Se lo comentaba a un periodista, a principios de los años noventa del pasado siglo, cuando la nefasta teología de la liberación molestaba con sus planteamientos, no como ahora, que ya sólo molesta con sus cenizas: "En América Central, los católicos quieren que pertenezcamos a Rusia y los protestantes a Estados Unidos". La brillantez suele resultar sencilla en sus planteamientos, así que, en buena medida, resulta que la opinión de nuestro taxista sigue siendo cierta. La doctrina Social de la Iglesia nada tiene que ver con la vieja Rusia soviética, de acuerdo, pero tampoco casa con ese híbrido de marxismo coñazo y beatería progre que fue la obra de Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y compañía (la compañía, por ejemplos, son los tonti-teólogos progres españoles, que se creen tan nuevos y son viejos del XIX).

Pues bien, Hugo Chávez (en la imagen) se está muriendo lejos de su amada patria, en La Habana. Durante los últimos años, en alguna de sus apariciones públicas gustaba mostrar su crucifijo o alguna otra imagen piadosa, naturalmente en versión revolucionaria y sin que ello le impidiera insultar a los obispos venezolanos. Por eso, ante la Transición que se abre en Venezuela conviene aclarar un par de cosas.

La doctrina social de la Iglesia (DSI) propone varia cosas pero, a día de hoy yo la resumiría en dos: la DSI prefiere propietarios a proletarios, a pesar de que la propiedad privada conlleve una hipoteca social. (Leer más)

Dos: el salario digno es lo que confiere fuerza moral al empleador. He dicho salarios dignos, no subsidios de paro dignos que, por subsidios, carecen de dignidad: es mera limosna del Gobierno, la limosna más peligrosa de todas.

Por tanto, la revolución bolivariana nada tiene de cristiana. Es una mezcla de capitalismo de Estado, con un petróleo pendiente de los caprichos de un dictador que impone el miedo en las calles, con un ejército de matones, de tinte paramilitar y miliciano a sus órdenes, y con una miseria innecesaria.

Así que Dios acoja en su seno al comandante Chávez porque aquí hay muchos que no le vamos a añorar.

Eulogio López

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