Hoy, la madre, es un tema desgraciadamente controvertido porque, hasta antes del posmodernismo, no había suscitado dudas sobre su significado y, sobre todo, sobre su sentido trascendente para la persona, la sociedad y la cultura. No en vano, la palabra matrimonio hinca sus raíces en la palabra madre, porque hasta hace pocos años las palabras significaban lo que significaban, y no eran usadas para otras cosas hasta borrarlas del sentido pleno que poseían.

Así que sí, vamos a hablar de las madres, no de la mujer, porque la mujer como tal ha sido borrada por las políticas de género y el feminismo radical de cuarta ola, que ni ellas mismas son capaces de definir qué es una mujer. Bueno, sí, la mujer está catalogada como “persona gestante”; es decir, que para explicarlo han terminado cosificando a la mujer, en algo así como quien pregunta qué es una lavadora y responden que “es una máquina que lava”. No se atreven ni tan siquiera a valorarla desde el punto de vista biológico como la hembra del ser humano con capacidad de gestar hijos en la madurez natural de su sexo. ¡Claro, demasiado anti woke!

La mujer se ha convertido en un ser humano tan ambiguo que puede ser un hombre con chasis femenino o una persona que renuncia a la esencia más importante que la hace ser mujer: la de ser madre. De hecho, el feminismo y esa legislación ad hoc para el empoderamiento femenino, que la mujer tenga más derechos que el hombre, la han convertido en algo que, si no tuviera el atractivo sexual que hace que un hombre la mire, estaría totalmente marginada por ellos, porque la posmodernidad feminista ha hecho desaparecer el gran poder de la compañía afectiva y el complementarismo que hace que ambos sean más que dos.

Por eso, la madre es la representación de la mujer viva, capaz de engendrar en colaboración con el hombre; la que tiene la capacidad de traer al mundo un hijo que dará continuidad al amor que provocó precisamente esa nueva vida. La madre es el recipiente de lo afectivo, el camino en el que los hombres aprendemos a conocer la palabra amor. La madre es aquel espacio donde aprendemos a vivir desde y por el afecto. Quizá por esto, y mucho más, la madre tiene adquirido siempre el perdón de los hijos incluso antes de haberlos ofendido, a diferencia del padre, que se lo tiene que ganar día a día y al que los hijos, y la propia madre, le dan muy pocas segundas oportunidades.

Pero la madre, por el hecho de ser madre, no tiene impunidad ni se convierte en algo bueno automáticamente. Sabemos que hay madres que no son buenas madres y, en consecuencia, son malas mujeres, malas personas. Porque hay madres que rechazan a los hijos antes de nacer, con la falsa ilusión de que no son madres, y, como dice el viejo adagio, lo son: son madres de un hijo muerto. Hay madres que maltratan a los hijos, física y mentalmente. Hay madres que, en los divorcios, usan a los hijos para sus propios intereses y para hacer daño al padre de sus hijos. Hay madres que quieren tener un hijo sin la colaboración activa del varón, procurando desde el principio la orfandad de padre a su propio hijo, en un acto de egoísmo difícil de calificar. Hay madres que sitúan su vida profesional por encima de la vida que fueron capaces de dar, pero que aparcan acomodadamente porque la ambición personal está por encima de los hijos. Hay madres que malician a sus hijos contra sus padres, proyectando en ellos su propio odio. Hay madres, cuyo proteccionismo por los hijos los convierten en carne de cañon del futuro.

Sí, hay madres buenas y madres no tan buenas. Sin embargo, todas son madres frente a las mujeres que no quieren serlo ex profesamente, porque la sociedad les dice lo que deben hacer y actúan en consecuencia creyendo que son libres en su elección, aunque realmente lo que sucede, es que están más pendientes del qué dirán.

También hay mujeres que quieren ser madres, aunque la naturaleza no se lo permita, pero que su actitud hacia la vida las convierte en madres del mundo. Hay mujeres que, por una vocación específica, entregan la vida a Dios y/o a la sociedad, maternizando su dedicación a través de la oración o con sus generosas acciones hacia personas que no se valen por sí mismas o generando esperanza en países subdesarrollados. Esto, en definitiva, es ser madre: negarse a sí misma y abrazar a los que les rodean, sean hijos de la carne o del espíritu.

Madre solo hay una, y todos la tenemos. Fue nuestro principio de ser y en sus brazos aprendimos de lo sencillo a lo complicado, a amar y a perdonar, a luchar ante lo difícil y a saber esperar en el día de mañana, nos enseñaron con su presencia el sentido de servicio, generosidad y paciencia infinita. Ser madre es una oportunidad que se pierden muchas mujeres y otras que tuvieron hijos desaprovechan, pero que no resultaron ser madres en el sentido profundo de la palabra.

A las madres les digo: no dejéis de serlo, tengamos los años que tengamos los hijos.

El tiempo de las mujeres (Rialp) Janne Haaland. Un libro que habla desde la experiencia hacia la esperanza. La autora, madre de cuatro hijos y con una destacada trayectoria profesional, aboga por apreciar en lo que vale la maternidad, y ofrece propuestas de conciliación entre familia y trabajo. Un texto que se acerca a una realidad que lleva a la mujer madre a una especie en peligro de extinción.

La rebelión de los hombres buenos (Sekotia) María Calvo. Puede parecer fuera de sitio esta propuesta y, sin embargo, es precisamente el complemento perfecto para la mujer que es madre. ¿Por qué muchos hombres se sienten desorientados mientras algunas mujeres prescinden de ellos? Este ensayo analiza la crisis de la identidad masculina en un contexto cultural que la cuestiona. La autora examina sus causas —educativas, sociales y familiares— y propone recuperar referentes y complementariedad para una convivencia más equilibrada.

Eres la gran influencer de tus hijos (Toromitico) Adelaida Abruñedo. Una guía cercana, práctica y con carga emocional que invita a madres y padres a tomar conciencia del valor de su papel educativo, disfrutando cada etapa, de la infancia a la adolescencia. Ofrece herramientas para una crianza positiva y coherente, fomentando hijos seguros, conscientes y capaces. Propone al adulto convertirse en referente, sanar heridas propias y educar desde la presencia, la escucha y el equilibrio, con estrategias y reflexiones que ayudan a construir un estilo propio basado en valores sólidos.