Con todo respeto, menuda soba le da el teólogo Juan Pérez Soba (en la imagen) al cardenal Kasper, el prelado que en el consistorio casi entreabrió la puerta a impartir la comunión a los divorciados y vueltos a casar.

Les recomiendo que lean el contenido -no muy largo y asaz enjundioso-, artículo del que me basta con trascribir una sola idea: que no conviene confundir la misericordia con la tolerancia. Como periodista, ajeno a las profundidades teológicas, nunca me ha gustado la palabra tolerancia. Las personas a las que toleramos son las personas a las que despreciamos.

Las toleramos porque no tenemos otro remedio, aunque a veces desearíamos romperles la crisma. La tolerancia no es sino el primer peldaño de la escalera que ascienda hacia el respeto y, finalmente, al amor, del que mana la misericordia. Si lo prefieren de otra forma, los padres son muy poco tolerantes cuando educan a sus hijos. Y si lo son, así saldrá el hijo.
Y si lo prefieren con un ejemplo, les recordaré lo que le ocurrió a un sacerdote del extrarradio madrileño. Se le acercó una mujer que vivía con un divorciado para pedirle permiso para acudir a los sacramentos. El párroco le explicó que no era posible y por qué no era posible. La mujer se marcho enfadada pero al día siguiente volvió para agradecerle su negativa y para disculparse de la siguiente guisa: "Es que habéis rebajado tanto el nivel que los propios fieles no os tomábamos en serio".
Y así, tras recordarle al cardenal Kasper lo que él mismo decía tiempo atrás y que ahora contradice, Pérez Soba le recuerda que no conviene confundir misericordia con tolerancia. Entre otras cosas porque "el Dios que hace alianza con su pueblo para perdonarles todo el pecado de idolatría no tolera ningún ídolo". Y también porque hay ocasiones en que "negar la misericordia es el único modo de defenderla de su adulteración".
Una soba de Soba a Kasper, con todo respeto y extraordinaria clarividencia.
Eulogio López
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