Sr. Director:

Existía como un cierta y sospechosa incertidumbre sobre el viaje del Papa a Francia, pero apenas pisó la tierra gala se disiparon todas las dudas: «la hija primogénita de la Iglesia» ha respondido muy crecidamente a las expectativas imaginadas. Y es que León XIV arrebata el ardor de las personas porque quiere a cada una de ellas y eso lo advierten los que le rodean, aunque sean millares y millares, tiene la capacidad necesaria “para reconocer el bien verdadero que hace crecer al hombre según su vocación primordial, en el respeto incondicional de su libertad interior y de su dignidad sagrada”.


El Papa es un incondicional defensor de la vida. Recogiendo las palabras de un gran santo francés, san Vicente de Paúl, manifestó: “Sus testimonios de atención y servicio constituyen una verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado y un recordatorio conmovedor del valor único e insustituible de cada ser humano. Son también una invitación a una fraternidad renovada que exige aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo suficientemente apoyados. Por eso reafirmo «con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano»”.


Los diversos actos, tanto civiles como religiosos, se han sucedido a un ritmo vertiginoso. El Papa no ha dado apariencia de cansancio; saludaba a diestro y siniestro y de manera particular a los enfermos y a los bebés que le presentaban. Así se han sucedido las expresiones de fervor en París, Lourdes, Metz, como lugares más señalados.


Naturalmente, era lógica la referencia a los grandes hombres del cristianismo que hicieron posible la Europa unida, como Robert Schuman, de quien también ha hecho suyas estas palabras: «El cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, redimidos por el mismo Cristo, sin distinción de raza, color, clase o profesión. Ha reconocido la primacía de los valores interiores que solos ennoblecen al hombre. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo y las relaciones sociales en el mundo cristiano desde entonces se apoyan en ella».


El Papa León XIV ha dado de sí todo lo que llevaba dentro. Ahora corresponde a Francia demostrar también su decisiva y provechosa generosidad.