
Para más inri, el asunto que voy a denunciar ocurrió en un importante santuario mariano español.
El penitente -tranquilos, no soy yo- acude al confesionario y comienza expresando la entradilla habitual en el sacramento de la penitencia:
-Padre, me confesé hace poco más de una semana y ...
¡Y entonces fue Troya! El sacerdote se rasga las vestiduras y le asegura que eso de la confesión frecuente, por ejemplo semanal, es algo peligrosísimo. Uno se confiesa cuando tiene pecados, asegura el mosén, y ya puestos en vereda y sin que el penitente haya dicho está boca es mía, le echa una bronca freudiana, porque eso, la confesión frecuente, no puede tener otro origen que los escrúpulos, una grave enfermedad para lo que le aconseja que acuda al psicólogo. Es muy propio de la plaga de los curas psicólogos, convertir en el confesionario en el diván del psiquiatra y, lo que es más grave, en confundir el mal con las monsergas psicológicas de que “el pecado no existe, sólo el error” y demás estupideces que han torcido las mentes y envenenado los corazones.
Por supuesto, olvida nuestro clérigo, no ya el consejo tradicional de los directores espirituales sobre la confesión frecuente, que según el Catecismo de la Iglesia anima a la conversión permanente, sino que, y esto resulta, no más importante, pero sí más definitivo, que es el penitente a quien, cuando algo le arguye de pecado, debe acudir a la garita. Y si alguna temporada le arguye cada día, pues puede, con espléndida paz, acudir cada día a confesarse.
Además, el justo peca siete veces al día (Proverbios 24, 16 no lo dice así, pero casi) y, sobre todo, meter en danza al psicólogo, en una sociedad tan chiflada como la nuestra, no parece una táctica sensata. Sobre todo porque el peligro habitual en 2026 consiste en justificar cualquier tropelía según el estado mental de quien la cometió. Y porque, como ya hemos dicho en Hispanidad, no es el loco el que se vuelve malo sino el malo el que se vuelve loco.
¿Acudir a psicólogos y psiquiatras? A lo mejor es que nuestro cura quería trabajar menos. En todo caso, que alguien se confiese frecuentemente no significa que sea escrupuloso. Primero hay que saber si lo es y, en su caso, aconsejarle que no confiese lo que no es pecado sino fruslería.
Termino con el consejo de San Juan Pablo II a los sacerdotes: tratad al penitente con cariño. Con firmeza, sí, pero con afecto.









