Una cosa es el comecura y otro el diabólico. No el poseído, claro está: el demonio posee el cuerpo, pero no puede con el alma, que es sustancia mucho más resistente.

No, un diabólico no es el poseído, es el cabronazo que colabora con Satán con indecible entusiasmo. Bueno, entusiasmo no, porque su marca suele ser la desesperación, pero sí con diligencia.

Hoy, Festividad del Corpus Christi los cristianos adoran a un dios que no sólo se ha hecho hombre sino que se ha encarnado en las sustancias de pan y de vino. Puedes creértelo o no, pero si no te lo crees tampoco puedes llamarte católico, aunque eres muy libre de ser otra cosa.

Pues bien, los comecuras, estilo Carme Chacón, ministra de Defensa, se dedican a lo que les es propio: incordiar. Que los militares no saluden al Santísimo en la Custodia y tontunas así. Pero los diabólicos, los cristófobos, van más allá. Porque no hay nadie con más fe en la eucaristía que los satánicos. Ellos no albergan la menor duda  sobre lo que esconde el pan y el vino.

Además, cualquier tonto puede llegar a anticlerical pero hay que ser muy listo para llegar a diabólico a odiar a Cristo (cristofobia) y a odiar la Eucaristía. Con un ejemplo se entenderá: una cosa es el cantamañanas del Wyoming blasfemando en La Sexta y otra son los sacrilegios que se cometen en los templos católicos.

Razón por la cual, se extienden por todo Occidente, al menos en España, los ataques contra el Santísimo, las profanaciones de Sagrario y otras lindezas. Y ojo, porque estos ataques forman parte de la batalla escondida, en un mundo como el del siglo XXI, caracterizado por las violencias ocultas.

Porque la verdadera batalla es la que libra la Iglesia contra Satán. Las otras, las visibles, son meras refriegas o trifulcas. En el día del Corpus se ve con más claridad.

Eulogio López

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