La canciller alemana Angela Merkel, en los ratos que le deja libre la defensa de la alemanidad de su empresa (se ha lanzado a proteger a Hochtief de los pérfidos españoles) ha dicho que la multiculturalidad ha fracasado en su país.

Y como doña Angela no es Zapatero, ha añadido, por si no había quedado claro, que los inmigrantes tendrán que adaptarse a la forma de vivir alemana. Por ejemplo, aprendiendo el idioma.

Naturalmente, Merkel está hablando de sus inmigrantes, que son turcos y kurdos. La doctrina Merkel es la que se está imponiendo en Occidente, al menos entre los líderes que creen en la esencias cristianas de Europa (aunque no sean muy píos) como la propia Merkel, Sarkozy o Cameron (no, pero no, y el atrabiliario Berlusconi tampoco mucho): fronteras abiertas a la inmigración sí, porque el proceso -afortunadamente- es imparable, pero siempre que el inmigrante se adapte al modo de vida del país que le acoge, no al revés. Y los musulmanes son especialmente cerriles en este asunto: forman guetos, una verdadera quinta columna social -y a veces, no social, sólo terrorista-.

Si a esa doctrina le añadimos la reciprocidad, el asunto se cuadra. Con el mundo musulmán, reciprocidad significa, sobre todo, libertad religiosa. En los países musulmanes los cristianos son perseguidos. Quien no permite abrir iglesias no puede exigir mezquitas en Occidente.

Porque, si no aclaramos esos dos asuntos -el respeto al país de acogida y la reciprocidad en la libertad religiosa- entonces no estamos hablando de emigración sino de invasión.

Eulogio López

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