Cierto que los católicos asesinados en La Vendée (1793-1796) y en la Guerra de los Cristeros de Méjico (1926-1929) son antecedentes de la persecución religiosa que los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, llevaron a cabo en España durante la Segunda República y la Guerra Civil, con el fin de exterminar a la Iglesia del suelo español. Repito, cierto que lo de Francia y lo de Méjico fueron unos antecedentes de lo que ocurrió en España desde 1931 a 1939, pero no fueron todos los antecedentes.
Ya hemos visto en artículos anteriores que nuestra cultura occidental se asienta sobre el principio de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En efecto, tras la proclamación del edicto de Milán, el año 313, se construyó la Cristiandad, respetando este principio, a pesar de las conocidas tensiones entre el poder temporal y el poder espiritual. Y así se fue construyendo la cultura europea, hasta que en el siglo XVI, Lutero (1483-1546) rompió las reglas del juego.
Lutero y los protestantes gozan en España de una leyenda rosa en contraste con la leyenda negra de la Iglesia católica. Los libros de texto de nuestros escolares identifican a los protestantes con la luz, frente al oscurantismo de Trento, ellos son la Reforma y los católicos la Contrarreforma… Cuando la Historia lo que nos dice es que fueron los planteamientos luteranos los que justificaron que el César se apropiara de la parte que le correspondía a Dios, para a continuación desatar la persecución sangrienta contra los católicos. Veamos lo que sucedió.
Los que no dieron su aprobación al bodorrio con Ana Bolena lo pagaron con su vida, como fue el caso de Tomás Moro (1478-1535) y John Fisher (1469-1535), luego canonizados por la Iglesia católica
De todos los planteamientos luteranos interesa que nos fijemos solo en dos de ellos: uno que se podría calificar de progresista y el otro no tanto. La propuesta del libre examen; es decir, la libertad de cada uno para interpretar las Escrituras como quiera, sin tener que someterse al criterio de la Iglesia, es lo que algunos textos escolares califican de progresista y avanzado.
Y así que se enteraron los campesinos alemanes de lo del libre examen, argumentaron con toda lógica de la siguiente manera: si no hay nadie en esta tierra que me pueda decir lo que yo debo hacer en materia religiosa, mucho menos habrá quien me pueda indicar lo que yo debo hacer en cuestiones políticas. La consecuencia fue la Guerra del Campesinado de los años 1524 y 1525.
Incomodados los príncipes alemanes por este acontecimiento recurrieron a Lutero para que remediara la situación. Y como Lutero necesitaba el apoyo de los príncipes alemanes para separarse de Roma, dio respuesta en forma de un libro, que publicó en 1525 con este significativo título: Contra las hordas asesinas y ladronas del Campesinado. Y a continuación, expuso su segundo planteamiento, que ya no era tan progre: “El libre examen solo es patrimonio del príncipe”. Y así fue como surgió el Estado confesional. Los príncipes alemanes, en consecuencia, le preguntaron a Lutero qué hacer con los rebeldes campesinos, a lo que sin dudarlo les dijo: “Exterminadlos como a perros”. Y la sentencia de Lutero segó la vida de entre 100.000 a 135.000 alemanes, según distintos historiadores.
Las propuestas luteranas pronto tomaron forma política en Inglaterra. Catalina de Aragón (1485-1536) fue la menor de los cinco hijos de los Reyes Católicos. Se casó con Arturo, príncipe de Gales, pero su marido murió antes de que se consumase el matrimonio. Fue entonces cuando el hermano del difunto la solicitó como esposa, a lo que ella en principio opuso gran resistencia. Sin embargo, en 1509, cuando Enrique VIII ya era rey, se casó con él.
Y sucedió que en 1527, Enrique VIII se encaprichó de Ana Bolena (1501-1536), acontecimiento que le abrió los ojos para descubrir —o eso creía él— que su matrimonio con Catalina era nulo porque, como es sabido, el descubrimiento de la nulidad matrimonial muchas veces coincide con el encaprichamiento de una tercera persona, ajena al matrimonio presuntamente nulo. Y sospechando de su nulidad, Enrique VIII hizo los trámites pertinentes para conseguirla y hasta hizo valer sus muchas influencias. La historia es conocida: como Enrique VIII ya había tomado la decisión de antemano de casarse con Ana Bolena antes de pedir la nulidad con Catalina, cuando el Papa se la negó, como reacción, se separó de Roma, organizó su propia Iglesia, se constituyó en cabeza de la Iglesia anglicana y legalizó su propio divorcio. Y así hasta el actual rey de Inglaterra…, y me reconocerán que hay que tener estómago para aceptar como cabeza de la Iglesia anglicana a Carlos III, esposo de Camila Parker Bowles.
Los que no dieron su aprobación al bodorrio con Ana Bolena lo pagaron con su vida, como fue el caso de Tomás Moro (1478-1535) y John Fisher (1469-1535), que han sido canonizados por la Iglesia católica.
El 17 de noviembre de 1558 se produjo el relevo en el trono de Inglaterra en la persona de Isabel I (1533-1603), que reinó desde ese día hasta su muerte. Isabel era hija de Enrique VIII y Ana Bolena, pero tras la ejecución de su madre, cuando ella tenía tres años, fue declarada hija ilegítima. Y sucedió que tras las muertes de sus hermanastros Eduardo VI (1547-1553) y María I (1553-1558), Isabel ocupó el trono, decidida a robustecer la Iglesia anglicana separada de Roma de la que ella, como su padre, también se proclamó su cabeza.
Por esta razón se desató una sangrienta persecución contra los católicos, en la que colaboraron toda una serie de instituciones, corrompidas por los favores y los bienes de la Iglesia católica en Inglaterra que les entregaba la Corona. A cambio, dichas instituciones colaboraron estrechamente con la reina para erradicar el catolicismo, por lo que se atacó con especial saña el santo Sacrificio de la Misa. Y como en este tipo de situaciones, siempre hay intelectuales dispuestos a correr en ayuda del vencedor, no pocos profesores universitarios se situaron a la sombra de la Corona. Así las cosas, cuando Isabel I visitó la Universidad de Cambridge en 1564, para complacer a la reina el claustro la obsequió con una representación burlesca de la Misa, en la cual uno de los profesores, disfrazado de perro, daba saltos por el escenario con una Hostia en la boca. Y tras las burlas, meses después, corrió la sangre de los católicos ingleses.
Cuando Isabel I visitó la Universidad de Cambridge en 1564, para complacer a la reina el claustro la obsequió con una representación burlesca de la Misa, en la cual uno de los profesores, disfrazado de perro, daba saltos por el escenario con una Hostia en la boca. Y tras las burlas, meses después, corrió la sangre de los católicos ingleses
Uno de los mártires ingleses más famosos fue San Edmund Campion (1540-1581). Este personaje fue una de las figuras más sobresaliente de la Universidad de Oxford, hombre cercano a la reina, se había ordenado de diácono de la Iglesia anglicana y de él se hablaba como posible obispo de Canterbury.
Pero Campion, desprendido de su posición académica en Oxford y despreciando las posibilidades de una brillante carrera como clérigo anglicano, se convirtió al catolicismo e ingresó en la Compañía de Jesús. Naturalmente que para llevar a cabo semejante transformación se vio obligado a exiliarse.
Ordenado sacerdote, volvió a Inglaterra donde celebraba, clandestinamente, la santa misa en distintas aldeas y ciudades, hasta que fue capturado y acusado de rebelión contra la reina. La propia Isabel I le visitó en su cautiverio, recordándole la relación que habían mantenido y prometiéndole salvar su vida si renegaba de su catolicismo. Todo fue en vano. En esa entrevista la soberana le preguntó si la aceptaba como reina, a lo que Campion respondió que la reconocía como su reina y soberana y que se sujetaba a ella en todas las cuestiones temporales, según el principio de dar al César lo que es del César y a Dios los que es Dios.
Pero eso no era suficiente porque, como en la religión anglicana el César ocupa el puesto de Dios, lo que se le exigía a Campion era que renegase de su fe católica, que pone al César y a Dios en el sitio en el que corresponde a cada uno.
En vista de la firme posición de Campion, se le acusó con pruebas falsas de alta traición e incluso se le sometió a cuatro sesiones de tortura en el potro para forzarle a confesar crímenes que no había cometido. Nada dio resultado, ni incluso el tormento de arrancarle las uñas de los dedos. Junto con Campion, fueron juzgados otros sacerdotes, y al concluir el juicio, Campion habló así en nombre de todos ellos:
“No, no era nuestra muerte, lo que nosotros temíamos. Pues sabíamos que no éramos señores de nuestras vidas y por falta de respuesta no queríamos hacernos culpables de nuestras muertes. Lo único que ahora tenemos que decir es que, si nuestra fe nos ha convertido en traidores, somos dignos de ser condenados, pero que, en todo lo demás, somos y hemos sido buenos súbditos de la reina, como los mejores que esta haya podido tener.
Condenándonos, estáis condenando a todos vuestros ancestros —a todos los viejos sacerdotes, obispos y reyes—, a todo lo que alguna vez fue la gloria de Inglaterra, la isla de los santos y la más devota criatura de la sede de Pedro.
Lo que hemos enseñado, por más que lo califiquéis con el odioso nombre de traición, ¿no es lo mismo que enseñaron todos ellos? Ser condenados con esta luz —luz del mundo y no solo de Inglaterra— por la descendencia degenerada de aquellos es motivo para nosotros de alegría y de gloria.
Dios vive, la posteridad vendrá; su juicio no es tan fácilmente dado a la corrupción como el de quienes ahora nos sentencian a muerte”.
Tras sus palabras, solo quedaba escuchar la sentencia. El magistrado jefe concluyó con estas palabras: “deben regresar al lugar donde vinieron y permanecer allí hasta que sean arrastrados por la ciudad de Londres hasta el lugar de la ejecución. Allí serán ahorcados y suspendidos vivos, con sus testículos cortados y sus entrañas arrancadas y quemadas ante su vista; después sus cabezas serán cortadas y sus cuerpos divididos en cuatro partes para que Su Majestad disponga de ellos como le plazca. Dios se apiade de sus almas”.
Así se entiende que el estudio de la Historia haya sido decisivo en muchas conversiones de anglicanos.
Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá










