
Francia tramita en estos momentos una ley de eutanasia. El pasado 25 de febrero ya fue aprobada por la Asamblea Nacional, en segunda lectura.
Y durante estos días, del 11 al 13 de mayo, ha pasado por el Senado, donde ha sido rechazada por segunda vez con 151 votos en contra y 118 a favor.
Por el contrario, el Senado francés ha aprobado (por 325 votos contra 18) una proposición de ley de cuidados paliativos que crea las llamadas «casas de acompañamiento y cuidados paliativos», unos espacios intermedios entre los centros hospitalarios y los domicilios.
El senador francés Guillaume Chevrollier, del partido Les Républicains (Los Republicanos), la principal formación conservadora de Francia, argumentó: “Solo mira a nuestros vecinos en Bélgica. La eutanasia inicialmente reservada para adultos con enfermedades terminales se ha extendido a menores. En Canadá, el suicidio asistido por enfermedades incurables afecta ahora a las personas con trastornos psiquiátricos. La pendiente es resbaladiza, y la historia nos lo demuestra”.
Ahora, el presidente Emmanuel Macron -el verdadero impulsor de la eutanasia en Francia, al igual que hizo con el reconocimiento del aborto en la Constitución gala- podría devolver el texto a la Asamblea Nacional, donde ya ha sido validada en dos ocasiones.
Cabe recordar que el pasado 17 de marzo, el Parlamento escocés rechazó el Proyecto de Ley sobre Muerte Asistida, o sea, eutanasia, que había sido promovido por el liberal demócrata Liam McArthur. La cámara legislativa escocesa bloqueó la iniciativa -para adultos con enfermedades terminales- con 69 votos en contra y 57 a favor (se necesitaban 64 votos para que saliera adelante).
Además, en Reino Unido, un proyecto para legalizar la eutanasia en Inglaterra y Gales está actualmente bloqueado en la Cámara de los Lores por el elevado número de enmiendas. Y porque la Cámara de los Lores del Reino Unido se opuso a un proyecto de ley análogo el 24 de abril.
En cualquier caso, conviene insistir en que la eutanasia y el suicidio asistido suponen traspasar la frontera ética de que la vida es sagrada y ni uno mismo y ni mucho menos un tercero puede disponer de ella. Esa frontera ética está en la conciencia de todas las personas del mundo. Y por eso es conforme a la ley natural, que dice que hay respetar la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción a la muerte natural.
Y esa frontera ética debería estar reconocida por las leyes: como el ‘no’ a la pena de muerte, al asesinato o al homicidio. Es decir, es la misma razón por la que hay que oponerse también a la pena de muerte, al asesinato o al homicidio: no con un argumento religioso, sino meramente humano y racional.
En los países donde la eutanasia se ha legalizado está ocurriendo que se empieza permitiéndola sólo en casos excepcionales y por voluntad propia, pero se termina aplicándola sin restricciones, a cualquier persona e incluso en contra de su voluntad, y de manera especial a los más débiles y vulnerables: enfermos mentales, ancianos, discapacitados sobre todo intelectuales..., que no pueden defenderse ante la decisión de otros -el Estado, un médico, los jueces, los políticos, sus familiares- sobre sus vidas.
Se trata de un plano inclinado o pendiente deslizante muy difícil de parar que provoca que la vida no tenga ningún valor, especialmente la de los más débiles y vulnerables, y que sea a ellos a quienes se termine aplicando al eutanasia incluso sin su consentimiento. Como se está viendo en algunos países como España, con la reciente eutanasia de Noelia Castillo, una joven que padecía una depresión y a la que el Estado español abandonó, avalando su eutanasia.










