"Hemos renunciado a una religión que nos mandaba a hacer ayuno el Viernes Santo, no fundemos una religión que nos esfuerce hacer, de ese mismo día, un día de carnaval"... dijo Charles Peguy.

Juan Manuel de Prada hace un estudio sobre Peguy, reproducido en esa joyita llamada Magnificat. Asegura que el francés era un hombre bueno. Quizás por ello, empezó de socialista y luego comprendió que aquello era un engaño que pretendía hacer carnaval los viernes. 

Abogó por la diosa Razón pero como poseía la gran virtud de la humildad, enseguida se dio cuenta de que la razón no era mala, qué va, pero no era diosa.

Y entonces, tras despotricar de la religión católica durante años se convirtió al catolicismo aunque vivió sin sacramentos para no darle un disgusto a los suyos, sobre todo a su mujer, ateaza convencida. 

Peguy era demasiado inteligente, y demasiado buena persona como para no caer en la vesania de odiar a Dios: se conformó con no creer en Él hasta que no le quedó otro remedio que exclamar ¡Venciste Galileo!

Vuelvo a insistir en que las palabras de Cristo, aquello de "el que crea se salvará y el que no crea se condenará", no han pasado de moda. No hay injusticia en ellas, porque quien quiere creer cree, y el que no cree es porque no quiere creer y acaba en la religión del viernes de carnaval. 

Al fondo, otra verdad olvidada: a Cristo, o se le ama o se le odia, nadie queda indiferente.