Cómo puede haber transcurrido más de cuarenta y cinco días, sabiendo donde se encuentran secuestrados nuestros conciudadanos, ocupada su ciudad y sometida a todo tipo de violencias tanto en sus personas como en sus bienes, y el Gobierno no haya modificado con un real decreto ley a los que tanto nos tiene acostumbrados, para poder sacar del territorio español a los menores que aparentemente reclama el reino vecino, a los invasores, a muchos yihadistas, delincuentes, y quinta columnistas de Marruecos.

¿Es posible que ante una invasión, hoy llamado ataque híbrido, el presidente del Gobierno haya abandonado su puesto de mando y se haya ido a veranear a la Mareta? ¿Es posible que un ministro incompetente en el ejercicio de su competencia diga ante unos acontecimientos visualizados y relatados en el mundo entero, que ello se deba a una verdad subjetiva? ¿Es posible que ante una ocupación objetiva de nuestro territorio se quiera engañar a la población, aduciendo de que es un problema humanitario de carácter emigratorio?

Cada día que pasa, la inacción del Gobierno español cruza la débil línea roja entre lo decente a lo indecente, y a la traición consumada y pertinaz. Un Presidente, que en pleno sufrimiento de sus compatriotas no tiene más originales ocurrencias que aconsejarnos no sé qué música de que hit- parede, y así, cada semana, una nueva gracia que hace pensar al sector psiquiátrico acerca de su estado de salud mental, es algo al que los españoles, sin distingos, no podemos permitir. Parece que finalmente la oposición de derechas está conjugando esfuerzos en aras a la resolución del conflicto, pero no basta! Es necesario que la ciudadanía nos identifiquemos al menos por esta vez con el llamamiento que quiera hacernos cualquier opción política tendente a echar a los invasores de nuestro territorio nacional. La próxima y segunda gran concentración nacional prevista debe contar con el apoyo masivo de los ciudadanos y echar de Moncloa a su okupa y a los indigentes mentales que le rodean.

Cada día que pasa, nuestros conciudadanos sufren de manera más severa la amenaza de epidemias como la tuberculosis y otras enfermedades que la falta de higiene y el hacinamiento provocan. La única potabilizadora que tiene para su abastecimiento la ciudad autónoma de Ceuta, se encuentra ya muy cerca de un asentamiento invasor. En cualquier momento puede saltar el tema y llevarnos a una situación aún si cabe más problemática. Entretanto, los robos, violaciones, acoso a las personas, incendios, disturbios y armas, van incrementándose, lo que nos recuerda a lo propio de las fuerzas victoriosas que cuando in illo tempore entraban en una ciudad, se consideraban dueñas de ella y se señoreaban con todo tipo de tropelías.

Cada día que pasa, mientras los telediarios dan sus respectivos partes de guerra, los ceutíes suplican la ayuda y el rechazo de las fuerzas invasoras, y muestran sus sentimientos de frustración al sentirse abandonados por el Gobierno y por parte del partido socialista obrero español que no encuentra otra ocupación que palmear a su amado líder en una exaltación progresista ante los sufridores emigrantes, principales víctimas de un drama humanitario, mientras que sus compatriotas, los invadidos, deberían ser más humanos con aquellos desvalidos; típicos sentimientos de las ONGS subsidiadas y corruptas.

Cada día que pasa, el ánimo de nuestros hermanos ceutíes declina y desespera ante la falta de soluciones. Es más que frustrante pertenecer a una nación y que esta no defienda a sus ciudadanos, optando para ello reconvertir la situación en un mero problema migratorio de gran dimensión. El daño moral del Estado es incalculable. Es esta, otra amenaza menos visible y quizá más corrosiva. Vivir durante semanas bajo una sensación permanente de inseguridad, sin saber si el próximo incidente alcanzará la propia vivienda, el comercio o la familia, termina desgastando incluso a los más firmes. El miedo modifica las costumbres, vacía las calles, obliga a cerrar antes los negocios y convierte cada desplazamiento cotidiano en motivo de inquietud. A esa zozobra se añade la amarga impresión de haber sido abandonados por quienes tienen la obligación constitucional de protegerlos. Ceuta no puede acostumbrarse a vivir en estado de alarma ni sus habitantes deben sentirse extranjeros dentro de su propia patria. Cuando una población pierde la confianza en que el Estado acudirá en su defensa, el daño ya no es solamente material: alcanza a la convivencia, a la esperanza y al sentimiento mismo de pertenencia nacional. Nuestros ceutíes necesitan seguridad, respaldo y la certeza de que España no los dejará solos.

¡No les dejemos solos!