El Mundial acabó, pero no los amargos recuerdos de la FIFA de Gianni Infantino. Primero fue anular por mediación de Donald Trump una tarjeta roja al jugador estadounidense Folarín Balogun. Hecho insólito. Luego fueron las anulaciones de ciertos goles con o sin el VAR, las sospechas de la final de Argentina-España por la actuación arbitral y la omisión de faltas en el campo. O la decepcionante violencia de la esquadra de Messi. Finalmente la presunción de que los festejos de clausura estaban ya amañados con los colores celestes de la selección argentina y no los de la Roja. ”La argentinidad al palo” reza una célebre canción porteña que hace gala a la recogida de firmas en Argentina para pretender repetir la final.

Años atrás, las otras sospechas de celebrar un Mundial en Qatar en 2022 tan cuestionado por los derechos humanos que tan poco importa cuando interesa a la FIFA. Y el siguiente episodio en ciernes: el próximo Campeonato en España/Portugal/Marruecos cuando la afición marroquí ha demostrado que gane o pierda responde incendiando calles. Y allí en Casablanca se pretende celebrar la final del 2030.

Pedro Sánchez ha cedido a tantas concesiones a Rabat que tampoco nos sorprendería que de nuevo ceda -como el tema del Sahara, Gibraltar, la ola de migrantes y narcotraficantes marroquíes en las costas españolas, las milmillonarias transferencias a Marruecos por distintos conceptos sin debate público previo, etc - a las presiones (o mejor dicho ¿chantajes?) de Mohamed VI para arrebatar a España la disputada final. 

Mientras la prensa internacional elogia a la Roja, otra más crítica cuestiona que el éxito del deporte español no se corresponda con el mismo espíritu político y social del país. Parece mentira que tanto ímpetu de equipo se pierda cuando se llega al campo de la política donde todos son disputas, zancadillas, insultos y embustes mientras la unión y el consenso por una causa mayor se esfuman como un aliento en el desierto.

También lo vivimos algunos en “territorio comanche”, donde casi ningún partido de la Roja y en especial la final, contó con la autorización de gobiernos municipales separatistas en Vascongadas y Cataluña salvo excepciones para colocar pantallas gigantes. Al contrario, hubo ataques violentos de fascistas de izquierdas contra seguidores pacíficos de la selección nacional en locales privados.

 

Pero mientras todo eso ocurría y disfrazaba el Mundial, se tapa lo que verdaderamente empaña la reputación internacional de España: la corrupción. Ya no se puede hablar de bulos sino de 127 encausados (con tendencia al alza) en lo que llevamos de tiempo, con las numerosas imputaciones de altas figuras del PSOE, Gobierno, instituciones y entes públicos, judicatura así como la familia de Sánchez.

En el Mundial de EEUU se sacaron 15 tarjetas rojas y un porrón de amarillas (Argentina se lleva la palma). Pudieron ser algunas más y bien saben los argentinos que lo intentaron durante y después de sus partidos. En la política de España, cuesta que salgan, también las amonestaciones y expulsiones. Mientras, algunos como la vicepresidenta de Gobierno, Yolanda Díaz, tras unas vacaciones de lujo capitalista en el Mar Egeo, a su regreso del bronceado heleno dice estar nuevamente disgustadísima de la corrupción consentida de Sánchez. Las tarjetas rojas en política nunca existen en esta parte del hemisferio. Eso sí, para acaparar la atención mediática de una acción gubernamental  ya en barbecho, Díaz (Sumar) se saca de la maga aquello del “mediador/a íntimo para escenas de sexo en los rodajes de películas”. Bonitas credenciales para aspirar a dirigir la OIT y soltarlas en una asamblea general de casi 190 países. 

Qué tierno. Gracias a este ejecutivo, España avanza en prioridades sociales (pero recortando gastos en medicación en Sanidad mientras se derrocha en contratar más personal en Moncloa) para evitar que se repita “El último tango en París” pero tragando con los cuernos sanfermines de la corrupción.

Por si fuera poco, no sabemos si ZP -la superestrella honoris causa del PSOE - siguió algún partido de la Roja en el Campeonato de la FIFA 2026, porque anda un poco preocupado con la imputación suya y de sus hijas en varias causas, entre ellas el rescate de Plus Ultra que tanto había negado. 

 

Veremos cuando afloren otras causas afines al SEPI, petróleo venezolano, oro, criptos, China, Bolivia, etc. De momento ya ha cantado un poquito Julito Martínez, su testaferro, y por lo que ha dicho, se le debe de haber caído el cielo encima. Eso ya no es perder una final sino engañar a toda la FIFA metiendo un gol tras otro con las manos. 

Si en otras organizaciones y países hay purgas por rebasar ciertas líneas rojas, en la de Infantino o de la España social-comunista de Sánchez la excelencia democrática brilla por su ausencia según el más genuino estilo bolchevique. Ya no sólo por lo de ZP, es que la mochila es inmensa: la pandemia, la DANA, Adamuz, los 24 incendios del cambio climático (pero sin actuaciones preventivas) de este año, los mineros asturianos fallecidos o del puente colgante de Cantabria, los conflictos en Oriente Medio, las policrisis diplomáticas restantes y la pérdida de elecciones continuadas… parecen ajenas a la clase dirigente aferrada a la poltrona. Generan la sospecha sobre la siempre falta de lealtad de toda la oposición. 

Ésta no obstante debería atinar cuando haga comentarios y evitar caer en sintagmas que rayan el racismo como fue el caso de la tribuna de Rajoy cuando afirmó que en el equipo de Francia escaseaban los jugadores de origen francés. Qué diremos cuando en unos años, en la Roja abunden descendientes de la ola de regularización actual de migrantes.  

Pero en Moncloa siguen la estela de Daniel Ortega, dictador en Nicaragua, cuando hacen suya la decisión de no convocar más elecciones para que no gane la derecha. Imaginen que Infantino (candidato de Trump para dirigir la ONU) dijera o hiciera lo mismo para perpetuarse en la federación internacional del fútbol. Blanquear dictaduras parece que tiene experiencia la FIFA. Tanto empeño en las Due Diligence en el mundo de los negocios que podrían aplicarse el mismo principio en la política española en vista a la falta de fiscalización y comparecencia en los debates del Estado de la Nación. El recurso a los espejismos ya no funciona como el próximo eclipse total que se proclama histórico para distraer al populacho de tantas vergüenzas.

El Mundial por eso acabó, la Roja regresó a casa y el Govern de Cataluña pretende impulsar ahora con cierta celeridad las selecciones catalanas deportivas aunque sean ilegales pese al desconcierto indepe a la ola de furor social al equipo de España. Está por ver la respuesta de la FIFA porque de Moncloa ya la intuimos.