Este año en que el inicio de la Cuaresma ha coincidido con el del Ramadán, en la Católica España (todavía somos amplia mayoría, aunque no sé por cuánto tiempo) se ha hablado mucho más en los medios de comunicación de la celebración musulmana que de la nuestra. Y no sólo en los denominados “progresistas”, que, como he escrito en anteriores ocasiones, en realidad son todo lo contrario. Y es que, el progresismo no es otra cosa que “el regreso a la barbarie y a la irracionalidad con tecnología punta”, definición que recoge, como uno de sus aspectos, la de “abajo los curas y arriba las faldas” del querido Director de Hispanidad.
En efecto, nuestros medios se han hecho mucho más eco de la felicitación del ínclito Bolaños a la comunidad musulmana por su celebración, o de cómo vive el Ramadán el jugador de fútbol Lamine Yamal, que del mensaje del Papa León XIV con motivo de la Cuaresma.
Por supuesto, Hispanidad.com fue una de las excepciones y ya Eulogio López se encargó en su momento de hacer una breve síntesis comentada de ese mensaje claro y pertinente.
En él se destaca, lógicamente, la necesidad del arrepentimiento. Y yo me preguntaba que cuántos entenderían eso hoy día en el caso de que leyeran el mensaje o al menos el artículo de Eulogio López. Pues el arrepentimiento es algo que mediáticamente se desechó en los años 80, cuando se solía preguntar a los famosos a los que se entrevistaba si se arrepentían de algo y estos contestaban indubitablemente que “de nada”. Y una vez que se había machacado esa idea, la palabra arrepentimiento se echó al baúl de los recuerdos, de modo que hoy día prácticamente ha desaparecido del vocabulario tanto escrito como hablado. Y, por supuesto, ha desaparecido de las actitudes de los poderosos, a los que ya los periodistas no le preguntan si se arrepienten de cualquier acción u omisión dolosa, aunque éticamente sea gravísima, sino que se les requiere su “responsabilidad política”.
Naturalmente, esto tiene su génesis y su explicación. Pero no tengo tiempo ni espacio para recordarles el daño que el periodismo objetivista ha hecho durante dos siglos, al obviar los juicios morales sobre las acciones humanas, al que ya se refirió Chesterton en varios artículos sobre el Periodismo y es una de las críticas nucleares que hago en algunos de mis libros y artículos.
Aunque sí cabe que recordemos, siquiera sea enunciativamente, a Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”; a Gramsci con su “tutto é política”; a Pablo VI cuando, con gran tristeza y amargura, proclamó que se había perdido el sentido del pecado; a Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, al denunciar la dictadura del relativismo…
Desde esa denuncia hasta hoy, ese relativismo y el subjetivismo y el emotivismo que llevan parejo el rechazo a la ley moral natural y al Creador, han progresado de tal manera que se ha llegado a la era de la blasfemia contra el Espíritu Santo. La que consiste en convertir lo que siempre y de modo natural ha sido concebido con verdad como bueno, en malo, y lo que la ley natural dictamina para cualquier conciencia recta como malo, en bueno. Un ejemplo claro, aunque no el único, es el de concebir el aborto como un derecho (¡y encima, como acabamos de sufrir estos días, se pretende hacerlo constitucional!), y el rezar para que no se cometa un asesinato que elimina una vida inocente y que ennegrece el alma de quienes lo cometen, en un delito.
La palabra arrepentimiento se echó al baúl de los recuerdos, de modo que hoy día prácticamente ha desaparecido del vocabulario tanto escrito como hablado
Ante tamaña situación, propia de lo que se denominan “los últimos tiempos”, que no del fin del mundo, cabría recordar que el infierno existe y que la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada ni en esta vida ni en la otra; que también existe el Cielo, una inenarrable felicidad que premia la fidelidad a la verdad, que es Cristo; que, como escribió Jorge Manrique, “este mundo es el camino/ para el otro que es morada/ sin pesar…; y que el arrepentimiento es la llave que abre las puertas de la misericordia divina.
Estoy seguro de que los lectores de Hispanidad.com no están metidos de hoz y coz en el ámbito mefistofélico que gobierna nuestra nación, pero, como todos, estamos influenciados por las tentaciones del diablo, que precisamente hemos recordado en días pasados en la Liturgia. Y la más fastidiosa es precisamente la de la soberbia que nos dice, por un lado, que, como nosotros no abortamos ni cometemos los otros actos aberrantes que vemos en la política; y vamos a Misa; y damos limosna; y practicamos el ayuno y la abstinencia los días prescritos; etc., no necesitamos arrepentirnos de nada… Y, por otro, hace que siempre encontremos una excusa apropiada para no reconocer nuestra debilidad y echarle el mochuelo a otras causas.
Ese relativismo y el subjetivismo y el emotivismo que llevan parejo el rechazo a la ley moral natural y al Creador, han progresado de tal manera que se ha llegado a la era de la blasfemia contra el Espíritu Santo
Y en esa tentación, por lo que se ve, han caído muchas almas nobles y buenas. De ahí que la manifestación de la virtud de la humildad que más se necesita recuperar es el arrepentimiento. Que comienza con volver a considerar el sentido del pecado; con saber que “humanum errare est” o que, como dice la Sagrada Escritura, “el justo peca siete veces al día y otras tantas se levanta”; con tener la actitud de saber reconocer nuestros errores, faltas y pecados… Y que acaba felizmente en la confesión sacramental.
Cuando el entero pueblo español era cristiano en todas sus manifestaciones, (lo cual tuvo su culmen en el denominado Siglo de Oro, que en realidad fueron dos siglos y pico) y aún faltaba algún tiempo para que llegasen las bárbaras hordas del progresismo a estropearlo todo, el arrepentimiento era un lugar común de la literatura, junto con las demás realidades de la cosmovisión cristiana de la vida. No hay más que leer El Quijote o El Condenado por desconfiado para comprobar la verdad de este aserto…
A mi entender, lo más granado de toda esa maravillosa época sobre el arrepentimiento son dos preciosos poemas. Uno de Lope de Vega y otro de Francisco de Quevedo. El de Lope, es el tercero de los Cuatro Soliloquios, que compuso arrodillado delante de un crucifijo. El de Quevedo es uno de los que se encuentra en Lágrimas de un penitente y cuyas últimas estrofas rezan así:
Ya de error pasado me arrepiento,/ pues cuando llegue al puerto con bonanza,/ de cuanta gloria y bienaventuranza/ el mundo pudo darme y todo es viento.
Corrido estoy de los pasados años, / que reducir pudiera a mejor uso/ buscando paz, y no siguiendo engaños.
Y así mi Dios a Ti vuelvo confuso/ cierto que has de librarme de estos daños,/ pues conozco mi culpa y no la excuso.











