Hay debates que se dan por cerrados simplemente porque han sido legislados. La verdad es la verdad y no se consensúa, y el simple paso por un Parlamento no convierte algo en bueno porque sea legal. La historia demuestra que la ley positiva puede proteger la justicia o traicionarla. Puede reconocer la dignidad humana o administrarla según el clima ideológico de cada momento.

Los eufemismos no son casuales cuando ciertas ideologías se quieren imponer, porque, quizá, el problema no esté en la resistencia moral de quienes las cuestionamos, sino en la realidad que se quiere ocultar. Cuando por no decir la palabra “aborto”, hablan de “interrupción voluntaria del embarazo” o cuando no se habla con claridad de quitar la vida a alguien -eutanasia-, sino que dulcificamos el mensaje con la “ayuda para morir” o “muerte digna”.

No, el debate sobre la vida no está cerrado -si acaso, cancelado-, porque la argumentación de fondo no es si es legal, sino si es justo. La posmodernidad cabalga en la contradicción de los derechos frente a la de obviar las responsabilidades personales, porque ningún derecho humano puede justificar la muerte de una vida inocente, ajena o propia. Si el derecho a vivir queda subordinado al deseo, al sufrimiento, a la utilidad o a la voluntad subjetiva, entonces todos los demás derechos quedan en entredicho.

Las cosas no son ni aparecen de pronto. La famosa ventana de Overton viene trabajando desde hace décadas y, a día de hoy, el problema es antropológico. La cultura progresista lleva trabajando pertinazmente sobre la idea de relativizar al ser humano. La vida ya no vale por lo que es, sino por lo que produce, desea, siente o decide. No es ontológica, sino que pasa a ser funcional desde un pragmatismo positivista: el hombre vale si es autónomo, útil, sano, joven, deseado o productivo. Por lo que cuando deja de serlo, se convierte en una carga para la sociedad.

Fue Sartre, quien defendía la idea de que “la existencia precede a la esencia”, es decir, no hay esencia, solo existencia. El hombre no tendría una naturaleza dada, sino que se construiría a sí mismo mediante su libertad. Esa fórmula, expuesta en El existencialismo es un humanismo, terminó siendo una de líneas de pensamiento de la modernidad subjetivista, y de esos polvos tenemos todos los lodos de la autopercepción. Sin embargo, una existencia sin esencia acaba reducida a un mero recurso sustituible. Si el hombre no es algo antes de decidir qué quiere ser, entonces puede ser redefinido, manipulado o eliminado cuando su existencia no guste al sistema hegemónico del momento.

La tradición clásica y cristiana sostiene lo contrario: el ser humano posee una dignidad anterior al Estado, anterior al consenso social y anterior, incluso, a su propia conciencia de sí. La declaración vaticana Dignitas infinita recuerda que la dignidad humana es intrínseca y no reducible a la pura materialidad, porque el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Esa afirmación no es solo teológica; tiene consecuencias políticas de gran calado, porque si la dignidad depende de Dios, de la naturaleza o del ser, no puede ser retirada por una mayoría parlamentaria. Y si depende solo de la voluntad, todo queda expuesto al capricho propio o ajeno. Por esta razón, la frase agitada desde el feminismo radicalizado de “todo lo personal es político” es perversa, porque nos roba la propia identidad desde la misma intimidad.

Benedicto XVI lo expresó con una contundencia luminosa: «cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre; quien defiende a Dios, defiende al hombre». Dicho de otro modo: matar al Creador termina por debilitar a la criatura. Sin un origen que fundamente la vida humana, pierde sentido, pasa a ser materia disponible y deja de recibir la realidad como un don y comienza a tratarla como un mero proyecto de fabricación.

A la crisis actual no hemos llegado hoy, la humanidad tiene ya recorrido un largo camino. Primero fue la fractura luterana, con la ruptura religiosa de la unidad espiritual. Después, la revolución política francesa. Más tarde, la revolución social bolchevique. Luego, la revolución cultural de Mayo del 68 y hoy asistimos a la revolución antropológica: la pretensión de que el hombre puede recrearse a sí mismo contra su naturaleza y la evidencia misma. El cuerpo no es mi cuerpo y la ciencia una imposición ultra e insoportable. La crisis no solo es un ajuste jurídico, es sobre todo una rebelión contra la realidad.

La inteligencia y la voluntad no solo no son enemigas, todo lo contrario, la inteligencia reconoce la realidad y ayuda a que la voluntad se ordene hacia el bien. Al invertir nuestras potencias, la voluntad ocupa el lugar de la inteligencia, y ya no es importante la verdad, sino que se declara verdadero aquello que se desea. Es decir, el sentimiento sustituye a la razón y desplaza a la realidad. La libertad pierde la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, y la autopercepción se convierte en una dictadura amoral que impone el deseo hasta la muerte. Matan al no nacido y lo reconocen como un derecho reproductivo; acaban con la vida de un enfermo, y para sus ideólogos es algo compasivo; y al negar el cuerpo biológico lo llaman identidad.

Y hoy estamos aquí: ante una civilización que se mide por cómo trata la vida cuando es dependiente e indefensa. Cuando la ley deja de custodiar al inocente para legitimar su eliminación, quizá siga siendo ley, pero ha dejado de ser justicia. Como dijo san Juan Pablo II en 1982: «Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad». Como colofón, recomiendo la lectura de esta entrevista a Clement Harrold, articulista de The Catholic Herald: Sin Dios, sin razón, sin moral: el callejón sin salida de la cosmovisión atea.

El 68 interminable (Encuentro) Giancarlo Cesana. Una reflexión sobre la profunda transformación cultural de Occidente y el progresivo alejamiento de la fe católica en las últimas décadas. A partir de su experiencia y del impacto histórico de Mayo del 68, analiza la ruptura con la tradición y sus consecuencias sociales, políticas y morales, muchas veces ignoradas. Para el autor, el espíritu del 68 no terminó entonces: sigue presente hoy, moldeando mentalidades, valores y la manera en que la sociedad entiende la libertad, la autoridad y la propia identidad humana.

El progresismo frente al deseo de vivir (Sekotia) Vanessa Kaiser. Vivimos más años, disfrutamos de mayores comodidades y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar sentido a la vida. Este libro analiza la paradoja de unas sociedades occidentales donde aumentan la ansiedad, la depresión y la fragilidad de los vínculos humanos. Vanessa Kaiser sostiene que no se trata de fenómenos aislados, sino del resultado de una transformación cultural impulsada por corrientes progresistas que alteran la relación del individuo consigo mismo, con los demás y con la propia realidad, debilitando el deseo de vivir y normalizando la negación de la vida.

Eutanasia (Rialp) Manuel Martínez-Selles. A través de su experiencia diaria junto al sufrimiento y la enfermedad, el autor aborda cuestiones clave del debate bioético actual: la eutanasia, el suicidio asistido, la sedación, los cuidados paliativos o el sentido del dolor. El ensayo analiza también el estado vegetativo, el coma, los trasplantes y los dilemas sobre los tratamientos proporcionados, ofreciendo una reflexión médica y humana sobre la dignidad, la libertad de elección y el acompañamiento al enfermo terminal y a sus familias.