Es peligroso el ministro francés de Interior, español de origen, Monsieur Valls (en la imagen). Un laicista peligroso, es decir, un firme odiador de todo lo que suene a cristiano.

Ahora la derecha le aplaude porque se dedica a expulsar gitanos de Francia. Y ha conseguido una gran popularidad. Sinceramente, Valls está yendo a lo fácil. Se atreve con los gitanos pero no con los musulmanes, que son los que peor se integran y los que van copando cuotas de poder con un credo que violenta los derechos humanos.

¿Por qué el feminismo no clama contra los musulmanes Por lo mismo que Valls: su odio a lo suyo, a lo cristiano, es superior a su aversión a un credo que margina y menosprecia a la mujer. 

Dicho esto, los principios cristianos sobre la emigración están claros. La doctrina general es la de las fronteras abiertas a todos los que buscan una vida mejor o huyen de la tiranía o de la violencia.

Y eso considerando que la migración es mala. Emigra el que no puede quedarse en su país de origen, no el que quiere. Al hacerlo, está devaluando su propio país, que se queda sin ese talento humano. Por tanto, la política migratoria cristiana implica acoger al que viene y hacer todo lo posible porque no venga. Ayudando a los países en su propio origen y no subvencionando los productos occidentales hasta asfixiar a los productos del tercer Mundo.

Y sí, al emigrante que llega hay que obligarle a respetar las condiciones de vida y las costumbres del país que le acoge. Y si se niega, se le expulsa con gran paz

Pero esto no tiene nada que ver con la política migratoria del señor Valls, que se queda con la última.

Eulogio López

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