Un funeral es un privilegio que yo siempre otorgo a mis peores enemigos. A la vicepresidenta segunda del Gobierno, la comunista Yolanda Díaz, no hay quien la aguante, recuerda aquella frase bíblica de "vanidad de vanidades y todo es vanidad". El profeta pensó también lo de "vanidad de vanidades, puta vanidad". No lo dijo, porque era profeta, pero estoy seguro que lo pensó.
Porque Yolandísima es pura vanidad, que acaba resultando insoportable, no ya para sus adversarios sino también para sus próximos: la malvada definición de Isabel Díaz Ayuso va bien enfocada: vacía los partidos donde está y luego se traslada a otro.
Pero lo importante es lo otro: no se puede abordar ningún asunto con una vanidad de proporciones siderales como la de doña Yolanda. Sencillamente, no admite diálogo porque para ella no hay diálogo: quien se oponga a Yolanda no es sólo que está equivocado sino que opera con mala intención.
Y así, Yolanda es "la mejor ministra de Trabajo de la historia"... con España como la campeona del paro en toda la Unión Europea y en toda la OCDE.
Pero así se despide a los rendidos en la izquierda: con un monumental aplauso. Entre la vanidad y el sectarismo, la izquierda española se ha convertido en una bola de hipocresía, que cada día aumenta de volumen.
Vanidad de vanidades y todo es vanidad.
Yoli, bonita, un poquito, no de humildad, sólo de modestia.










