Acabamos de estrenar el año 2022, después de Cristo, que es como siempre se ha designado al transcurrir del tiempo en nuestra cultura occidental. Perdón, tendría que haber dicho como “casi siempre”, porque sí que ha habido una excepción.

Fue durante la Revolución Francesa, cuando los revolucionarios proclamaron tan campanudos que la culminación de los tiempos no se había producido con el nacimiento de Cristo, sino con el derrocamiento de Luis XVI (1774-1792) y la proclamación de la Primera República Francesa. Y establecieron que ese debía ser el año I, decisión que sobre todo ha servido para volver locos a los estudiantes de Historia, ya que cuando llegan a lo del golpe de Napoleón en Brumario del año VIII, no saben ni por donde se andan.

No me voy a detener en los cambios del calendario revolucionario, en el que los nombres de los días de los santos fueron sustituidos por el de los elementos de la naturaleza, como la berza, la patata o la zanahoria… No, no vaya a dar ideas a los progres actuales, que son muy capaces…

Sin embargo, lo que conviene decir ahora de entrada es que en la actualidad algunos, impulsados por su sectarismo antirreligioso, en su empeño en arrancar el sentido transcendente de la faz de la tierra, tratan de obligarnos a situar los años antes o después de “la era común”, porque el solo nombre de Cristo les espanta.

San Agustín: tras la Encarnación Redentora de Dios nuestro paso por la tierra cobra sentido

No, no es una cuestión nominalista sin importancia. Los enemigos de Dios son astutos como serpientes y saben lo que hacen. En efecto, antes de la aparición del cristianismo la concepción del tiempo, Kronos, era eterna y circular. Y en ese pensamiento, el tiempo no tiene principio, ni tiene fin, y por lo tanto solo cabe dar vueltas como el borrico en la noria, porque en ese circuito sin sentido no tiene cabida la libertad.

Y a cambio de tan gran renuncia para no ejercer la libertad, se disfruta de alguna minúscula compensación material. Como sucede en la sociedad actual, donde quienes no encuentran sentido a la vida transitan sin salirse del círculo de los siete días de la semana, para poder llegar al disfrute del “finde”, y de este modo, semana tras semana van desperdiciando inútilmente sus vidas.

No, los cristianos no creemos que nuestras vidas están sometidas a círculos determinados y determinantes. Nuestro paso por la tierra no tiene un sentido circular, sino lineal, porque nuestra vida, que ha tenido un principio, tiene el sentido de desembocar en la eternidad con Dios. Por eso en las aulas de mi Universidad de Alcalá y en mis libros siempre he afirmado que el fin de la Historia no es ni la grandeza de la corona, ni la unidad del partido, ni la fortaleza del sindicato, ni la expansión de la empresa, ni la brillantez de la cátedra, ni cualquier ocurrencia humana…, el fin de la Historia es que el hombre sea plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo.

Sor Patrocinio: Esto se pasa y la eternidad sin fin se acerca

San Agustín (354-430), que ha sido el primer gran pensador cristiano de la concepción del tiempo, lo dice muchísimo mejor que yo y de un modo brillante con tan solo tres palabras: Circuli explosi sunt (De Civitate, 1, 13, c.13). Los círculos que encorsetaban la vida humana han saltado por los aires, pues tras la Encarnación Redentora de Dios nuestro paso por la tierra tiene sentido.

Santo Tomás (1224-1274) también se refiere al tiempo. La cita me la ha proporcionado mi buen amigo Eudaldo Forment, uno de los pocos tomistas que en la actualidad quedan en España y, sin duda, el más brillante de todos ellos, quien, paradójicamante, ha desempeñado su cátedra en la Universidad pública de Barcelona, durante toda una larga carrera universitaria. Esto es lo que dice el Doctor Angélico acerca del tiempo: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gen 1,1), en el sentido que las creó todas antes de que existiese cualquier cosa. Se dice que son cuatro las cosas creadas por Dios simultáneamente: el cielo empíreo, la materia corporal, conocida con el nombre de tierra, el tiempo y la naturaleza angélica (Suma teológica, I, q. 46, a. 3 inc.).

De mis lecturas de hemeroteca guardo un artículo de prensa, en el que L. Torras explica cómo se produjo la división del tiempo. No tiene el rigor o la profundidad de San Agustín y de Santo Tomás, pero su escrito sin perder el sentido cristiano, derrocha ingenio y buen humor. Así lo cuenta Torras: “Adán y Eva, al principio de su estancia en el Paraíso terrenal, eran muy felices y para la felicidad parece que no existe el tiempo. Pero llegó el día del pecado original y Dios arrancó la hoja primera de un almanaque ideal. Él medía el tiempo a su manera; nadie ha sabido cómo lo hacía, pero su precisión era asombrosa. En adelante, y como castigo, también lo medirían los hombres. Al poner límite a nuestra vida nos hizo comprender que el tiempo existía […].

Pero, es el caso, que aunque el Señor limitó nuestra existencia, no se le ocurrió dividir el tiempo para que nosotros lo midiéramos. ¡Hubiera sido un castigo demasiado cruel y Dios es infinitamente bueno! La invención es nuestra. Se hallaban Adán y Eva expulsados del Paraíso y arrastraban una vida de trabajos y tristezas. Es la herencia que dejaron a la Humanidad al morir.

No podían acostumbrarse a la idea de dejar de ser y pensando en ello cuando veían amanecer exclamaban con tristeza:

—¡Otra vez el sol!

Pasaban el día con sus trabajillos y afanes, aunque todavía no tantos como los nuestros, y pensando en el sueño y en el reposo decían con regocijo al ver llegar la noche:

—¡Ya está ahí la luna!

Y empezaron a dividir el tiempo de sol a sol. Primer ciclo; primera división” […].

Como la civilización todo lo cambia, se ha variado también la forma, ¡que no estaría bien seguir como en tiempos de salvajes!; pero tomando como base la que hicieron nuestros primeros padres, y de ella nacieron, por el mismo orden, los días, las semanas, los meses y los años. Pero nuestros sabios más eminentes, comprendieron que aquellas medidas, como hechas bajo la triste impresión de un destierro maldito, solo eran útiles para el dolor y la tristeza, y completaron la obra de nuestros primeros padres, con otra división para la alegría y el placer: ¡los minutos y los segundos! Y por eso en la existencia de la mayoría de los mortales se cuentan muchas, muchísimas horas de dolor y tristeza, a cambio de contados minutos de alegría y felicidad”. (La Ilustración Española y Americana, 8-I-1919).

¡Qué dulce será la muerte de quien todos sus pecados la tiene hecha!

¡Y cómo no recordar el consejo que Sor Patrocinio, (1811-1891) desde su exilio en Francia, daba a una de sus monjas para que se lo transmitiera a las demás. Sin duda que algunos de mis lectores lo recordarán porque en otro artículo ya dije que es la frase que más bien me ha hecho y por la que, aunque con fallos naturalmente, he intentado orientar mi vida.

Por mandato del arzobispo de Toledo, de quien dependía, Sor Patrocinio se había exiliado a Francia al estallar la Revolución de 1868. Como consecuencia de las medidas sectarias antirreligiosas que adoptaron los revolucionarios triunfantes, las monjas de los conventos fundados por ella fueron injustamente expulsadas de sus conventos y las dejaron en la calle, sin nada.

Sor Patrocinio por carta dio instrucciones a una de las abadesas para que supieran lo que debían hacer para atravesar tan calamitosa situación. Y como último y principal de los consejos, les escribía esto: “Diles a todas de mi parte, que se acuerden siempre de lo que son, que procuren dar gloria a Dios y ejemplo al mundo, que no separa de ellas la vista; y sobre todo, que esto se pasa y la eternidad sin fin se acerca” (Vida admirable. Sor María de los Dolores y Patrocinio. Págs. 350-351).

En efecto, este año que ahora empieza, en cuanto nos distraigamos finalizará y estrenaremos otro nuevo, lo que dará la razón a esa gran verdad proclamada por Sor Patrocinio: “que todo esto se pasa, y la eternidad sin fin se acerca”. Lo que me hace recordar lo de “una noche y la mala posada”. Así de bien lo escribía la gran santa carmelita, Santa Teresa de Jesús (1515-1582),  en Camino de perfección (Capítulo 40, 9):

“Que no queramos regalos, hijas, bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada. Alabemos a Dios; esforcémonos a hacer penitencia en esta vida. Mas, ¡qué dulce será la muerte de quien todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! ¡Cómo desde acá aún podrá ser comience a gozar de la gloria! No verá en sí temor sino toda paz·.

Queridos lectores, acabo hoy con una felicitación, al igual que lo hice en el artículo del domingo pasado. Feliz Año Nuevo, con el deseo que también rodean a vuestras familias las bendiciones de Nuestra Madre la Virgen, que es la Madre de Dios, como nos recordó la solemnidad litúrgica de ayer. 

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá