Sr. Director:
Algunos obispos todavía hacen bien recomendando a los fieles que es obligatorio confesarse al menos una vez al año, o en peligro de muerte, o si se ha de comulgar. Además, está en vigor el mandamiento de la Iglesia de confesar los pecados antes de comulgar, al menos una vez al año, generalmente por Pascua de Resurrección.
Ha habido épocas en nuestra Iglesia en que se practicaba con mucha frecuencia el sacramento de la Penitencia o Reconciliación, y menos la recepción de la Sagrada Comunión.
Desde hace décadas observamos el fenómeno contrario: todo el mundo acude a recibir la Comunión pero son muy pocos los fieles que se confiesan con regularidad, ni siquiera una vez al año.
El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 habla claramente del sacramento de la Penitencia como uno de los sacramentos medicinales y del sacramento de la Eucaristía como el Sacramento de los Sacramentos. Nuestro Señor Jesucristo nos llama a la conversión.
En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que todavía no conocen a Jesucristo. Por eso el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Gracias a la fe y al bautismo renunciamos al mal y alcanzamos la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la Vida nueva en Cristo.
Pero la llamada de Jesucristo a la conversión siempre sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia, la cual recibe en su seno a los pecadores y que, siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación.
Escribió San Ambrosio que en la Iglesia existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia. Cuando hablamos de penitencia nos referimos a la conversión del corazón, es decir, a la penitencia interior, que es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, un volver a Dios con todo nuestro ser, una ruptura con el pecado, una aversión del mal con repugnancia hacia las malas acciones que hayamos cometido.
Vemos que nuestro corazón es torpe y endurecido; por eso es preciso que sea Dios mismo quien nos dé un corazón nuevo. A Él debemos pedírselo con lágrimas si es necesario. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando a Aquel que fue traspasado por nuestros crímenes y delitos.
El Espíritu Santo desvela el pecado y da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión. El proceso de la conversión está perfectamente narrado por Jesús en la parábola del padre misericordioso (Lc. 15, 11-24).
El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la santidad de la Iglesia. Por eso la conversión implica, a la vez, el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que se realiza en el sacramento de la Penitencia o Confesión.
La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios. Por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo. La Eucaristía nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales.
La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padrenuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados.
¿Qué debe hacer el penitente? Examen de conciencia, tener un sincero dolor de los pecados cometidos, propósito de la enmienda, decir los pecados al sacerdote confesor y cumplir la penitencia que el sacerdote le imponga para su bien espiritual. Así es que, hablando en general, la Iglesia recomienda Confesión frecuente y Comunión frecuente.
Los sacerdotes deben estar siempre disponibles para escuchar las confesiones de los fieles y los mismos sacerdotes deben ser los primeros en confesarse con regularidad.
Gracias a Dios, en muchas parroquias hay celebraciones comunitarias del sacramento del Perdón antes de Navidad, antes de Pascua, antes de las fiestas mayores o patronales y en otras ocasiones.
Y cuando digo celebraciones penitenciales no estoy hablando de dar una absolución general a todos los presentes, sino que cada penitente se ha de acercar al sacerdote para hacer debidamente su propia confesión de los pecados.
Ante el inmenso amor que Dios nos tiene, que cada cual examine su conciencia para ver cómo anda de amor a Dios, de amor a los hermanos, de amor a quienes más lo necesitan.
No olvidemos que Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador y no quiere que éste perezca, sino que se arrepienta, se convierta y viva en la caridad de Cristo y en la verdadera alegría.
A las puertas de la Semana Santa, bien nos irá una buena confesión.










