
Como siempre, tras unas elecciones, y después de que en todas las cadenas de televisión hayan dado la murga con cientos de comentarios sobre sus resultados, en los días siguientes, cuando te encuentras con un amigo o conocido, es inevitable que surja el tema.
Como tras esas elecciones aragonesas, se han producido otros hechos, relativos al conocimiento de nuevas y graves corrupciones, mentiras y engaños que afectan a representantes conspicuos del Partido en el Gobierno, y del propio Gobierno, mi interlocutor de hace unos días, con un gesto y un tono de no entender nada, me preguntaba que cómo era posible que el PSOE siguiera teniendo tanto apoyo, pues según él, su pérdida de votos era ínfima para la que se merecía.
Mi contestación le sorprendió un poco y le interesó un mucho. Pues, tras recordarle que la Constitución había dado un poder enorme a los Partidos que, entre otras cosas, les había servido para construir durante decenios una estructura clientelar enorme, y de mencionarle la enorme manipulación de los medios en manos de, o comprados por el Gobierno, que afecta a mucha gente poco avispada, no se me ocurrió otra cosa que afirmar que una gran parte de la población no quiere saber la verdad, bien por sectarismo, bien por prejuicio, bien por desidia. O bien por puro interés egoísta.
De la manipulación mediática hablamos largo rato, pues no en vano he escrito muchas páginas sobre esta aberración en diversos libros y artículos académicos. Dentro de esa conversación, lo que más llamó la atención de mi amigo fue la frase que le comenté de Charles Ponsonby: “No me admira tanto la capacidad de mentir que tienen algunos hombres, como la capacidad de creerse las mentiras que tiene la mayoría”.
Una gran parte de la población no quiere saber la verdad, bien por sectarismo, bien por prejuicio, bien por desidia. O bien por puro interés egoísta
También se rio y le dio que pensar el chiste que durante años conté a mis alumnos, cuando la ocasión lo requería, y que le narré también a él y ahora a Ustedes: Erase una vez un profesor que llegaba a clase y, tras decir buenos días, se sentaba y se ponía a dictar. Los alumnos cogían apuntes como podían… Pero había una chica que no tomaba nota y, sentada al lado de una ventana, miraba pensativa hacia el horizonte. De pronto, cuando el profesor se dio un pequeño respiro, se levantó y preguntó: “Profesor, ¿qué es peor la ignorancia o la indiferencia?”. Y el profesor, tras un pequeño instante, le espetó: “Ni lo sé, ni me importa”.
Considero, como así lo he expresado ya en algunos de mis libros, que la indiferencia ante la verdad o la mentira; el bien o el mal; la justicia o la injusticia; la libertad o la esclavitud; la vida o la muerte…, es uno de los peores males de nuestro tiempo, que afecta a millones de personas y que es un síntoma evidente del fin de una civilización.
Uno de los factores clave que ha conducido a esta situación ha sido la desinformación producida durante más de un siglo por un periodismo positivista que, por no valorar éticamente las realidades, como ya denunciara Chesterton, ha conducido a un relativismo ramplón.
Relativismo, y sustitución de la verdad objetiva por la opinión subjetiva, que ha sido caldo de cultivo para que la manipulación producida por esa confluencia de capitalismo y comunismo que intenta suprimir la cosmovisión humanista cristiana, ha logrado que las virtudes del amor a la verdad, a la vida, a la justicia y a la libertad hayan sido sustituidas en muchas inteligencias y corazones o bien por un egoísmo hedonista o bien por el seguimiento fanático y acrítico de las diversas ideologías materialistas; de las modas de diversa índole; del partido político o del equipo de futbol.
De ahí que las decisiones de todo tipo de millones de personas no estén motivadas ya por el logro de un fin bueno, que parte de una reflexión que busca la verdad, la justicia y la libertad, sino del prejuicio o la conveniencia ideológica o política, o del interés egoísta.
Relativismo, y sustitución de la verdad objetiva por la opinión subjetiva, que ha sido caldo de cultivo para que la manipulación producida por esa confluencia de capitalismo y comunismo que intenta suprimir la cosmovisión humanista cristiana
Lógicamente, tal sustitución de la percepción y del obrar de las personas no se ha dado de un día para otro, ni se ha dado igual en todos los países. Por ejemplo, como todos saben, Richard Nixon tuvo que dimitir, a principios de los setenta, no tanto porque había mandado espiar al partido demócrata, sino porque mintió al pueblo norteamericano. Entonces, la mentira estaba muy mal vista y no se perdonaba políticamente.
Y así podríamos poner muchos ejemplos más. Pero hoy, no solo la mentira, sino el robo y la corrupción sistemática y otras lindezas, no son tenidas en cuenta por muchos a la hora de votar, si los que las cometen son del partido al que siguen.
Y este “descriterio” e imprudencia de libro es la razón también de la doble vara de medir de tantos opinadores de programas televisivos.
Parece que mi interlocutor se quedó satisfecho con la explicación, aunque muy triste por la situación. Y, como es un hombre bueno, y sabe que esta falta de amor por la verdad no solo afecta al sentido del voto, sino al de todos los actos humanos, pues sin verdad como fundamento y sin el bien como fin no es posible el obrar libre y prudente, musitó algo así como que no podíamos quedarnos de brazos cruzados ante este terrible panorama, miró el reloj e hizo ademán de que se tenía que marchar.
Pero como lo vi tan abatido, le di una palmadita en la espalda y le acompañé a su casa, mientras le confortaba hablándole de la oración, de la confianza en Dios, y de hacer lo que buenamente podamos con Su ayuda, sabiendo que los cristianos vamos de derrota en derrota hasta la victoria final. Y esta será grandiosa e inimaginable, pues veremos resplandecer eternamente la Verdad, el Bien y la Justicia en la plena libertad y felicidad de los hijos de Dios.









