Estos días se ha hablado de una startup sueca, Lovable, valorada en 6.600 millones de dólares. La cifra llama la atención, claro, pero lo interesante no es el número: es lo que simboliza. Que el software, para muchas empresas, puede estar a punto de dejar de ser esa obra que nunca termina y empezar a parecerse más a una conversación bien llevada.

Aquí entra el término de moda: 'vibe coding'. Traducido a lenguaje de oficina: en vez de escribir código (con su sintaxis, sus errores y sus horas de prueba), describes lo que quieres con palabras normales. Necesito una herramienta para que el equipo registre pedidos, que avise si falta un dato y que el responsable lo apruebe. Y el sistema te monta una primera versión. Por eso algunos lo llaman el GPT de la programación: porque funciona como cuando le pides a una IA que te redacte un texto; solo que aquí le pides que te construya una herramienta.

Cuando construir se vuelve fácil, el riesgo es el desorden

Pero hay letra pequeña. Cuando construir se vuelve fácil, el riesgo es el desorden. Si cada equipo empieza a crearse sus propias herramientas sin coordinación, en poco tiempo puedes tener cinco soluciones para el mismo problema, datos duplicados y versiones que solo entiende quien las montó. Y si en medio entran datos sensibles de clientes, el susto ya no es de productividad: es de seguridad y reputación.

La idea de fondo es muy simple: si hacer software deja de ser lo difícil, lo difícil pasa a ser lo de siempre. Es decir: elegir bien qué merece construirse, mantener el orden, y conseguir que la gente lo use de verdad. La tecnología acelera; la empresa tiene que estar a la altura del acelerón.

Javier Cuervo.

Co-fundador de Proportione.