Cada 31 de enero se celebra a San Juan Bosco, sacerdote y fundador de la Congregación Salesiana y de otros grupos de la Familia Salesiana. En ese mismo día, pero de 1888, partió al cielo, tras haber entregado hasta el último aliento de su vida por los jóvenes. Él decía que “no hay jóvenes malos, hay jóvenes que no saben que pueden ser buenos y alguien tiene que decírselos”, reflejando su gran fe en ellos y su pasión por salvarlos y convertirlos en buenos cristianos y honrados ciudadanos. De hecho, el Papa San Juan Pablo II le calificó como “padre y maestro de la juventud”. Hoy viene bien recordar todo ello porque, a menudo, se critica a los jóvenes diciendo que van a su bola, no tienen valores; no respetan; hacen botellón; dedican demasiado tiempo a videojuegos y redes sociales… Sin embargo, sigue habiendo jóvenes que merecen la pena y lo hemos podido ver hace unos días entre los héroes de Adamuz, por ejemplo, a través de Julio y José.

Se trata de dos adolescentes de 16 años y amigos que no dudaron en ayudar a las víctimas del trágico accidente ferroviario en el citado pueblo cordobés, en el que han muerto 46 personas (el viernes se ha sumado el fallecimiento de una de las personas heridas que permanecía en la UCI desde el accidente) y 75 han resultado heridas de distinta consideración. Hoy 17 heridos aún están ingresados y de ellos, tres siguen en la UCI. Julio y José volvían de pescar con la madre del primero, cuando vieron policía y bomberos, decidieron seguirlos para ver qué estaba pasando y si podían ayudar. Al llegar al lugar de la “masacre”, como lo define Julio, “ahí había una desesperación de gente, unas voces y todo el mundo sin saber para donde ir”… y en ese momento, la Guardia Civil se percató de que no sólo había un tren accidentado, el Iryo, sino otro, el Alvia. Sin pensarlo dos veces, los dos amigos salieron corriendo hacia allí, “ahí nuestro cuerpo cogió un impulso de querer ayudar al máximo y no pensar en nada”, ha narrado Julio. Mientras iban, “nos dio a los dos por mirar a la derecha y nos encontramos pues con lo que a nadie le hubiese gustado ver, imágenes muy duras e impactantes”, pero siguieron corriendo hasta llegar al Alvia “porque había mucha gente que salvar”. Así lo hicieron, entre otros, con José Manuel, al que ayudaron a salir del tren y lo tranquilizaron, y mientras José lo vigilaba, Julio escuchó los gritos de Guillermo, un niño de 10 años años, a quien auxilió junto a la policía.

Antes de hablar más sobre estos dos héroes de Adamuz, cabe recordar a Don Bosco, que siempre creyó y confió en los jóvenes. Este santo nació en la región italiana del Piamonte, en el pequeño caserío de I Becchi, en una familia humilde dedicada al campo. A los 21 meses, murió su padre y su madre Margarita asumió las riendas de un hogar con cinco bocas que alimentar, al tiempo que le enseñó a confiar siempre en Dios y ayudar al necesitado. A los nueve años tuvo un sueño que marcaría toda su vida: un grupo de chiquillos se divertían y blasfemaban, él se abalanzó sobre ellos usando los puños para callarlos, pero se apareció un hombre noblemente vestido y le dijo “no con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos”, tarea que le parecía imposible y al aparecerse su Maestra, los chiquillos ya no estaban y en su lugar había animales. Ella le dijo: “He aquí tu campo, he aquí donde tienes que trabajar. Hazte humilde, fuerte, robusto; y cuanto veas lo que ocurre ahora con estos animales, lo deberás hacer tú con mis hijos”. Y entonces, los animales feroces dieron paso a mansos corderos.

“A su tiempo lo comprenderás todo”, le dijo la Virgen María al final de un sueño que no acababa de entender. Al contarlo a su familia a la mañana siguiente, su madre acertó: “Quien sabe si un día llegarás a ser sacerdote”. Y así pasó, pero el camino no fue fácil. Empezó alternando el trabajo en el campo, con el estudio y la oración; pasó un breve tiempo con don Calosso, su primer profesor de latín y padre espiritual, pero al morir este, caminaba 20 kilómetros diarios para seguir formándose, luego vivió en la casa de un sastre y músico, y también aprendió múltiples oficios para ganarse el pan, costear sus estudios y el seminario. En la época de seminarista, se reunía con jóvenes de Chieri y fundó la Sociedad de la Alegría, donde promovía la alegría cristiana con juegos, cantos, oración y ayuda mutua.

Una vez ordenado sacerdote en 1841, fue juntando a chavales en un oratorio festivo, primero itinerante y después establecido en el barrio de Valdocco en Turín. Allí acogió a muchos, les dio un hogar junto a su madre, les enseñó distintos oficios (origen de la actual Formación Profesional), les instruyó en la fe cristiana, estuvo a su lado e hizo que se sintieran queridos. Así, desarrolló su sistema preventivo, un método educativo basado en la cercanía, la racionalidad de las normas y la fe para formar íntegramente a los jóvenes. Y no sólo eso, con algunos de los primeros muchachos y la ayuda de colaboradores y del Papa Pío IX, creó una congregación a la que puso un nombre que recordara al santo que tanto le inspiró: San Francisco de Sales. Don Bosco fue un educador que se adelantó a los tiempos, que supo sembrar esperanza, fe y alegría en el corazón de los jóvenes, y hoy sigue inspirando a tantos a hacer lo mismo en los 135 países donde están presentes los salesianos.

En agosto de 2015 se celebró el bicentenario del nacimiento de Don Bosco y el entonces Rector Mayor de los salesianos, el español Ángel Fernández Artime, recordó que “tenemos la misión de ser Buena Noticia para los que vienen detrás” y “tenemos que hacer algo por los demás y decir algo en este mundo de hoy”. Una llamada a ser alternativa y “contraculturales”, porque defender valores y ser creyente merece la pena y ayuda a crecer como personas y a alcanzar la verdadera felicidad, la auténtica, esa que sólo viene de Dios. El pasado marzo, se eligió al maltés Fabio Attard como nuevo Rector Mayor y XI sucesor de Don Bosco, quien aclaró que los jóvenes sean “protagonistas no significa aparecer, sino servir y construir”, y subrayó que “educan a los adultos en la esperanza”. Y formando parte de un sueño ya bicentenario, continuar la misión de Don Bosco supone ser testigos y portadores del amor de Dios por los jóvenes, especialmente los más necesitados.

Cuadro que refleja el sueño de las dos columnas que tuvo San Juan Bosco

 

Volvamos a Julio y José, dos de los muchos héroes de Adamuz. Como desde el lugar del accidente y hasta el puesto de servicios sanitarios, “no podían acceder vehículos, esos 800 metros de ida y vuelta, los hicimos al menos seis veces y nunca nos parábamos a pensar si estábamos cansados. Solo queríamos llevar y traer gente lo más rápido que podíamos”, ha contado Julio. “Mi cuerpo se convirtió en otro y sólo pensaba en ayudar”, ha añadido. Y no sólo eso, tampoco dudaron en dar sus zapatos a las víctimas. “Intentamos sacar a la gente que podía moverse como pudimos hasta que luego llegaron todos los cuerpos de Policía, bomberos y ellos más profesionalmente se encargaron”, y cuando estos fueron asumiendo las tareas de rescate, Julio, su madre y su amigo José siguieron ayudando, dando apoyo a la gente, mentalizándoles de que estaban vivos y que “era un milagro”. 

Don Bosco tuvo muchos sueños a lo largo de su vida, aunque el primero fue el que determinó su vocación, y en uno de ellos se mostraba a la Iglesia como un gran barco atacado por muchos barcos enemigos, pero había dos columnas (la Eucarístia y la Virgen María) y al sujetarse en ambas, el mar se calmaba y cesaban los ataques, reflejando que la Iglesia se mantendrá firme si sigue unida a esas columnas. El santo italiano también decía que “la devoción a María Auxiliadora y la comunión frecuente salvarán a los jóvenes”. Y España, como bien dijo San Juan Pablo II es Tierra de María, algo que se ve especialmente en Huelva y así lo han recordado los onubenses. 

 Ante el trágico accidente ferroviario de Adamuz, la fe católica ha cobrado un gran protagonismo, gracias a Fidel, que no tuvo reparos en decir que su madre iba rezando el rosario y ya estaba gozando con “el Amor de su vida: Jesús de Nazaret”, pero también a los onubenses que respondieron al homenaje laico que quería hacer el Gobierno y a las víctimas de la tragedia que lograron que se suspendiera dicho funeral laico. En su lugar, se han dado múltiples funerales católicos y Moncloa no ha podido impedirlo, entre ellos: el celebrado en Adamuz en la mañana del pasado 25 de enero, donde Julio leyó el Salmo y que presidió el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, quien recordó que DIos estaba también en el lugar del accidente, aunque los sacerdotes no pudieron administrar los últimos sacramentos; y horas después, hubo otro en Málaga, presidido por el obispo de Málaga, monseñor José Antonio Satué.

A estos, días más tarde, se ha sumado el funeral celebrado en Huelva, con la presencia de los Reyes, familiares de las víctimas, así como autoridades civiles y eclesiásticas, que presidió el obispo de Huelva, monseñor Santiago Gómez, y concelebraron: monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid; monseñor José Vilaplana, obispo emérito de Huelva; y monseñor Jesús Fernández, obispo de Córdoba; junto a más de un centenar de sacerdotes diocesanos y de otras diócesis, entre ellos, el párroco de Adamuz, Rafael Prados. Sin duda, uno de los momentos más emotivos fue el discurso en representación de las víctimas que leyó Liliana Sáenz, hermana de Fidel, y que perdió a su madre en el trágico accidente ferroviario ocurrido el pasado 18 de enero. Pasen y lean; o vean el vídeo inferior; y recen también por todas las víctimas y sus familias, en especial por la pequeña Cristina, de 6 años, que perdió a sus padres, hermano y primo; y por los héroes que ayudaron en todo lo que pudieron, como Julio y José