La Constitución no deja lugar a dudas: el Rey es «símbolo de la unidad y permanencia» de España, y esto vale para los que son monárquicos y los que no, para los seguidores del borbonismo o no. El rey no gobierna, ni legisla y tampoco dirige la política exterior. Sin embargo, es lo que ningún presidente puede ser nunca: la continuidad del Estado por encima de los partidos.
Por eso, lo ocurrido con Ceuta resulta especialmente delicado, especialmente cuando este Gobierno ha cuestionado muy seriamente la institución, primero Óscar Puente y luego Pedro Sánchez, poniéndo contra las cuerdas al rey al decir que en 20 años no ha ido a Ceuta, cuando sabe que la agenda política del monarca la gestiona él directamente desde Moncloa y que no lleva tantos años representando la corona española. No importa, la estrategia de Sánchez de “miente que algo queda”, sigue siendo su mejor plan.
Pero esto no se queda aquí, ahora llega la trampa, porque Sánchez es como un tahúr al que ya conocen en todos los casinos políticos. Cuando posteriormente el presidente del gobierno anunció públicamente que Felipe VI visitará Ceuta y Melilla «cuando se den las condiciones», son y serán las condiciones que él, Pedro Sánchez, considere oportunas siempre y cuando le reporten beneficios electorales. Porque veamos… Marruecos ya ha advertido de que si aparece Felipe VI por Ceuta, habrá consecuencias, y si Moncloa manda al rey a Ceuta y se dan esas consecuencias, Pedro Sánchez lo volverá contra el rey y será el reactivo necesario para jalear y mostrar a los izquierdosos nostálgicos de la II República de que ha llegado la necesaria reactivación de la III República. Por supuesto, con Sánchez de presidente y Óscar Puente de primer ministro. ¿Algún problema con esto?
Y aquí aparece el verdadero dilema de la Casa Real. Si Felipe VI viaja a Ceuta, realizará un gesto de enorme fuerza institucional, ya que el jefe del Estado estará físicamente en una parte de España cuya soberanía exige Marruecos. Y como en la Corona no son tontos, saben que sería una auténtica ratonera institucional, porque si no viaja, Moncloa dejará flotando la idea de una Corona ausente, que de qué nos sirve un rey que no reina. Y si por fin va, Marruecos activará otro de sus pérfidos planes de fronteras masificadas, o algo peor, que vaya usted a saber con Mohamed. En ambos casos, Felipe VI corre el riesgo de convertirse en la pieza clave de una partida de ajedrez que él no ha diseñado y sabe que en el ajedrez, el rey tiene los pasos cortos y su vida determina la partida.
Felipe VI explicó en octubre de 2017 cuál era su obligación: «Mi compromiso como rey es con la unidad y la permanencia de España». Aquellas palabras adquirieron sentido precisamente porque la Corona actuó como referencia institucional cuando una parte del Estado trataba de quebrarlo y los dirigentes separatistas catalanes intentaron la independencia de Cataluña, aunque hoy, pelillos a la mar, todos ellos estén amnistiados gracias Pedro Sánchez.
Pero ahora el peligro es distinto. No se trata de un Gobierno autonómico rebelándose contra la Constitución, sino de un Gobierno central que parece mantener la neutralidad de la Corona como escudo frente a sus propias dificultades. El Rey puede viajar a Ceuta. Es más, debe de hacerlo. Pero debe hacerlo como Rey de España, no como parapeto de Pedro Sánchez, porque la Corona solo es verdaderamente útil mientras represente aquello que permanece cuando los gobiernos se suceden.
La maniobra orquestada desde Moncloa, resulta todavía más llamativa, porque Sánchez se empeña en no responsabilizar a Marruecos de la entrada masiva de julio, pese al informe policial que describe una pasividad anómala de las fuerzas marroquíes. Pero debe ser el único que no lo ve, porque casi nueve de cada diez españoles, según el barómetro de 40dB, sí señalan a Marruecos como principal responsable, y una mayoría suspende la gestión del Gobierno.
Pero para el Gobierno y la plantilla de ministros, Rusia, Israel y la internacional ultraderechista -que es como decir nada-, con el franquismo -medio siglo después de la muerte de Franco-, junto a la derecha mediática, los jueces y las acusaciones populares, tienen la culpa, todos juntos y a la vez. Y es que la política de Sánchez, casi siempre, ha convertido la discrepancia en conspiración. Dicho de otra forma: con Sánchez, cuanto más estrecho es el margen político de su Gobierno, más crece el catálogo de culpables externos.
Eso sí, en España seguimos sobreviviendo con los Presupuestos Generales de 2023 prorrogados por tercer ejercicio consecutivo. A lo que tenemos que sumar los procedimientos judiciales que vuelven a ponerse en marcha en septiembre y las condenas del entorno familiar del presidente y para ciertos antiguos dirigentes socialistas. Con este escenario político, hay que hacer algo más que señalar adversarios culpables.
La democracia también es exigente con los votantes y los ciudadanos deben ser capaces de juzgar a los suyos con el mismo rigor con el que juzgan a los contrarios. El problema no es votar socialista o conservador. El problema es cuando el voto se convierte en una especie de identidad cerrada, una trinchera ideológica que no cede terreno al enemigo, como sucede con las sectas, donde desde dentro todo se justifica por admiración al líder, mientras que todo lo de fuera siempre es sospechoso.
Felipe VI. ¿Qué significa reinar sin gobernar? (Almuzara) Manuel Ventero Velasco. Analiza precisamente la paradoja de una jefatura del Estado sin poder ejecutivo, obligada a conservar neutralidad y autoridad moral en medio de una sociedad polarizada.
Marruecos, el vecino incómodo (Esfera de los libros) Sonia Moreno. El ensayo analiza la importancia estratégica de Marruecos para España y las ambiciones políticas, territoriales y económicas del reino alauí. La autora, a partir de una década como corresponsal y de testimonios directos, examina el poder de Mohamed VI, las crisis migratorias, Pegasus, el Sáhara Occidental, las relaciones con Argelia, Estados Unidos e Israel, y las disputas sobre Ceuta, Melilla y Canarias.
Felipe VI. Un rey en la adversidad (Booket) José Antonio Zarzalejos. El autor reconstruye los primeros años del reinado de Felipe VI, marcados por la abdicación de Juan Carlos I, las tensiones familiares y una profunda inestabilidad política. Con fuentes de máxima solvencia, analiza la relación del monarca con Pedro Sánchez, la salida de su padre a Abu Dabi y el futuro de Leonor, ofreciendo un retrato riguroso y revelador.