Volvemos otra vez a la imagen de la viña que representa no solo a la Iglesia sino del mundo que Dios ha creado y en el que todos y cada uno de nosotros está llamado a trabajar, en la que nadie sobra y a la que Dios continuamente nos está llamando ya sea en la hora prima o en la hora nona.

La llamada del Señor al trabajo para su Reino puede aparecer en cualquier momento o edad, lo importante no es ocupar un primer puesto sino responder con fidelidad a esa llamada. Dios, nos enseña Jesús, no actúa movido por la comparación, pues para El todos somos iguales, todos recibieron la misma paga, sino por la bondad. La comparación mata la alegría y la gratitud. No es posible estar alegre si uno se está comparando constantemente con los demás y mirando lo que te falta y olvidando todo lo que tienes y gratuitamente has recibido.

Si todos somos llamados, tenemos que aceptar con alegría el don que recibimos con esa llamada, rechazando cualquier sentimiento de envidia que pueda existir con respecto a los demás. El Señor es libre para hacer lo que quiera en sus asuntos y los caminos de su misericordia son insondables, sabiendo que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28,20) y que no quiere que nadie perezca sino que todos se salven ( 2 Pedro 3,9).