
Uno de los primeros libros que leí se titulaba: Cuando los jueces se equivocan. Sonoros fiascos de sus señorías a lo largo de la historia que cobran hoy y ahora, una relevancia histórica de lo más necesaria.
Me he acordado de esta lectura de juventud al escuchar como Susanna Griso, en entrevista con el diario El Mundo, confiesa: “Si se confirma todo, Zapatero sería una de las grandes decepciones de mi vida”.
A mí, sin embargo, ZP nunca me decepcionará porque nunca jamás me ilusionó. Pero no es el caso de doña Susanna. Además, no voy por ahí: voy porque la periodista de Atresmedia fía su juicio al juicio de los jueces, una realidad tremenda de la sociedad actual: donde nada puede aceptarse como cierto, salvo que un magistrado lo dictamine.
Sus señorías también se equivocan y no se atienen a la verdad, sino sólo a la ley... que también puede ser injusta
Una barbaridad porque los jueces no son los depositarios de la verdad. Nuestra propia conciencia y nuestra propia razón deben ser nuestra guía primordial para llegar a la verdad. No sus señorías, que también se equivocan y que no se atienen a la verdad, sino sólo a la ley... que también puede ser injusta.
Y para quien crea que la verdad no existe o es inalcanzable: ¿por qué habría de creer que la tiene un señor por el hecho de que haya aprobado una oposición y tenga toga? Y esto vale para los hechos y para los principios.









