Hay una corriente de pensamiento que se dilata a lo largo del tiempo. Tiene su origen en San Juan Evangelista, el discípulo amado -eso decía de sí mismo, el muy presumido-, quien nos explica quién y qué era Dios, y resultó que Dios era amor.
Y ya de paso, el muchacho aprovechó para añadir que quien teme no ama y que el que ama no teme, sentencia repetida por un montón de místicos, otro montón de santos y conocida por varios montones de personas cultivadas.
Se aprovechó con muy poco estilo, incluso de la escena donde su jefe de filas, un tal Simón, hijo de Cefas, se echó al agua. En un primer momento la cosa fue bien, no digo que no, pero cuando el 'prota' de nuestra historia dejó de confiar y sintió miedo y claro, cuando temió que la palabra de Cristo no bastaba, comenzó a hundirse.
Pasaron 2.000 años y entonces todo cambió y una nueva era dió inicio. La era actual se inició un 22 de octubre de 1978, cuando, un polaco pronunció las siguientes palabras: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!". Era San Juan Pablo II en su primera misa como Papa.
Es el momento de recuperar el consejo, ahora, en 2026, en tiempos de guerra: no tengáis miedo porque Dios es amor.
Apostilla: Dios escucha y habla al hombre. Tampoco tengáis miedo cuando no sepáis si es vuestro propio yo quien habla o es Dios. Hay un termómetro que no falla nunca: cuando es Dios el que habla te quedas en paz y te quedas muy tranquilo. Cuando eres tú quien te habla los propósitos se desvanecen más en minutos que en horas.










