Cuando escribo esta crónica, ni Ana Botín, ni Carlos Torres, ni Tomás Muniesa, ni Pepe Oliu se han dejado ver en Ceuta, para solidarizarse con los ceutíes acosados... por los marroquíes y por el propio Gobierno español, no vaya a molestarse el propio gobierno español.

Ya hemos dicho en Hispanidad que los banqueros y los grandes empresarios españoles esperan, anhelantes, la caída de ese desastre llamado Pedro Sánchez pero ninguno se atreve a hablar, no sea que Pedro dure un año más y se vengue de ellos. No es miedo, es terror.

Ahí Juan Roig, de Mercadona, les ganó por la mano. Se fue a Ceuta, alentó a sus empleados y se dio un abrazo con Juan Vivas. ¡Olé sus narices, don Juan!

Miedo tienen, también, a hablar sobre la IA. En privado los grandes hombres del Santander, BBVA, Caixabank, Sabadell o Bankinter, aseguran que debemos acostumbrarnos a vivir con la IA, pero ninguno parece dispuesto a jugarse su prestigio apostando si la IA supondrá una ayuda para el hombre o la destrucción de la humanidad. Y eso que el riesgo, por tanto, el vislumbre del futuro, se supone que es la especialidad del banquero.

Como mucho, por ejemplo, Ana Botín o Carlos Torres, aseguran que con la IA ha empezado una nueva era, una idea muy lograda, pero ninguno de los dos certifica si esa novedad es para mejor o para peor, para nuestra dicha o para nuestra desgracia.

Los banqueros españoles son banqueros escondidos. No emiten juicio alguno sobre lo que preocupa al conjunto de sus conciudadanos. Eso tiene la ventaja de que así no se equivocan nunca pero con la desventaja de que a lo mejor dejan de contar en el contexto social. Y eso no sé si es bueno.