Los fondos (de inversión. de deuda pública, de pensiones, de capital-riesgo), es decir, los que mandan en los mercados actualmente, para bien y para mal -generalmente para mal-, carecen de personalidad.
No entro ahora en su carácter especulativo o en que a veces desconozcan hasta qué es lo que produce la empresa donde pretenden invertir o han invertido, o que lo único que les preocupe de una empresa es su cotización, no sus clientes, ni su personal, ni sus proveedores. Digo algo más básico, más primario: digo que la inversión de los fondos, actuales reyes del mercado, son instituciones sin rostro y absolutamente opacas.
Un detalle, si dejamos a un lado a Larry Fink y a su BlackRock que el diablo confunda, ¿sabría usted algún otro nombre de los grandes gestores de grandes fondos, como seguramente saben los nombres de Juan Roig, Ana Botín o Ignacio Galán o Florentino Pérez? ¿A que no?
Pues resulta que esos fondos controlan, por ejemplo, todo el tejido empresarial y apenas tienen que rendir cuentas al propietario: son muchos dueños de a poco, partícipes de una institución de inversión colectiva a la que no pueden pedir cuentas, de la que resulta, incluso difícil marcharse a otro fondo. Además, los grandes fondos suelen ser fondos de fondos.
No estaría de más redactar cuanto antes una normativa para obligar a los fondos a ser más transparentes, ante el mercado y ante los medios de comunicación, que todavía existen y, por supuesto, ante sus propietarios, que son sus partícipes: millones de propietarios con muy poca participación en la propiedad, de eso se aprovechan los Larry Fink. A fin de cuentas, son empresas más poderosas que las multinacionales y no crean empleo: sólo crean dinero.
Nota al margen: y aún tienen la caradura de asegurar que no se entrometen en la gestión de las compañías participadas, ni en la gestión de las deudas soberanas, que su inversión es simplemente financiera. Efectivamente, no gestionan, sólo aúpan y derriban a empresarios y directivos.
No propongo prohibir los fondos, aunque afronto poderosas tentaciones al respeto, pero hay que obligarles a que sean más transparentes.
Posdata: encima son muy grandes, y todo lo grande es malo, ingobernable y abusón de lo pequeño.










