Cuando hablamos de cambiar el modelo económico actual para salir de la crisis podemos estar refiriéndonos a la necesidad de no vivir del ladrillo.

Lo cual no está mal oiga, pero, ¿de verdad esa nimiedad, más bien coyuntural, supone un cambio de modelo? Más bien supone aquello de que a la fuerza ahorcan: simplemente, nadie construye pisos porque nadie puede comprarlos.

Hombre no: llevamos 60 años de economía financista, viviendo de lo que debemos, de la deuda, que cada equis tiempo termina en impagos al prestamista y, lo que es peor, en quiebra del prestatario. Digo peor porque el prestamista es el presunto rico o el poderoso -si es prestamista fiduciario, como ocurre en los mercados financieros, mientras el prestatario es el presunto pobre. De otra forma, no pediría prestado.

Pero, además, la globalización no ha traído más libertad sino todo lo contrario: una reducción del número de agentes económicos y un aumento del tamaño de ese menor número de agentes (especialmente de los Estados emisores de deuda, que son los principales especuladores).

Por tanto, el cambio de modelo económico significa volver a lo pequeño: estados más pequeños (igual a soberanías monetarias más pequeñas), mercados más pequeños, bancos más pequeños, empresas más pequeñas, sobre todo para evitar que el pez grande devore al chico, es decir, a las familias y al individuo.

En resumen, lo que necesita la economía del siglo XXI es más pluralismo, menos concentración. Y eso sí supone un cambio de modelo. Traducido: lo que necesita España, y el mundo, es volver a lo pequeño y fomentar al emprendedor, al emprendedor diminuto. Las pymes, los profesionales, los autónomos, constituyen el elemento más eficiente de todo el sistema productivo. Ojo, y las pymes no necesitan más crédito, lo que necesitan son menos impuestos. Es ridículo que un profesional esté pagando más impuestos sobre el beneficio que Telefónica o el Banco Santander o que paguen, también en términos relativos, claro está, los mismos impuestos laborales que el BBVA o Repsol. El problema no es el dinero para montar una empresa sino los gravámenes y la burocracia que se le exige al emprendedor, así como los impagos de los grandes a los pequeños. Y si no pagan es porque su posición de dominio les permite diferir sus obligaciones de pago lo que les venga en gana. Fíjense en que las pymes que trabajan para el consumidor final, para otras pequeñas familias particulares, son las que menos han sufrido la crisis. Por contra, los proveedores de grandes empresas o aquellos otros que compiten con los grandes, han quebrado en cascada... a pesar de ser más eficientes.

¿Cómo hacer que la economía española crezca y cree empleo? (desde luego, el empleo no lo crean los grandes sino los pequeños). Pues reduciendo la fiscalidad a los pequeños y exigiendo a los grandes que paguen a su debido tiempo.

Favorecer al pequeño: eso sí supone un cambio de modelo económico, una verdadera revolución, y supone, en pocas palabras, volver a valorar la propiedad privada.

La propiedad privada pequeña y directa. Porque esa es otra: el globalismo y la economía financista han creado un curioso espejismo: si compro acciones de Iberdrola, ¿soy propietario de Iberdrola? En puridad jurídica sí, pero no se trata de una propiedad privada directa: el accionista de una gran empresa o de un gran banco no influye nada en esa empresa o en ese banco y el valor de su propiedad no depende de él sino del ejecutivo que dirige la corporación.

Si en el impuesto sobre la renta existe un sistema progresivo, ¿por qué no debe existir esa gradación en la fiscalidad laboral o en el impuesto de sociedades según facturación? Dejemos la balada de la PYME y volvamos a promocionar lo pequeño.

Eulogio López   

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