Después del poeta Quevedo que contempla los «Muros de la patria mía» descubriendo en ellos el cansancio moral de una época, viene el dramaturgo Lope convirtiendo esa misma patria en escenario vivo. Como queja mordaz de una España gloriosa y muda a veces; Lope da la vida escenificando su historia y describiendo su antropología. Si Quevedo concentra en un soneto la oscuridad de una nación que se interroga a sí misma, Lope despliega sobre los corrales de comedias toda la complejidad de esa nación: sus reyes y labradores, soldados y damas, agravios y amores, sus conflictos morales y sus esperanzas. Acercarse hoy a Lope de Vega y al entorno de su mecenas, el duque de Sessa, es actual. Su teatro sigue interpelándonos porque plantea preguntas que continúan siendo esenciales: ¿qué ocurre cuando el poder abusa, qué dignidad conserva el hombre común frente a los poderosos, cómo puede mantenerse una comunidad unida en torno a una lengua y memoria compartidas, y qué sucede cuando una nación deja de reconocerse en su propia cultura? 

Lope pertenece a esa España que en cada generación, necesita volver a preguntarse quién es. Nacido en Madrid en 1562 y fallecido en la misma ciudad en 1635. Su vida atraviesa el corazón mismo de la España de los Austrias. Poeta, dramaturgo, soldado, secretario, sacerdote, hombre de mundo y de fe, al tiempo. Vivió rodeado de aplausos, deudas, amores, pérdidas y contradicciones. Escribió como quien respira o como quien combate contra el tiempo y la necesidad. Con Lope el teatro español dejó de ser entretenimiento disperso para convertirse en una vivencia nacional, popular y colorida. Lope comprendió que el teatro debía hablar a los vivos. Ahí reside una de sus mayores audacias. Mezcló lo trágico y lo cómico, lo noble con lo popular, lo histórico con lo cotidiano. Rompió rigideces heredadas del clasicismo al entender que no hay una estética consagrada.

Lope captó que el teatro era plaza pública, conversación nacional, emoción compartida y espejo de la sociedad. Hoy día, un plató televisivo. En una España todavía imperial, aunque ya consciente de sus tensiones internas, el dramaturgo dio forma artística a lo que millones de españoles podían comprender y sentir. Los corrales de comedias fueron en cierto modo, una temprana plaza pública de la imaginación española como también su propio espejo. Allí coincidían nobles, artesanos, estudiantes, comerciantes, soldados y mujeres de muy diversa condición. La España de Lope, dividida por jerarquías sociales, poseía un espacio simbólico común. Durante horas, todos compartían los mismos versos, personajes y emociones. Ese detalle tiene hoy una importancia enorme. Vivimos en una sociedad fragmentada por discursos incompatibles, por trincheras ideológicas y por una creciente pobreza del lenguaje público. Cada grupo parece encerrado en su propio vocabulario, en sus propias consignas y en sus propios resentimientos. Frente a ello, el teatro de Lope recuerda que una nación necesita espacios comunes donde reconocerse a sí misma. Por eso Lope fue amado con una intensidad difícil de imaginar hoy. Sus personajes no pertenecían únicamente a las bibliotecas. Eran reconocibles para el pueblo porque representaban preocupaciones reales: el honor, la justicia, el abuso del poder, el amor, la lealtad, la dignidad o la traición. España se veía reflejada en ellos como comunidad humana. Supo elevar la experiencia cotidiana hasta convertirla en materia literaria sin perder su cercanía popular. También el propio Lope fue figura profundamente humana. Detrás del «Fénix de los Ingenios» había un hombre necesitado de protección, dependiente muchas veces del favor aristocrático y obligado a navegar las complejidades de la corte. Y aquí aparece una figura esencial: el duque de Sessa.

Su teatro sigue interpelándonos porque plantea preguntas que continúan siendo esenciales: ¿qué ocurre cuando el poder abusa, qué dignidad conserva el hombre común frente a los poderosos, cómo puede mantenerse una comunidad unida en torno a una lengua y memoria compartidas, y qué sucede cuando una nación deja de reconocerse en su propia cultura?

Luis Fernández de Córdoba, duque de Sessa, fue mecenas, corresponsal y apoyo decisivo en la complicada vida cortesana del dramaturgo. La abundante correspondencia entre ambos permite descubrir al Lope privado: el hombre que pide ayuda, informa, aconseja, se lamenta y que busca mantenerse dentro de un sistema de patronazgo imprescindible en aquella época. Esa relación revela algo importante sobre el Siglo de Oro español. El genio no vivía aislado en una torre de inspiración. Los escritores dependían de protectores, licencias, compañías teatrales y públicos. La literatura no estaba separada de la sociedad; formaba parte de ella. Esa relación fue también un espejo del tiempo. El gran escritor del pueblo vivía, igualmente, pendiente de los códigos de la nobleza.

Lope fue inmenso porque supo transformar todo ese mundo en teatro. Escribió desde las entrañas de la propia España. Su obra conserva todavía mucha energía. Se entiende con claridad en Fuenteovejuna, — una sociedad civil en reacción frente al abuso del poder—. La obra no es una simple exaltación de rebeldía, es también reflexión sobre el abuso del poder y la dignidad colectiva. La famosa respuesta —«Fuenteovejuna lo hizo»— ha sobrevivido durante siglos porque condensa una idea moral profunda: cuando la autoridad se convierte en atropello, la comunidad herida reacciona para defender su honra. Lope comprende que la autoridad solo puede sostenerse moralmente cuando se ejerce con justicia. Esa intuición sigue teniendo vigencia hoy. Las sociedades no se descomponen únicamente cuando falta autoridad, también cuando quienes deben custodiarla la degradan para beneficio propio.

Algo semejante sucede en «Peribáñez y el Comendador de Ocaña». De nuevo aparece el conflicto entre el hombre humilde y el poderoso que pretende abusar de su posición. España no aparece únicamente como corte y palacio. También es villa, campo, casa, familia y comunidad. El teatro de Lope recoge una nación completa y no solamente a sus élites.

Lope pertenece a esa España que en cada generación, necesita volver a preguntarse quién es

Y junto a esas obras graves, el ingenio elegante de El perro del hortelano. Allí explora con ironía los celos, el deseo y las contradicciones humanas. Diana, la condesa protagonista, no quiere amar libremente a Teodoro, pero tampoco permite que otra mujer lo haga. Bajo el tono ligero de la comedia aparece una observación muy aguda de las pasiones humanas y de las barreras sociales. Su obra parece un gran continente literario donde conviven todas las voces de la España barroca.

También el Madrid que le tocó vivir ayuda a comprenderlo. La capital de los Austrias era una ciudad de conventos, soldados, escritores, nobles endeudados, pícaros, clérigos y funcionarios. Todo convivía en un ambiente de enorme intensidad social y cultural. Lope vivió inmerso en ese hervidero humano y su propia biografía parece a veces prolongación de sus comedias. Tuvo amores apasionados, matrimonios, hijos, crisis espirituales y pérdidas dolorosas. Su ordenación sacerdotal no eliminó sus contradicciones humanas, sino que las hizo más visibles. Hombre de fe sincera, pero también de debilidades profundas.

Quizá la obra del Barroco suponga una de las grandes lecciones para la España actual. Una manera de reconocerse colectivamente. Teatro, poesía y lengua formaban parte de la respiración cotidiana de la sociedad. Hoy, demasiadas veces, la cultura se reduce a consumo rápido, entretenimiento pasajero o propaganda ideológica. Se la separa de la vida común y se la convierte en producto efímero. Lope recuerda otra idea mucho más profunda: que una gran cultura nacional nace cuando pueblo, lengua y memoria se encuentran y comparten un mismo espacio.

El teatro de Lope recuerda que una nación necesita espacios comunes donde reconocerse a sí misma. Por eso Lope fue amado con una intensidad difícil de imaginar hoy

También es una lección de confianza en el idioma español. Su teatro demuestra que nuestra lengua podía servir para la pasión amorosa, la intriga política, la reflexión moral y la más alta poesía. En tiempos de empobrecimiento verbal, enfrentamientos lingüísticos, frases prefabricadas y consignas rápidas, Lope recuerda además de ser un instrumento de comunicación, es también una patria espiritual. Cuando una nación degrada su idioma, termina degradando su capacidad de pensar y de reconocerse. Lope demuestra que una nación se expresa en sus leyes y en sus batallas, como en la forma en que convierte sus pasiones, conflictos y esperanzas.

Si Quevedo contempla los muros; Lope levanta teatros. Uno concentra el dolor; el otro multiplica las voces. Ambos son necesarios para comprender el Siglo de Oro y quizá también nuestra propia crisis contemporánea. Hemos olvidado a nuestros clásicos y con ello nuestra capacidad de entendernos entre nosotros mismos. Lope de Vega fue un volcán literario y prueba de que España, cuando cree en su lengua, en su imaginación y en su cultura común, es capaz de convertir sus conflictos en arte y su vida colectiva en memoria perdurable.