El Evangelio de este domingo nos sitúa ante una de las preguntas más humanas y, al mismo tiempo, más difíciles de vivir: ¿cuántas veces debo perdonar? Y por qué tengo que perdonar.? Todo perdón es consecuencia de un daño que hemos recibido y nos afecta por lo que debemos perdonar y utilizar la misericordia, sabiendo son bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzaran misericordia (Mat. 5,7). Vivir sin perdonar nos crea una herida de difícil curación, puede encostrarse y no sangrar, pero estará ahí de por vida y nos impedirá el gozar de la plenitud. La virtud del perdón no es solamente un reflejo hacia una tercera persona sino que también ayuda a la sanidad de nuestra propia conciencia.

Pedro se acerca a Jesús con una propuesta que, a primera vista, parece generosa: “¿hasta siete veces?”. Pero Jesús rompe los cálculos humanos y ensancha el corazón: “no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Con esta respuesta, el Señor no nos pide llevar una contabilidad del perdón, sino aprender a vivir desde la misericordia.

Papa León XIV

Todo el Evangelio está transido de esa misericordia , la manifestación del señor en la Cruz “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”(Lucas 23,34), en el Padre Nuestro pedimos que se nos perdone como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, en el perdón a la mujer pecadora (Lucas 7 , 34-50) Sin este perdón a los demás, nosotros no podemos recibir el perdón de Dios. En el perdón verdadero se pone de manifiesto nuestra fe y nuestro amor al prójimo.

La parábola del siervo perdonado y despiadado nos muestra el contraste entre la grandeza del perdón de Dios y la dureza que a veces puede habitar en nuestro corazón. Aquel siervo tenía una deuda inmensa, imposible de pagar. Sin embargo, su señor se compadece de él, le perdona todo y le devuelve la vida. Pero, al salir, ese mismo hombre no es capaz de perdonar una deuda pequeña a su compañero. Ha recibido misericordia, pero no ha dejado que esa misericordia transforme su manera de mirar a los demás. Si hemos recibido mucho, mucho hemos de dar.

Por eso, el perdón cristiano no nace de una simple obligación moral, sino de la memoria agradecida de lo que el amor de Dios ha derramado sobre nosotros.

Perdonar no significa negar el mal, justificar la injusticia o hacer como si nada hubiera pasado. Perdonar es dejar que el resentimiento no tenga la última palabra. Es renunciar a vivir encadenados a la herida que hemos recibido. Es pedir al Señor un corazón libre, capaz de abrir caminos de reconciliación allí donde sea posible, y de paz interior allí donde todavía no lo sea. El perdón es un proceso, muchas veces lento, que necesita oración, humildad y gracia, no solo frente a las ofensas ajenas sino con respecto a las propias en las que podamos haber incurrido, pensando que no podemos vivir en el rencor sino en la misericordia.