Tenía ganas de decirlo y el asunto no venia a cuento, pero Aina Vidal, portavoz de Sumar aprovechó una rueda de prensa para soltarlo: "Yo soy atea".
Nadie le había preguntado por sus creencias o increencias pero ella lo soltó para que quedara claro y eso. Es el exhibicionismo ateo, que hemos convertido en moda entre la clase política y que intensifica el divorcio entre la clase política y el pueblo.
Ante el pueblo, el ateo siempre ha ocultado su condición y prefería llamarse agnóstico, es decir, ignorante.
Y es que si realmente uno está convencido de que Dios no existe: ¿para qué preocuparse por algo? Sobre todo, para qué proponer a la ciudadanía un modo de vida.
Eso sí, si los ateos se exhiben, los católicos también debemos hacerlo.
Se ha hecho moda, quizás porque quien empezó calificándose como ateo fue el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
La verdad es que hay que ser muy tonto para ser ateo, por lo que hasta ahora, los no creyentes se declaraban eso: agnóstico: no sé si existe Dios o no existe, hablemos de otra cosa.
Pues bien, si los ateos se han vuelto exhibicionistas, los cristianos también deberíamos hacerlo. Los católicos debemos recordar que somos Hijos de Dios. Y si la cosa acaba en debate será estupendo: los creyentes tenemos todas las de ganar porque si hay algo difícil es explicar el mundo renunciando de antemano al Creador de ese mundo.










