La transición energética se ha consolidado como uno de los pilares incuestionables de la política europea. Ya no es solo una estrategia frente al cambio climático, sino un marco ideológico que condiciona de forma creciente la política económica, la regulación y la propia concepción del desarrollo. En ese proceso lo que debería ser una política pública compleja se ha simplificado hasta convertirse, en demasiadas ocasiones, en un mantra.

El problema no es el objetivo. Reducir emisiones y avanzar hacia fuentes más limpias es una necesidad compartida. El problema es la forma en que ese objetivo se ha blindado frente al debate, como si cualquier matiz equivaliera a una enmienda a la totalidad. Cuando una política deja de poder discutirse, deja también de poder mejorarse.

Europa ha optado por una transición acelerada, apoyada en renovables y en la progresiva sustitución de los combustibles fósiles. Sobre el papel, el planteamiento es coherente. En la práctica, adolece de una debilidad fundamental: confundir ambición con viabilidad.

Cuando una política deja de poder discutirse, deja también de poder mejorarse

Los avances en capacidad instalada son evidentes. España, por ejemplo, se ha situado entre los líderes europeos en energía eólica y solar gracias a su ventaja natural. Pero el discurso dominante tiende a ocultar una realidad incómoda: más capacidad no equivale automáticamente a un sistema más sólido. La intermitencia de las renovables introduce un problema estructural que no se resuelve con más despliegue, sino con sistemas de almacenamiento, redes adaptadas y respaldo energético. Y ahí es donde la retórica choca con la realidad. Sin esas infraestructuras, el sistema se vuelve más inestable. No ideológicamente sino técnicamente. Y esa inestabilidad se traduce en precios volátiles y en una dependencia persistente de tecnologías como el gas.

España lo ha comprobado. A pesar de su elevada penetración de renovables, los precios de la electricidad han registrado episodios de fuerte tensión. No es una anomalía: es una consecuencia directa del diseño del mercado eléctrico europeo, donde el precio lo fija la tecnología más cara necesaria para cubrir la demanda. El resultado es una paradoja difícil de explicar al ciudadano: más renovables pero no necesariamente energía más barata.

A todo ello se añade un elemento que rara vez se aborda con honestidad en el debate europeo: la energía nuclear. Porque si hay un punto donde el discurso de la transición energética revela con mayor claridad su carácter ideológico, es precisamente en su relación con esta fuente. La energía nuclear ofrece una combinación difícil de ignorar: generación continua, ausencia de emisiones directas de COy costes operativos estables una vez amortizada la inversión inicial. En términos estrictamente técnicos, constituye uno de los pilares más sólidos para garantizar un suministro fiable y descarbonizado. Sin embargo, su papel en la estrategia europea sigue siendo ambiguo, cuando no abiertamente restrictivo en algunos países.

La inestabilidad se traduce en precios volátiles y en una dependencia persistente de tecnologías como el gas

No se trata de ignorar sus desafíos —gestión de residuos, inversión inicial elevada, percepción social—, sino de constatar una incoherencia de fondo. Mientras se insiste en la urgencia climática, se prescinde o se limita una de las pocas tecnologías capaces de aportar estabilidad al sistema sin emisiones. Y esa decisión responde en gran medida a un elevado coste político más que a un análisis técnico.

El resultado es un sistema que al renunciar en parte a la nuclear, incrementa su dependencia de fuentes intermitentes sin haber resuelto plenamente los mecanismos de respaldo. Paradójicamente, esta situación obliga en muchos casos a mantener o incluso reforzar el uso del gas como garantía de suministro, introduciendo una contradicción evidente entre los objetivos declarados y los medios utilizados.

España es un ejemplo significativo. Con un parque nuclear que aporta estabilidad al sistema eléctrico, el debate sobre su continuidad se plantea más en términos políticos que técnicos. El calendario de cierre progresivo responde a compromisos adoptados en un contexto determinado, pero cuya revisión apenas se contempla, incluso cuando las condiciones del entorno energético han cambiado de forma sustancial.

A esta tensión estructural se suma el coste de la transición. Porque la transición tiene un coste, aunque a menudo se evite decirlo con claridad. Redes, almacenamiento, nuevas tecnologías… todo ello exige inversiones masivas que tarde o temprano recaen sobre consumidores y empresas. Aquí es donde el mantra climático muestra con mayor claridad sus límites. La insistencia en objetivos cada vez más ambiciosos no siempre viene acompañada de un análisis igual de exigente sobre sus consecuencias económicas. Y sobre todo, sobre su reparto. Porque la transición no es neutra. Tiene beneficiarios claros —sectores ligados a las renovables, determinados intereses financieros— y tiene sectores que soportan el ajuste. La industria es el ejemplo más evidente.

El resultado es un sistema que al renunciar en parte a la nuclear, incrementa su dependencia de fuentes intermitentes sin haber resuelto plenamente los mecanismos de respaldo

Los sectores intensivos en energía no compiten en un entorno ideológico, sino en mercados globales. Si el coste energético en Europa es estructuralmente superior al de otras regiones, el resultado no es un debate académico: es pérdida de competitividad, reducción de actividad o traslado de producción. Y esto ya está ocurriendo. No como una hipótesis, sino como tendencia creciente. Mientras tanto, otras economías han optado por enfoques más pragmáticos. Estados Unidos impulsa las energías limpias, sí, pero al mismo tiempo protege su industria con subsidios y acceso a energía competitiva. China avanza en la transición sin renunciar a garantizar su base productiva, incluso manteniendo el uso de fuentes convencionales cuando es necesario. Europa, en cambio, parece haber asumido que la coherencia climática debe prevalecer incluso cuando entra en conflicto con su realidad económica. Esa desconexión entre política energética e industrial no es un matiz técnico: es un riesgo estratégico.

El hidrógeno verde se ha convertido en uno de los grandes ejes de esta narrativa. Presentado como solución estratégica, su desarrollo sigue condicionado por costes elevados y por una tecnología aún inmadura. La distancia entre la expectativa política y la realidad económica vuelve a hacerse evidente. A ello se añade un problema recurrente: la inseguridad regulatoria. La transición exige inversiones a largo plazo, pero el marco normativo ha sido en demasiadas ocasiones, cambiante. Y sin estabilidad, la inversión se resiente.

La transición energética es necesaria. Pero convertirla en un dogma no la hace más eficaz sino más vulnerable a sus propias contradicciones. El verdadero reto no es fijar objetivos cada vez más ambiciosos, sino diseñar un proceso compatible con la realidad económica, industrial y tecnológica. Europa dispone de medios para hacerlo. Lo que está en cuestión es si tiene la voluntad de introducir el matiz, el ajuste y el sentido crítico necesarios para evitar que una política imprescindible termine convirtiéndose en un problema añadido.

Porque cuando la política se convierte en consigna, la realidad acaba imponiéndose. Y en el ámbito energético, esa realidad siempre llega en forma de factura… y de industria que se marcha.