
Decía San Bernardo que el alma está más donde ama que donde anima. El corazón del hombre, aún antes que en su cuerpo, está allí donde está a quien ama o lo que ama. El amante sufre más por la amada que por sí mismo, y los buenos padres sufren los problemas de sus hijos más que si fueran propios.
Y esto viene a cuento de una de las frases favoritas del momento presente, donde se nos pide que abramos la mente. Chesterton aseguraba que "tener la mente abierta es como tener la boca abierta: un signo de estupidez. La mente, al igual que las mandíbulas, sólo se debe abrir para cerrarla de inmediato sobre algo consistente".
La mente abierta provoca resfriados intelectuales muy nocivos y dado que cuando hablamos de pensar, más hablamos de alma que de mente, debemos concluir lo del amigo Bernardo: que el alma vive donde ama y en lo que ama.
Así que, la actitud del hombre debe ser: mente cerrada y corazón abierto. Lo que no viene de ahí, del mal procede, mayor mal cuanto más oigamos alabar el estúpido tópico de la mente abierta. Señores: la mente cerrada y el alma coherente entre lo que se piensa y lo que se dice y entre lo que se dice y lo que se hace.
Mente cerrada a la coherencia y ante la frivolidad del cambio continuo de convicciones, corazón abierto a todos.









