Un gitano de buena planta, así como poco desgastada, de unos cuarenta años, vende unos cestos de fruta en una esquina de un barrio de clase baja de Madrid. Pero es un filósofo. Precisamente está ofreciendo a la señora que le pregunta por el precio de los plátanos una cosmovisión de la vida: "Ni derechos ni derecho. La vida es esto. En cuanto se te acaba la suerte se acabó todo".

Y citaba en su auxilio argumental a un intelectual de altura: "La vida es una tómbola, ya lo decía Marisol". Vamos, que nuestro emprendedor frutero se apuntaba a la visión pagana del destino y la diosa Fortuna tan irracional como el racionalismo progre y mucho más divertida.

Pero me hizo gracia lo de los derechos. Nuestro gitano anda cargado de razón. Al parecer, ha calado muy hondo en la sociedad europea lo de los derechos. Todo se ha convertido en derechos sin límite y sin el contrapeso de los deberes. Además, a los derechos del hombre se ha añadido una segunda generación de derechos e incluso una tercera, que son sencillamente antiderechos.

Entre los segundos, conocidos como derechos sociales, figura el derecho a la salud, pero ojo, derecho a la salud significa que nunca me duela nada, y si para ello los demás tienen que rascarse el bolsillo hasta quedarse en cueros, que se lo rasquen. Sin límite. Derecho a la educación, que sí, que existe, pero sin el contrapeso del esfuerzo: que me paguen mi educación los demás hasta cuando yo no quiero ser educado, ni formado, ni informado, que es tarea ardua y exige la colaboración docente y discente.

Y luego está la tercera generación de derechos humanos, que son contraderechos. El más palpable de todos: el derecho a la vida trocado en derecho al aborto, es decir, derecho al homicidio del débil. Sin comentarios.

En definitiva vivimos, en Europa y en España, una especie de comunismo disimulado en el que el Estado se entromete en nuestras conciencias. En toda Europa ciertamente, como lo demuestra que el Tribunal Constitucional francés haya violentado la libertad de conciencia de los políticos, obligando a los alcaldes galos a casar homosexuales aunque el homomonio repugne a su conciencia.

En España este comunismo disimulado alcanza cotas altas, sobre todo con los ataques a la objeción de conciencia, es decir, a la libertad de conciencia, que es la gran mentira en que se ha basado la tiranía leninista, hoy convertida en progresismo estatal, aliado, además, con las grandes corporaciones privadas.

Y ojo, porque cuando el estalinismo atacó a España de frente ésta se defendió. Pero este comunismo encubierto lo aceptamos en nombre de los derechos humanos (que tiene bemoles, la copla). Y esto, en el caso español, resulta particularmente grave. El español es un pueblo bravo, de gran valentía física pero escasa valentía cívica. Sobre todo, porque hemos perdido los fundamentos cristianos que nos hacían rebelarnos, en nombre de la libertad de los hijos de Dios, contra esa tiranía coercitiva, pero no violenta, del Boletín Oficial del Estado (BOE), que nos dice cómo debemos vivir y lo que debemos pensar.

El terrorismo leninista nunca doblegará a España pero el comunismo adocenado, el de la comodidad y la falta de responsabilidad individual, sí que nos está conquistando y esclavizando.

Ya lo decía nuestro gitano filósofo: ¡qué derechos ni que niño muerto! Cuando se te acaba la suerte se acabó todo. No es cierto, por supuesto,  porque la suerte no es más que el hijo de la libertad, pero el sofisma del marxismo adocenado cunde en Iberia.

Eulogio López

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