Sr. Director:
El mundo de la publicidad nos transmite una visión de las cosas con una amabilidad y una sonrisa que el hombre se ha ido acostumbrando a que lo normal es la satisfacción de sus necesidades.

La cultura actual, que se deja engañar muchas veces por las imágenes, favorece la fantasía y va deformando la realidad presentándola incómoda y fastidiosa. Nos hemos acostumbrado a lo fácil: exigimos más y soportamos menos. Quizá eso explique algunas manifestaciones de violencia física y moral que con demasiada frecuencia soportamos.

El hombre de la sociedad de bienestar se siente descontento de todo y es insaciable en sus apetencias y esa misma inmadurez le hace sumamente frágil ante las dificultades: cualquier contrariedad le desequilibra, cualquier obligación o renuncia le parece una montaña insuperable. Ignora tal vez que la voluntad se demuestra cuando hay que exigirse ante las dificultades de la vida, pero se atrofia cuando todo son comodidades.

Y esto es así  porque ya desde la infancia predomina una pedagogía de los sentimientos y no se hace referencia alguna a la formación de la voluntad. Palabras tan elementales como disciplina, virtud o deber han desaparecido del vocabulario pedagógico moderno y en su lugar se usan expresiones como estímulo, motivación, realización u otras similares.

Y ahí empieza el error de los modernos formadores. Pretenden formar sentimientos, no formar voluntades. Con este sistema no cabe duda que se está influyendo en la configuración de personalidades débiles; no se favorece el ejercicio de la razón y de la voluntad, es el reino de las sensaciones el que nos arrastra a todos en su dinámica. (Podemos recordar la letra y musiquilla en la tele: Déjate llevar de las sensaciones). Influidos también por la cultura de la imagen, no es de extrañar que los ideales de superación hayan sido sustituidos por los deseos de las cosas.

Estamos en el engaño cuando pensamos que somos libres o independientes porque hacemos lo que queremos. La realidad es que disminuimos la capacidad reflexiva al imitar lo que se lleva o lo que se hace, sin saber si está o no de acuerdo con unos objetivos nobles. Una persona sin voluntad será siempre esclava  de las circunstancias.

Resulta interesante la opinión del psiquiatra británico Clifford Yorke que sostiene que la sociedad actual, al incitar a la satisfacción inmediata de sus deseos, promueve el infantilismo.

Su experiencia le ha llevado a detectar que esta regresión a la infancia se debe a que en vez de educarnos para que maduremos como adultos capaces de dominar sus impulsos infantiles hacia el placer y la satisfacción a toda costa, se nos anima a permanecer en el estado de infancia psicológica, a no soportar las dificultades, a huir del esfuerzo.

Todo esto llega a desembocar en una negación de la realidad que si es comprensible en un niño de tres años, no lo es al practicarse masivamente por adultos ¿infantilizados? que eluden buscar soluciones correctas, ahorrándose así el esfuerzo de hacer intervenir la creatividad individual, o también, cuando se eligen otros estilos de vida que pretenden ser válidos y están ordenados por la ley del gusto que no siempre coincide con la madurez reflexiva -propia de los adultos- y responde, en buena parte, con la fantasía -propio de los niños-. Rara vez el sentimiento pone orden en nuestro interior y en nuestro comportamiento.

La fascinación por lo fácil y el éxito a cualquier precio son manifestaciones de una prisa que se ha quedado sin domesticar.

Pepita Taboada Jaén

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