Café con un presidente del IBEX. Me dice que a él le encantaría creer en Cristo, como a mí, pero que, como nadie le ha dado esa fe, se retira a sus cuarteles de invierno. También añade que con fe todo debe ser muy sencillo. De entrada, le aclaro que no, que la fe no es una varita mágica para solucionar los problemas de la vida. Además, si en la vida no afrontáramos problemas -desafíos, que diría el Gobierno- resultaría muy aburrida.
Pero lo primero me preocupa más, porque se trata de una idea en verdad muy extendida. La fe es un don de Dios, ciertamente pero Dios siempre concede la fe a quien se la pide. Muchos dicen que no y que como no tienen fe ¡tampoco tienen obligaciones y que toda condena resultaría injusta!
Pues no dicen eso el Evangelio ni el amigo Pablo de Tarso, que sentía una irrefrenable querencia a deshacer tal equívoco. A ver, chico, el archivo (San Juan 3, 18): "El que cree en Él no es juzgado, el que no cree en Él ya está juzgado porque no creyó en el Unigénito Hijo de Dios”. Es la conversación de Cristo con Nicodemo.
Y para que quede claro que es culpable de increencia, añade: "El juicio consiste en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que obra mal aborrece la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas".
Moraleja. El que no cree se condena, el que cree en Cristo se salva.
Segunda moraleja: el ateo sí es culpable de su falta de fe, porque sus malas obras son las que le impelen a huir de la luz... que no las hubiera perpetrado. No es Dios quien le impide creer, son sus malas obras.
¡Oh buen Jesús, dulce y bueno! Sí, todo eso es verdad, pero también es justo. El Dios misericordioso fue el mismo que echó a latigazos a los mercaderes que habían profanado el templo de su Padre.
Conclusión: El que quiere creer, cree y el que pide la fe, la obtiene. Por eso resulta justo que el que no tiene fe se condene. No la tiene porque no le ha dado la gana tenerla.
Y termino con la solución, la del incrédulo Tomás: "Señor mío y Dios mío". Le sirvió pero le costó una reprimenda: "Porque me has visto has creído, dichosos los que creen sin haber visto".










