Lógicamente, lo primero que hicimos mi mujer y yo cuando nos enteramos del trágico suceso en Adamuz fue rezar un responso por las víctimas y sus familiares, al igual que tantos españoles. Y luego, lógicamente también, pasamos a informarnos bien de lo que había pasado, preocupados por las personas y musitando breves exclamaciones de pesar, al hilo del conocimiento de más tristes nuevas.

Al día siguiente, y al otro, y al otro, hasta hoy, he podido seguir y analizar la información sobre el suceso, predominantemente a través de los diversos medios que estaban tratando más el tema. Y las conclusiones son muy tristes. Aunque el buen periodismo no ha muerto del todo, pues sobrevive en medios pequeños independientes, sí que está herido de muerte en la mayoría de los grandes medios, como hace unos años diagnosticara Rafael Nieto en el libro Autopsia del Periodismo.

En un artículo breve no cabe que les cuente los muchos hábitos desinformativos y manipuladores que he ido observando con tristeza durante esta semana. Pero sí creo conveniente comentarles algunas de mis reflexiones.

La primera es que la preocupación por las personas y su bien, lo que podríamos llamar el “criterio de humanidad”, ha sido preterido, arrinconado. Y con él, el criterio ético de buscar la verdad, aunque duela, independientemente de a quien beneficie o perjudique. Pues el “criterio político” ha prevalecido sobre todos. Cabe afirmar que el “tutto e política” de Gramsci se ha enseñoreado de la información de diversas maneras, también en la antigua derecha.

Lo que podríamos llamar el “criterio de humanidad”, ha sido preterido, arrinconado. Y con él, el criterio ético de buscar la verdad, aunque duela, independientemente de a quien beneficie o perjudique. El “criterio político” ha prevalecido sobre todos

Es muy habitual y triste ver en los medios afines al poder a tantos periodistas esforzándose por hacerle el juego a los políticos sin escrúpulos que han intentado por todos los medios aprovechar la tragedia para sus fines electorales. Por ejemplo, el hecho de priorizar unas imágenes y discursos (vacuos, tópicos, falsos o farisaicos la mayoría), según el tinte político del medio, ha sido habitual y constante. Ha importado más “sacar la foto” de tal o cual político afín que interesarse por las personas desaparecidas o por la evolución de los heridos. Por ejemplo, el protagonismo que cogió María Jesús Montero, vicepresidenta primera y ministra de Hacienda...

Pero más triste aún es la falta de sentido trascendente de la inmensa mayoría de los comentarios. Por ejemplo, en una televisión de derechas, cuyo programa monográfico sobre el accidente vi durante tres horas seguidas, no escuché de algún tertuliano o de algún presentador algo así como “recemos por esas víctimas” o “Dios las tenga en su Gloria”.

También da mucha pena el silenciamiento en algunos medios de aquellos testimonios de heridos y familiares, y de las pocas personalidades importantes que sí han manifestado su creencia en Dios de diversas maneras. O de la omisión mediática casi generalizada de la labor de los sacerdotes de la zona en el consuelo de los familiares.

Ante esas carencias informativas observadas, cabría pensar que hay un alto porcentaje de periodistas ateos; o que el porcentaje es mucho menor y hay más creyentes de lo que parece, pero les da vergüenza manifestar su fe públicamente; o que sea una prohibición expresa del medio hacer cualquier tipo de referencia trascendente o sobrenatural y no tengan redaños para defender su libertad.

Como no tengo la respuesta y, además, ha habido excelentes excepciones a esas reglas desinformativas por parte de diversos periodistas en distintos medios, pienso que es oportuno, para que nos alegremos y para animar a otros a seguir el ejemplo, dar cuenta de algunas de ellas, es decir, de algunas informaciones silenciadas por los grandes medios, o comentarios con sentido trascendente en otros medios distintos al nuestro.

Así, entre varios ejemplos más de la ruptura del cerco de silencio, La Voz de Córdoba hizo una excelente entrevista-reportaje sobre la labor de varios sacerdotes de la zona y sobre el esfuerzo del Obispado de esa capital andaluza en la atención pastoral de los heridos y familiares.

Y, entre varios ejemplos más de comentarios con sentido trascendente, cabe citar el de Jaume Vives en El Debate del jueves 22. El artículo de Vives se titula Ni el día ni la hora, y en él, tras criticar algunos otros hábitos manipuladores de lo que denomina la prensa carroñera, escribe que “estos acontecimientos deberían hacernos reflexionar y preguntarnos: ¿Qué habría ocurrido si yo hubiera viajado en ese tren? ¿Estoy preparado para la muerte? ¿Cómo he vivido hasta ahora? ¿Moriría reconciliado con la familia? Y lo más importante ¿Con Dios?

Aquí es donde nos lo jugamos todo. La diferencia entre morir preparados o no, tiene consecuencias eternas. Es perentorio. No hay cuestión más urgente en nuestra vida, nada más importante (…). ¡Ojalá todos los fallecidos estuvieran preparados! A nosotros nos toca rezar y pedir por ellos, para que esas consecuencias eternas sean buenas”.

En el mismo diario y en el mismo día, hay un artículo de Luis Ventoso que se titula 9 segundos y que trasciende el hecho del accidente en sí para incidir en el hecho de la fugacidad de la vida y en que esta no acaba con la muerte física sino, en el caso mejor y deseable, en el abrazo de Dios.

El buen periodismo tiene que trascender siempre el hecho en sí y unir lo acontecido con su significado prístino

Tales artículos, además de adelantarse a lo que yo iba a escribir, me han llenado de gozo. Porque el buen periodismo tiene que trascender siempre el hecho en sí y unir lo acontecido con su significado prístino. Como escribió un buen amigo y uno de los primeros biógrafos de Chesterton, un tal W.R. Titterton: “El periodismo consiste en desarrollar la verdad eterna a partir de lo que ha ocurrido ayer”.

Titterton fue un periodista católico converso, gracias a Dios y a Chesterton. Lo cual me lleva a pedirles que, además de rezar por las víctimas y familiares del accidente de Adamuz, lo hagan también para que haya más periodistas católicos que sean coherentes con su fe. Y así, dentro de poco, no pareceremos tan pocos. Y, como consecuencia, la verdad que es bueno conocer será más conocida por más personas.