Os voy a contar alguna cosa más del mundial de fútbol, pero desde otra dimensión. Hablo del mundialismo, o mejor, del globalismo de Occidente que no cesa, al menos en Europa. El 9 de junio de este año, en Bruselas se producía una votación que apenas ha ocupado unos segundos en los informativos. Sin grandes titulares ni debates públicos, se ha vuelto a reactivar la prórroga del conocido como Chat Control, una iniciativa que vuelve a abrir la puerta al escaneo de comunicaciones privadas, ya sabes, por nuestra seguridad.

 

 

La historia demuestra que las libertades rara vez desaparecen de un día para otro. Lo hacen mediante decisiones presentadas como algo meramente temporal o como algo que es evidente que resulta imprescindible. El Estado no somos nosotros, como dicen los progresistas para querer tener razón y doblarte la voluntad a su favor. El Estado es eso que tiene la autoridad para aplicar la ley con violencia. Precisamente porque el objetivo parece noble, la mayoría acepta renunciar a una pequeña parcela de su privacidad, intimidad, línea de pensamiento… Sin preguntarse cuál será el siguiente paso. En el ensayo Posglobalismo, de Rais Busom, se expone desde un prisma poliédrico precisamente el siguiente paso, y que Chat Control se revelará como la maquinaria masiva que controla y que dirige el pensamiento colectivo mediante la vigilancia de las comunicaciones, compadreando el poder político con las grandes tecnológicas MetaGoogle o Microsoft.

No es la primera vez, porque el Parlamento Europeo ha mostrado en ocasiones anteriores importantes reservas hacia esta normativa. Incluso la propia Comisión Europea reconoció que no existían pruebas concluyentes sobre su eficacia. Sin embargo, mediante un procedimiento de urgencia, la prórroga salió adelante hasta 2028. Es decir, que, ante una medida extraordinaria, la votación la convierte en una situación ordinaria. La ventana de Overton a pleno rendimiento.

Chat Control 2.0 es un proyecto mucho más ambicioso que plantea obligar a los proveedores de servicios digitales a analizar automáticamente mensajes, fotografías, documentos y archivos antes incluso de que lleguen a su destinatario

Tras esta prórroga, hay más. Si hasta ahora vulneraba principios básicos de nuestra libertad, lo que viene es peor y se llama Chat Control 2.0.  Y me explicaré más a fondo porque quizá alguno que me lea piense que sufro una conspiracionitis aguda, y por eso doy datos… Chat Control 2.0 es un proyecto mucho más ambicioso que plantea obligar a los proveedores de servicios digitales a analizar automáticamente mensajes, fotografías, documentos y archivos antes incluso de que lleguen a su destinatario. Sus defensores sostienen que serviría para combatir delitos gravísimos como la explotación sexual infantil. Sus detractores -entre ellos expertos en privacidad, juristas y el propio Supervisor Europeo de Protección de Datos-, advierten de que es un escaneo indiscriminado de las comunicaciones y que supondría un cambio sin precedentes en la relación entre el ciudadano y el Estado.

Entonces, ¿estamos dispuestos a que toda conversación privada sea potencialmente inspeccionada antes de considerarse legítima? 1984Geroge Orwell es tremendamente explícita en este aspecto; darle un repaso este verano a esta novela, es casi necesario, porque cada día es menos distópica y más real. George Orwell imaginó un mundo donde el poder vigilaba permanentemente a los ciudadanos. Cuando se publicó en 1948, muchos pensaron que era una exageración literaria. Sin embargo, el riesgo contemporáneo ya no consiste en que un funcionario lea nuestras cartas. Hoy es mucho más sofisticado y aceptamos que ciertas máquinas revisen automáticamente nuestras comunicaciones porque nos obligan a asumir que "es por nuestra seguridad".

Archivos profesionales, relaciones íntimas, documentos oficiales, datos bancarios, tu línea de opinión personal, tus sentimientos personales o políticos, etc., serán revisados y acumulados en una carpeta virtual puesta a tu nombre. La tecnología es tecnología y no discierne entre matices humanos. Son algoritmos que detectan patrones, generan alertas y clasifican comportamientos. Y para combatir este subidón de conspiranoia, te dejo los datos siguientes en un digital nada sospechoso de facha o de ultraEl gobierno británico, durante 2023, efectuó 12.183 detenciones por «comentarios ofensivos», según su criterio, en las redes sociales, y eso entonces, cuando eran leídos por policías del ministerio de la verdad. Imaginad cuando sean ordenadores que escaneen todo en décimas de segundo.

La cuestión es si queremos legar a nuestros hijos una Europa donde la privacidad siga siendo un derecho o pase a convertirse en un privilegio concedido bajo vigilancia constante

Quizá lo más preocupante no sea solo la legislación, sino nuestra reacción. Es verdad que apenas ha habido debate en los medios, ni en las tertulias nadie lo cita, y los titulares casi inexistentes, y de las televisiones públicas o privadas ya ni hablamos. La inmensa mayoría siguió con su vida como si aquello no tuviera nada que ver con ellos mismos. Y, sin embargo, hablamos de los “avances” legislativos y tecnológicos que más afectan al fundamento mismo de una sociedad libre, es decir, la existencia de un espacio privado donde el individuo pueda pensar, comunicarse y relacionarse sin sentirse permanentemente observado.

Las democracias no solo son elecciones libres. Necesitan la existencia de ciudadanos conscientes de que los derechos fundamentales no son concesiones del poder, sino límites al poder. Cuando esos límites empiezan a difuminarse, recuperar el terreno perdido resulta extraordinariamente difícil. Y eso los dirigentes del globalismo formal lo saben.

Fue Hannah Arendt quien dio con la clave, cuando explicaba a sus alumnos que el mal radical es cuando se consigue que una sociedad no piense lo que está haciendo, de forma que pierde la capacidad del discernimiento entre el bien y el mal, de manera que todo lo que haga le proporciona una inocencia casi genuina. En su ensayo La condición humana, Hannah Arendt plantea algo muy sencillo para salir del bucle del rebañismo, y es que solo hay que pensar en lo que hacemos y por qué lo hacemos, no tanto el qué, sino el para qué. Es decir, que el pensamiento crítico actúe como una brújula de acción y reacción.

Es cierto, no podemos renunciar a la protección de los menores, la persecución del crimen y la seguridad colectiva. Pero precisamente por su importancia exigen herramientas eficaces, proporcionadas y compatibles con los derechos fundamentales. Tampoco podemos admitir que, tras estos motivos preclaros y legítimos, se haga tabla rasa y se convierta la vigilancia masiva en una respuesta automatizada, porque supone trasladar la sospecha del delincuente para que recaiga sobre toda la sociedad.

La cuestión es si queremos legar a nuestros hijos una Europa donde la privacidad siga siendo un derecho o pase a convertirse en un privilegio concedido bajo vigilancia constante, porque cuando una sociedad deja de defender sus libertades porque cree que nunca las perderá, suele descubrir demasiado tarde que ya las ha perdido.