León XIV ha vuelto a Roma y las cosas han vuelto dónde estaban: el rescoldo cristiano de España ha sido removido por el soplo del viajero, pero en cuanto el Papa ha dejado de soplar estamos en las mismas: los católicos españoles hemos vuelto a la apestosa normalidad. 

Y lo malo es que no se trata de los católicos españoles. Más bien es todo el orbe cristiano, también entre practicantes que vivimos una doble vida: la de la subsistencia material y la de la misa de doce... si es que seguimos yendo los domingos a misa, que cada vez hay menos eucaristías y los confesionarios crian telarañas. 

El ambiente general recuerda aquello de cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?

Ahora bien, la mejor imagen de la Iglesia española -pero me temo que sea algo similar lo que ocurre en toda Europa- es la de que, a la misa dominical cada día asiste menos gente, pero a la eucaristía diaria acuden más. Sí, ya sé que la proporción puede ser de 1 a 10 pero que crezca el mínimo, aunque decrezca el máximo, algo tiene que significar. 

En todo caso, el diagrama de la vida del católico sigue siendo el mismo que era hace 100 años y hace 1.000: de derrota en derrota hasta la victoria final. Y sí: la victoria final es para Cristo y para aquellos que confían en Él.

Y lo que ocurre con el individuo ocurre con la sociedad: hay dos victorias, que experimentarán tanto el individuo como el colectivo: la del juicio individual y la del final de la historia, que podría estar próximo. 

Que no nos inunde ni la nostalgia ni la obsesión con el futuro, imposible de predecir porque no deja de ser un niño en las rodillas de los dioses. Mejor vivir en presente y con la oreja pegada al corazón de Cristo.