Digo y repito: Donald Trump es un tipo inteligentísimo. Es, además, el hombre que ha re-introducido, por fin, los principios cristianos en un Occidente creado ayer por el cristianismo y hoy degenerado. 

Por último, es el presidente norteamericano más trasparente de la historia, que no tiene inconveniente en convocar ruedas de prensa conjuntas con mandatarios extranjeros con los que discrepa: ¿se lleva mal con la prensa? Pues es el que más habla y más claro habla.

En la parte negativa: su mala educación -siempre hay que ser educado, Donald- y algo más peligroso: su vanidad personal. No llega a la egolatría de nuestro Pedro Sánchez e incluso a veces esa vanidad resulta graciosa, pero en otras, no tiene un adarme de gracia.

En plata. Trump no seas idiota, disfrazándote de Jesucristo, porque eso no deja de ser una blasfemia. Es cierto que ha retirado enseguida las dos imágenes, a cual más estúpida, pero el hecho de que hayan sido dos no revela, precisamente, un gran propósito de la enmienda. 

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Al mismo tiempo, sí sería bueno que el Vaticano se alejara del aquelarre de Barcelona y, sin dejar de apostar por la paz y el desarme, no secundara la utilización miserable que de la violencia en el mundo hacen gobiernos como el de Pedro Sánchez, con su pueril "no a la guerra". 

La concepción cristiana de la paz impone caras premisas: en primer lugar, paz individual, de corazón, sin la que es imposible evitar la guerra o violencia colectiva.

En segundo lugar, la injerencia humanitaria, que inventara San Juan Pablo II: hay ocasiones en las que hay que intervenir, por la fuerza, para impedir la injusticia. Por ejemplo, para impedir una matanza como la de Bosnia, que fue cuando Karol Wojtyla, radicalmente opuesto a la invasión de Irak, pronunció el principio de la injerencia humanitaria.

Tres: el principio más importante: no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón... y el perdón es para que el que lo pide, para el que se arrepiente de algo.

En resumen, el 'no a la guerra' es una simplonería de un fenómeno como el Sanchismo, siempre tendente a la tautología, un fenómeno en el que el Vaticano no debe caer: ¿o es que hay alguien a quien le divierta la guerra?