Esta semana ha sido, quizás, una de las más pródigas en declaraciones, debates y análisis periodísticos de nuestra historia. Sin embargo, no se ha movido un dedo para solucionar la gravísima situación de Ceuta y los ceutíes, a los que desde esta humilde columna envío la certeza de mis oraciones diarias por ellos. Y tampoco se ha hecho nada efectivo para echar del poder al culpable interior ni para frenar los ímpetus expansionistas del culpable exterior. Ni para prever y detener futuras invasiones.

“Words, words, words”, puso Shakespeare en boca de un desconsolado Hamlet. “Obras son amores y no buenas razones”, traduce el desconsolado español de buena voluntad.

No es que los análisis no valgan nada. Ha habido muchos y muy buenos en aquellos medios independientes que buscan la verdad y el bien. Entre ellos, éste. Bastantes se han dedicado a interpretar el sentido de las omisiones dolosas y de las declaraciones mentirosas y cínicas de Pedro Sánchez, concluyendo en buena lógica que el principal peligro actual y futuro de España y los españoles es su permanencia en el poder.

Entre tanto, en la calle, las personas de buena voluntad se preguntan cómo es posible que siga ahí, después de tanta omisión y acción ignominiosa. Y que haya que esperar a que él convoque unas elecciones en las que hará lo posible y lo imposible, sin escrúpulo alguno de ningún tipo, para ganarlas. En este sentido, ha habido una buena noticia: las medidas cautelares de la suspensión temporal del fraude en la aplicación de la nefasta “Ley de nietos” por parte del Tribunal Supremo. Pero esto es bien poca cosa, por ahora.

Otros confían en que la solución venga cuando los jueces emitan sentencias justas en los diversos procesos incoados. Pero estos son tan largos y complicados que no se podrán sustanciar en breve plazo. Por lo que, habría que pensar en aquello que el ingenioso hidalgo le dijo a su fiel escudero: “Muy largo me lo fiais, querido Sancho”.

Y los que, como yo, (¡ingenuo de mí!) esperábamos que por fin PP y Vox se unieran para presentar una moción de censura en la que, ante la flagrante traición perpetrada, varios parlamentarios del propio PSOE votaran por España, en coherencia con la justicia y con las propias siglas de su partido, tendremos que recordar con enorme tristeza las palabras que, según Dante en su Divina Comedia, estaban escritas en la puerta de entrada al Infierno: “Lasciate ogni Speranza”.

Y es que, antes de sus declaraciones en televisión en esa execrable entrevista-masaje realizada por dos de sus lacayos mediáticos, y de sus intervenciones en el Congreso, Sánchez intervino ante los diputados y senadores de su partido. Acto que, salvo para este medio y unos pocos más, pasó desapercibido. Y, sin embargo, sus palabras y la reacción de sus oyentes, nos dan muchas claves para entender en profundidad lo que no se entiende sólo con las explicaciones de índole geopolítica.

Pues bien, una vez más, nuestro hombre se proclamó adalid del progresismo y pidió a sus oyentes que siguieran empeñados en dejarse la piel por cumplir todas las exigencias de la España progresista, en consolidar los avances con más avances, frente a la involución de la ultraderecha. Y puso sobre la mesa su prioridad progresista: que el aborto sea un derecho constitucional, blindarlo en la Constitución. Y los muy progresistas congresistas y senadores le aplaudieron a rabiar.

Por eso, para entender cabalmente no solo las cuestiones actuales mencionadas con anterioridad, sino todo lo que ha pasado en España en las últimas décadas, hay que comprender la idea de progreso, que no solo está detrás de la inspiración totalitaria de Sánchez y de todo el PSOE ya desde antes de Sánchez, sino que ha infeccionado también al PP y, de una u otra manera, a la entera sociedad, al menos en su aceptación acrítica y en la variante del culto a la novedad.

Pues bien, sin afán de exhaustividad, pero sí de claridad, cabe afirmar que:

  • El progresismo es la causa y resultado a la vez de la rebelión moderna contra la verdad. Y el concepto de progreso pretende sustituir, a la vez, al de verdad y al de bien.

  • El progreso es la nueva verdad. Pero no se dice en qué consiste ni hacia dónde se dirige. Es una falacia en sí misma, pues si no hay sustancia y dirección hay arbitrariedad y desorientación.

  • El progresismo se ha caracterizado como todo lo novedoso opuesto a las verdades que la tradición antropológica humanista cristiana ha construido a través de los siglos y que ha supuesto el verdadero progreso moral y cultural de Occidente. De ahí que yo lo definiera hace ya más de treinta años como “el regreso a la barbarie y a la irracionalidad, con tecnología punta”.

  • El progresismo ha sido así el motor y el “hogar” de todas las ideologías materialistas y nihilistas surgidas en los últimos siglos, desde el comunismo hasta la ideología de género.

  • Por lo que es el reino de la negación de toda Ley natural, que se sustituye por las leyes dictadas por los parlamentos progresistas. Leyes que todos tienen obligación ineludible que cumplir.

  • Por tanto, es el reino de la arbitrariedad de un poder totalitario.

  • Las palabras progreso, progresismo y progresistas han sido utilizadas como palabras mágicas o palabras talismán en el proceso de manipulación, división y enfrentamiento de la sociedad, de modo que, para los progresistas, ya no hay verdad y mentira, ni buenos ni malos, ni justos e injustos sino ellos (los que están en el lado correcto de la historia) y los retrógados (los ultraderechistas en el ámbito político; los ultracatólicos en el religioso; los iusnaturalistas en el jurídico; los carcas en el social; etc.)

  • Los progresistas piensan que para que la historia avance el poder debe estar en manos progresistas, por lo que aquellos que se oponen al progreso no tienen derecho a conquistarlo.

  • Las ideologías y sistemas políticos progresistas han causado cientos de millones de muertos en los dos últimos siglos, tanto fuera como dentro del vientre materno, pues, al igual que no respeta la verdad, tampoco la vida.

  • El progresismo, en fin, al creer que supone estar en el lado correcto de la historia en su avance inexorable, justifica cualquier acción que se considere progresista por aquellos que se llaman a sí mismo progresistas.

Quizás ahora se puedan entender algunas cosas aparentemente incomprensibles. Y espero que eso sirva de algo.