de imprenta y, además, tampoco se había solicitado la autorización para celebrar la procesión, pues la ley de Confesiones y Congregaciones religiosas, vigente solo desde hacía unos días, en su artículo tercero establecía que el culto solo se podía realizar dentro de los templos y que era necesario un permiso gubernativo para hacerlo en la calle. Ese año no se celebró la procesión de la Virgen del Carmen en El Escorial.
El alcalde del Escorial denunció a José Cogolludo por “calumnia a la autoridad” ante el juzgado de San Lorenzo del Escorial, que le impuso una fianza de dos mil pesetas, cantidad que no pudo aportar por la que le fueron embargados las máquinas más importantes de la imprenta
Cuando estalló la Guerra Civil, las autoridades del Frente Popular del Escorial constituyeron el “Comité de Salud Pública”, emplazado en el monasterio, donde habilitaron como prisión el Patio de Coches del edificio, donde llegó a haber setecientas personas detenidas. Dicho Comité de Salud Pública, a finales de agosto de 1936, cambió su nombre por el de “Comité de Milicias de Investigación” y estuvo en activo hasta el mes de febrero de 1937.
De los detenidos algunos fueron trasladados a las cárceles de Madrid y otros fueron asesinados, la mayoría de estos asesinatos se cometieron en el propio San Lorenzo del Escorial y en las carreteras del Escorial a Madrid, pasado Galapagar, en la de Guadarrama y en la de Valdemorillo.
José Cogolludo Sánchez fue uno de esos setecientos presos del monasterio, junto con dos de sus hijos, José Gogolludo Álavarez y Ángel Cogolludo Álvarez, de 25 y 23 años respectivamente. José Cogolludo Sánchez fue asesinado el 14 de octubre de 1936 en la carretera de Galapagar. Su hijo, José Cogolludo Álvarez fue asesinado el 20 de octubre de 1936 en la carretera de Valdemorillo. Y su otro hijo, Ángel Cogolludo Álvarez fue asesinado el 24 de noviembre en Paracuellos del Jarama.









