De las crisis más calamitosas que estamos viviendo en la era Sánchez, hay una que en lo personal va a causar más dolor y, al mismo tiempo, más difícil de solucionar en lo social. Esta vez no hablo de corrupción política, ni financiera, ni institucional. Se trata de la corrupción de nuestros hijos en edad escolar, porque España acaba de recibir el informe PISA 2025 que sitúa a los alumnos españoles de 15 años en los niveles más bajos del histórico. Atentos: 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, muy por debajo de la media de la OCDE. Estamos hablando del futuro profesional, intelectual y de la capacidad de resolución de problemas en la edad adulta.
Ante esta situación, toca hacer un ejercicio de autocrítica importante y conviene hacer un análisis de responsabilidades, porque los chavales son lo que les damos, incluso a pesar de que algunos padres súper protectores sean incapaces de ver que cada vez que no limitan o enderezan a sus hijos en la obligación y en el deber, es una palada más de tierra de su propia fosa.
El primer responsable, sin duda, es el legislador. Décadas de reformas y fórmulas a cada cual peor nos arroja estos resultados. ¿Por qué ningún partido ha propuesto jamás un pacto de estado sobre la educación de manera que ningún gobierno pueda meter la mano en su educoadoctrinamiento escolar? La LOMLOE es el último experimento, no el origen, y a lo largo de la historia se ha ido sustituyendo el conocimiento por una nebulosa de competencias, la exigencia por la motivación y el fracaso es una palabra casi prohibida. La ESO se promociona automáticamente a cualquier alumno con una o dos materias suspensas, y puede hacerse incluso con más si el equipo docente considera que no impedirán seguir el curso siguiente. Y ojito, si deciden que no pase curso, algunos padres y madres les echarán los perros del bullying, y cosas de esas tan modernas que se saben tan bien, pero que luego son incapaces de ayudar con las tareas del cole.
Y en este sentido, el segundo responsable son los padres. De hecho, la propia ley los considera como primeros responsables de la educación y les exige estimular el estudio. Sin embargo, se dan dos controversias ante esta “obligación”. La primera es la anulación de autoridad por parte de los padres, proporcionando a los propios hijos el derecho de denuncia a sus propios padres si el sentido de la educación de estos nos les gusta. Y segundo, que demasiadas familias han confundido amar con evitar cualquier frustración.
Antes, cuando un profesor castigaba a un hijo, la primera pregunta era qué había hecho. Hoy, demasiadas veces, lo primero que exigen es que el profesor explique por qué se ha atrevido a castigarlo. Se produce una inversión de la convivencia devastadora, porque entre la pérdida de autoridad de profesores y progenitores y el miedo a que el niño sufra una frustración, el menor termina imponiendo el orden de vida y manda emocionalmente sobre quien tiene la obligación de formarlo.
El tercer responsable es el profesor que termina resignándose. Sería injusto generalizar, porque todos conocemos a muchos docentes que llevan años denunciando esta deriva. Pero también existe quien, despojado de autoridad, decide dejar de luchar. Sabe que exigir puede significar enfrentarse al alumno, después a los padres, luego a la dirección y finalmente a la inspección. ¡En fin…!
Pero no podemos encogernos de hombros, porque la resignación también tiene consecuencias y quienes conocen desde dentro este sistema fallido y dejan de denunciarlo, terminan normalizando lo malo y son demasiados centros escolares, públicos y concertados, en esta fase.
Lo peor es que la paradoja resulta incluso legal, porque la norma sigue diciendo que el alumno debe estudiar y esforzarse, seguir las directrices del profesor y respetar su autoridad, pero si el incumplimiento de una obligación no tiene consecuencias, termina convirtiéndose en un cuento que no creen ni los niños.
Y existe además una contradicción que pocos entendemos. A los menores, desde el punto de vista legal, se les considera inmaduros para asumir ciertas responsabilidades jurídicas, mientras que culturalmente se les reconoce con suficiente autonomía para discutir al profesor, cuestionar a sus padres, enfrentarse a la policía y convertir muchos deseos subjetivos en reivindicaciones. Mientras, el adulto responde por él cuando causa un daño y, sin embargo, encontramos cada vez más dificultades para imponer limitaciones a su comportamiento y las condiciones necesarias educativas destinadas precisamente a evitarlo.
Hace casi un siglo, Pío XI -ojo, 1857-1939-, advirtió contra los sistemas pedagógicos que convierten la autonomía del niño en una libertad prácticamente ilimitada que debilita la autoridad del educador. Y no defendía el autoritarismo, sino algo bastante más elemental, la educación basada en fortalecer la inteligencia y la voluntad.
Esa segunda parte es precisamente la que estamos olvidando, la voluntad, que tiene mucho que ver con la meritocracia que ha sido arrollada por el igualitarismo, cuyo rasero siempre se mide por lo más bajo, lo menos válido, lo menos productivo. Porque la falta de conocimientos se puede recuperar, pero una educación sin reciedumbre, cuando nunca ha sido exigido en el esfuerzo y no se le permitió soportar frustración, perseverancia, obedecer las normas de casa o del colegio, aceptar una corrección y levantarse después del fracaso, tiene un problema mucho mayor, para él y para la sociedad en su conjunto.
Claro, si quitamos el esfuerzo, la profundización de los conocimientos y a cambio se introducen asignaturas de educación afectivo-sexual, perspectiva de género, nuevos derechos identitarios y contenidos ideológicos sin tener en cuenta la caída en vacío de la comprensión lectora, las matemáticas y el conocimiento humanístico, el resultado son ciudadanos laxos, sin pensamiento crítico y cada vez más dependientes del Estado para subsistir. ¿Es quizá el objetivo globalista de la Agenda 2030 con aquello de “no tendrás nada y serás feliz”? La escuela española sí iguala por abajo: los alumnos excelentes empeoran más del doble que los rezagados
Y ahora llega la inteligencia artificial. PISA 2025 constata que el uso masivo de herramientas capaces de resumir, redactar, responder y resolver va en contra del valor personal del docente, porque la tecnología es una magnífica herramienta si amplía una inteligencia previamente formada. O puede ser devastadora si sustituye el esfuerzo que debía construirla. ¿Qué estamos dejando a nuestros hijos entonces?
PISA mide lectura, matemáticas y ciencias. Quizá deberíamos examinarnos si todavía estamos dispuestos a formar hombres y mujeres capaces de gobernarse a sí mismos. Mi fe en el legislador cada día que pasa mengua, y sospecho que los que podrían cambiar el signo de los tiempos de mañana, no lo harán, al menos en el corto plazo.
La abolición del hombre (Encuentro) de C. S. Lewis. Una reflexión indispensable sobre las consecuencias de una educación que separa conocimiento, verdad y virtud.
La restauración de la cultura cristiana (Homo legens) de John Senior. Una defensa de la tradición humanista, la lectura, la belleza y la formación del carácter frente al empobrecimiento cultural.
Educar en el asombro (Plataforma editorial) de Catherine L’Ecuyer. Una propuesta para recuperar atención, realidad y aprendizaje frente a la hiperestimulación y la obsesión por mantener al niño permanentemente entretenido y motivado.